Capítulo VI: Así… ya no le entro

2028 Words
Durante sus años de destrampe, había visto a muchos de sus conocidos pelear en la calle, los había visto usar sus cuchillos y hasta pistolas. Por eso ahora sabía que ese hombre estaba masa­crando a la mujer con toda su violencia, la estaba acuchillando de una manera salvaje y cruel, lo peor de todo era que ella no parecía sentir nada, no emitía ningún sonido. No supo que hacer, las piernas se negaban a obede­cerle, no podía gritar, el miedo la tenía paralizada por completo y aquello era desesperante. De pronto vio que él se ponía de pie y volteaba para todos lados, fue cuando la descubrió parada a varios metros de él, aunque no se veían el rostro por lo oscuro de la calle, las sombras los distorsionaban, el asesino si podía distinguir que se trataba de una mujer, de una callejera. El hombre comenzó a caminar hacia ella a toda prisa, llevaba el cuchillo, escurriendo de sangre, en la mano, sus movimientos eran claros, iba por ella. Magda, salió de su marasmo y al ver que él caminaba hacia ella, no lo pensó siquiera, dio la vuelta y comenzó a correr con todas sus fuerzas. —¡No corras, maldita puta! —escuchó que gritaba el hombre con una voz ronca y furiosa, tal vez todavía excitado por lo que acababa de hacer. Ella llegó hasta la esquina de la avenida y corrió a todo lo que daban sus piernas. No necesitó voltear para saber que él venía tras de ella a toda prisa, corriendo y acortando la distancia, empuñando el cuchillo de manera resuelta. Con toda claridad escuchaba sus pisadas y eso le daba más fuerzas para correr, no quería terminar como aquella pobre mujer a la que habían apuñalado. Llegó hasta la otra esquina y en ese momento supo que su vida estaba en riesgo, si la alcanzaba ese maldito la iba a matar como a la otra mujer. De pronto vio un zaguán abierto, era una vecindad de las tantas que hay por el rumbo, no se detuvo y entró a toda prisa, tal vez ahí podría perder a su perseguidor si lograba moverse con libertad. Buscó donde esconderse, a su paso chocó con la ropa que estaba tendida en tendederos a todo lo largo del patio, ni eso no la detuvo en su loca carrera. Llegó hasta lo que parecía el resquicio de un baño comunitario, ahí se escondió con rapidez, rogando para que él asesino no la hubiera visto entrar, se pegó lo más que pudo contra la pared tratando de que las sombras la ayudaran a ocultarse. Su respiración era agitada, su corazón latía presuro­so, podía sentir y escuchar su palpitar incesante en su pecho, como si fuera un tambor de guerra. Con horror vio que el hombre entraba a la vecindad, desde donde se encontraba tenía una visión perfecta del zaguán, la tenue luz de la calle le permitía ver con más claridad que en la calle. El hombre llevaba el cuchillo en la mano, su mirada recorría por todos lados tratando de encontrarla, no corría, daba por sentado que la tenía acorralada. Entró a la vecindad con pasos seguros, con una mano iba quitando la ropa que se le atravesaba en el camino, se notaba que estaba furioso. Magda, no le podía ver el rostro, sólo que, por sus mo­vimientos y su actitud se daba perfecta cuenta de que estaba completamente fuera de sí en contra de ella. El asesino caminó hasta donde ella estaba escondida, buscó por todos lados y ¡no la vio! Aquello sí que era tener buena suerte, Magda, sintió que había dejado de respirar en el momento mismo en que él se acercó. Estuvo unos minutos parado afuera del desvencijado cuartito donde ella estaba, buscando con la mirada, incluso abrió los baños comunitarios. Magda, trataba de controlar su respiración, sus ner­vios, el palpitar de su corazón, no quería que ese infeliz la descubriera y la matara, nunca antes había sentido tanto miedo como el que experimentaba en ese momento. El hombre entonces se acercó a las viviendas y tra­tó de ver por las ventanas que daban al patio hacia el interior de las casas, trataba de encontrar algún indicio de aquella mujer que lo viera cometer su atroz crimen. Magda, no lo perdía de vista, no quería tentar a la suerte haciendo un movimiento que pudiera delatarla, aunque ya había pensado en gritar, quería pedir ayuda. Por experiencia propia, sabía que, en las vecindades, cuando alguien grita, todos los vecinos salen a apoyar a quién necesita ayuda, eso es lo que haría en el caso extremo de que ese infeliz la descubriera y tratara de matarla, por el momento decidió que era mejor esperar sin llamar la atención. Parado a medio patio, el hombre lanzó una mirada hacia las azoteas de aquellas viviendas, como si midiera la posibilidad de trepar, eran techos de laminas apetroladas que no soportarían el peso de una persona sin vencerse, además no se veía por donde se podía acceder a ellas, desechó la idea y siguió buscando con la mirada por todo el patio. Más furioso que cuando entrara, el homicida regresó sobre sus pasos, se paró en el zaguán por unos segundos, volvió a ver hacia el interior de la vecindad y luego siguió su camino hacia la avenida, avanzando hacia la derecha. Magda, sabía que podía estar esperándola, no se podía mover, sus músculos estaban todos agarrotados, sentía que si se movía se iba a desmadejar en pedazos, que se iba a desmoronar en cachitos, tenía que serenarse para poder salir con bien de todo aquello que nunca se imaginó llegar a vivir. Todavía esperó algunos minutos antes de salir de su escondite, aunque su respiración se había normalizado, aún se sentía nerviosa, asustada. Aquello no podía estar pasando, no a ella, no era algo con lo que se esperaba encontrarse, mucho menos aún, en su primera noche como piruja, al parecer, la suerte la había colocado en el lugar preciso