Magda, no le respondió nada, no intento detenerlo o disculparse, su amor propio le impedía pedir perdón por algo de lo que no tenía la culpa y si él todo lo había decidido, pues adelante, que se largara y que le fuera bien.
Javier, recogió su ropa y salió de la casa, estaban a fin de mes y ella sabía que aquello era para siempre, su separación era inevitable y nada se podía hacer.
Aunque Fernández, le dijo que le daría una pensión semanal para su hijo, bien claro le dejó que solo era padre de uno, hasta en eso se portaba como un imbécil.
Eso fue lo que más le molestó, le dijo que se metiera el dinero por donde le cupiera, ya que ellos no necesitaban de sus limosnas, que ella sacaría adelante a sus hijos y haría que se olvidaran de él para siempre.
Al día siguiente ella pidió el depósito que habían dejado por el departamento, junto con el dinero que tenía guardado sabía que le alcanzaría para algunos meses.
Buscó una vivienda en la vecindad donde habitaba su madre y ahí se instaló con sus hijos, tenía que comenzar desde cero y eso no le importaba.
Decidió buscar trabajo, sólo que, ahora todo parecía estar en contra de ella, no encontraba nada, en todos lados era lo mismo, no había vacantes.
Así transcurrieron tres meses, día con día Magda, se desesperaba más, no sabía qué hacer para solucionar su problema de dinero y los gastos aumentaban.
Fue hasta el cuarto mes, cuando Javier, se presentó en la vecindad y fue a buscarla, se veía diferente, deprimido y sin muchas ilusiones.
Aunque ella le dijo que no tenían nada que hablar, él insistió y hasta le rogó:
—Te prometo que no te voy a quitar mucho tiempo… por favor, necesito que me escuches todo lo que tengo que decirte —le imploraba Javier.
—Está bien… habla y no te tardes mucho que tengo cosas que hacer —dijo ella.
—Primero que nada, quiero pedirte perdón por todas las ofensas que te dije aquella noche, fui un cobarde que necesité estar ebrio para poder decir lo que sentía.
La verdad es que, esa noche nos fuimos a tomar varios compañeros de la fábrica y al calor de las copas uno de ellos, Genaro Ortega, el maquinista, comenzó a decirme que yo era un imbécil, por qué me había juntado contigo, que no valías la pena ya que me engañabas y siempre lo habías hecho.
Me contó que te habías acostado con más de la mitad de los empleados de la fábrica y que no dudaba que aún lo estuvieras haciendo con otros mientras yo trabajaba.
Me calentó la cabeza de tal modo que yo no pensaba en otra cosa sino en que me habías mentido siempre, incluso, en medio de mi borrachera te veía con otros, gozando como yo nunca te hice gozar.
Cuando regresé para decirte que todo se había terminado, Genaro, hasta me felicitó y me dijo que él me iba a presentar mujeres que valían más que tú, para que te olvidara pronto, que, dejarte, era lo mejor que había hecho.
Yo no quería saber de nada, te extraño mucho y principalmente a mis hijos, porque, aunque me porté como un pendejo, tú hijo también es mío, lleva mis apellidos y me dice papá, además me quiere como yo lo quiero a él.
Así fue pasando el tiempo, mis ganas de buscarte aumentaban día con día, hasta que hace dos semanas, Issac, al verme decaído y abatido, me contó toda la verdad, que Genaro, me mintió, que si me dijo tantas mentiras sobre de ti, era porque estaba ardido y despechado, que no encontraba la forma de vengarse de ti.
Ya que él siempre quiso tener algo contigo y como tú no lo pelaste y me preferiste a mí, buscó la manera de hacerte daño, de que sufrieras y quedaras sola.
No hizo falta preguntar mucho para saber que todos en la fábrica, hombres y mujeres saben que tú nunca tuviste nada que ver con nadie de los empleados, siempre te diste a respetar y jamás aceptaste la invitación de nadie, hasta que lo hiciste conmigo.
Lo peor fue cuando me enteré que Genaro, te había ido a buscar al departamento en el que vivíamos con la idea de convencerte para que te acostaras con él, ahora que estabas sola y vulnerable, no sé qué tantas mentiras, te iba a contar para convencerte que yo no te convenía.
El caso es que ya no me pude contener y fui a buscar al infeliz de Genaro, y le di una paliza que no va a olvidar en toda su vida, no vine a buscarte antes porque estaba detenido por lesiones, ese cobarde hijo de la chingada, me denunció.
Sólo que los empleados de la fábrica declararon a mi favor y por eso me dejaron libre, de inmediato vine a buscarte, quiero que vuelvas conmigo y que vivamos como antes, te juro que jamás volveré a creer nada de lo que me digan de ti, así sea tu madre la que me lo cuente, no lo voy a creer —terminó Javier.