en el momento indicado Había sido testigo presencial de un brutal crimen y aunque no había visto el rostro del hombre, sabía que él no le iba a preguntar si la llegaba a agarrar. Seguramente en cuanto la viera también la mataría como a la otra, de esa manera horrible y angustiante, no quería morir y sus hijos la necesitaban con vida. Por eso no se atrevía a salir a la calle, estaba segura que ese maldito asesino estaría entre las sombras es­perando a que ella se confiara y saliera para atacarla. No sabía cuánto tiempo podía estar él afuera, aunque, él sí, sabía que ella tenía que salir, si no vivía ahí, en esa vecindad, tarde o temprano saldría de su escondite. En ese momento recordó lo que había aprendido con sus amigos cuando tenían que escapar de las patrullas que, en ocasiones los perseguían de manera implacable por estar de fiesta en la calle, y que ellos los tenían que burlar en las vecindades. Todas las vecindades del rumbo se conectaban, unas a otras, por las azoteas, esa era la única vía de escape que tenía y debía aprovecharla. Se paró junto a los baños y vio hacia arriba, por ahí se podía lograr el acceso a los techos de cartón de aquellas casas, conocía bien esas estructuras, sus amigos le habían enseñado como moverse sobre esos frágiles techos. Con la dificultad que le causo la ropa que llevaba, ella alcanzó la azotea en unos minutos, cuando por fin pudo treparse, respiró con tranquilidad, ahí si no la podría alcanzar ese infeliz asesino, aunque lo quisiera o lo intentara. Se quitó los zapatos y con ellos en la mano comenzó a caminar por una orilla, donde sabía que estaría el polín de soporte, muy pronto vio la azotea de otra vecindad en donde las viviendas tenían techos de concreto. Camino sin zapatos por la orilla de aquella viga, manteniendo el equilibrio y poniendo toda su atención en ello hasta que se pudo conectar con la azotea de la otra vecindad, ahora sí estaba completamente fuera de peligro. Se paró por unos segundos y recorrió el lugar con la mirada, se ubicó mentalmente y supo que estaba en una vecindad que tenía salida a una calle lateral de por donde había entrado. Sin pensarlo siquiera se deslizó por la pared de esa vecindad y una vez en el patio se puso los zapatos y caminó hacia la salida, aunque su paso era firme, las piernas le temblaban por el miedo, estaba segura que por mucho que la estuviera esperando el asesino, nunca se imaginaría lo que ella había hecho. Y tal como lo pensara, el homicida, se sintió frustrado al no encontrarla en aquella vecindad, por lo que decidió usar la inteligencia, salió de la vecindad, como si se diera por vencido y caminó unos pasos hacia su derecha. Una vez que hubo avanzado por la calle, cruzó la acera y caminó hasta la esquina, ahí decidió esperar un poco, tenía el presentimiento de que ella no vivía ahí, por lo que todo era cuestión de esperar a que se confiara. Sólo que dio por seguro que ella no treparía por las azoteas, se colocó en la esquina opuesta, a la calle por donde Magda, había logrado salir. Esperando a su presa, se recargó en la pared de la esquina, tratando de pasar desapercibido, con la mirada fija en la entrada a la vecindad, tarde o temprano tenía que salir esa infeliz perdida que lo había visto asesinar a la otra furcia. No sabía si le había visto el rostro, o podía identificarlo por algo, tal vez no, aunque, no quería dejar ningún testigo que pudiera señalarlo ante la policía, por lo que esperar a que saliera era lo mejor que podía hacer en aquel momento, después de todo aún contaba con tiempo suficiente. Ahora, si por casualidad la mujer vivía en esa vecindad, las cosas se complicaban un poco, ya que ella no saldría más esa noche y él no la había visto tan bien como para reconocerla a plena luz del día, era frustrante depender de una situación así, de sobra sabía que esos errores son los que llevan a la cárcel a muchos delincuentes. Y él no podía ser uno de esos imbéciles que se dejan atrapar tan fácilmente, si por alguna razón lo llegaban a descubrir, vendería cara su vida antes de enfrentar un juicio que lo encerrara por el resto de su vida. Él estaba decidido a no ir a prisión, no podía hacerlo, mucho menos por una perdida infeliz que se le ocurrió estar en el momento menos oportuno en el lugar adecuado. No perdía nada con esperar un poco, tal vez la suerte estuviera de su lado y la mujer esa, saldría en cualquier momento, incluso si vivía ahí y acudía a alguien para que la ayudara, seguramente diría lo que vio y llamarían a la policía, por lo que tenía que estar muy atento a cualquier movimiento sospechoso. De lo que sucediera en los próximos minutos, dependía todo, o podía estar tranquilo, o estaría a un paso de la cárcel, él mejor que nadie sabía sobre vigilancias,  esperar y observar era lo único que tenía que hacer. Ajena a todo eso, Magda, salía de la vecindad en la que había bajado de la azotea, en el zaguán se detuvo un momento y volteó para ambos lados de la calle, no había nadie que se moviera por el lugar, tenía que caminar hacia la izquierda, luego a la derecha y finalmente a la derecha para llegar hasta donde ella vivía. Sin apresurarse y sin llamar la atención, comenzó a avanzar por la ruta que se había trazado en su mente, parecía una callejera borracha, todo su cuerpo le temblaba por los nervios y ella no podía creer que se hubiera escapado de aquel demente, era increíble que lo hubiera logrado, tal vez aquella era una señal que la vida le mandaba para indicarle que todo iba a salir bien, que no se precipitara y que se alejara de esa vida que no la llevaría a ninguna parte.
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