A Magda, le alegró saber que él por fin sabía la verdad, aunque algo muy dentro de ella la hacía dudar de regresar con él o no, aunque lo amaba, no deseaba precipitarse
—Mira, Javier, tal vez te creo todo lo que me estás diciendo, pero con todo esto que pasó, no me siento bien, aún estoy muy herida y dolida… yo creo que por el momento es mejor que sigamos separados… piénsalo tú también, y si aún quieres que formemos una familia, ven a buscarme… y lo hablamos…
—Entiendo y te aseguro que no tengo nada que pensar, me hacen falta… pero respetaré tu decisión de pensarlo… te voy a dejar dinero para que no tengas que preocuparte de nada y que no te sientas presionada, yo vendré a verte para darte más dinero y si me amas como yo a ti, pues nos buscamos donde vivir juntos.
Así pasaron otros tres meses, Javier, ya no la buscó más y no insistió, Magda, volvió a quedarse sin dinero y no sabía que hacer, no quería buscarlo, si él se interesaba en ella y en los niños, la buscaría y le pediría perdón.
Más al quedarse sin dinero y no encontrar trabajo, tomó la nefasta decisión, una vecina le había dicho que vendiéndose podía ganar una buena cantidad por noche, dinero en efectivo y de inmediato, un trabajo fácil, que no requería de mucho conocimiento, le indicó donde podía hacerlo, cuándo y cómo.
Por lo que esa noche, Magda, haría su debut en la calle, si había entregado su cuerpo muchas veces sin sacar ganancias, si su pareja le había dicho que era una puta, pues ahora lo sería y cobraría muy bien por sus servicios.
Esa noche salió de su vivienda, decidida a iniciarse en el mundo de la prostitución, se puso la ropa más adecuada que encontró entre sus cosas, tenía que llamar la atención, si quería conseguir clientes.
Un sostén de media copa, un liguero, calado, hermoso, un calzón tanga de hilo dental, todo en color n***o que contrastaban con lo blanco de su piel haciéndola lucir más sensual, más excitante, más atractiva.
Se enfundó las medias de seda que había comprado especialmente para ese atuendo, se puso las zapatillas de tacón alto que la hacían lucir más atractiva.
Una blusa escotada y entallada que permitía que sus grandes senos lucieran en todo su esplendor, una minifalda que apenas y cubría su ancha y carnosa cadera y que además permitía que ella luciera sus piernas de manera sensual y provocativa.
Se maquilló lo mejor que pudo y luego se perfumó, de manera sutil, nunca antes había cobrado por hacer el amor, su amiga le había asegurado que no era difícil hacerlo y que seguramente ella tendría muchos clientes.
En realidad, Magda pensaba cobrar caro por entregarse y solo irse con un cliente por noche, de esa manera siempre sería deseada y no se quemaría con los clientes o con las muchachas que taloneaban en la zona.
Decidida a iniciarse en ese ambiente de sexoservidoras, Magda, llegó hasta la avenida y tal y como le indicara su vecina, comenzó a caminar sensualmente de un lado al otro sobre la misma calle.
Su movimiento era cadencioso, sensual, invitador, sus caderas se movían como péndulo de reloj, realzando sus curvadas nalgas, su espalda completamente derecha y su porte no dejaba lugar a dudas de que se trataba de una hermosa mujer.
Casi una hora estuvo caminado de un lado al otro, pasaron varios hombres caminando junto a ella y no faltaron los que le hicieron la clásica invitación a compartir una cama y sus cuerpos, a cambió de una jugosa tarifa, incluso hasta varios carros se detuvieron para hacerle proposiciones directas, sólo que no se arregló con ninguno.
Cuando ella les daba su tarifa prefirieron seguir su camino, no faltó aquel que quiso regatear, aunque, ni así pudo Magda, ponerse de acuerdo con ellos.
Ya se sentía cansada, le dolían los pies cuando decidió descansar un poco, se recargó en el quicio de un negocio, sacó un cigarrillo y lo encendió con toda tranquilidad que sentía, le dio un par de fumadas disfrutando a plenitud, con la aspiración del humo, nunca se había imaginado lo difícil que era conseguir clientes, bueno, que pagaran lo que ella pedía, porque de que había hombres dispuestos a comprar pasión, los había, por lo menos con tres de los que se le acercaron se hubiera ido si le hubieran cubierto el importe de lo que pedía.
Sus ojos recorrían la calle en espera de que apareciera el cliente que le diera el estreno en ese nuevo estilo de vida que no le estaba pareciendo tan atractivo como tantas veces había escuchar a su vecina decir.
De pronto vio algo que le llamó la atención, un hombre jalaba a una mujer por los cabellos con violencia y ella avanzaba frente a él, aunque parecía resistirse.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y por un momento no supo que hacer, le dio otra fumada a su cigarro, al final se decidió a ir a ver lo que pasaba, después de todo ella misma no sabía cuándo podría llegar a necesitar ayuda de alguien y tal vez aquella mujer era conocida o del barrio, no estaba por demás ir a ver.
Caminó de prisa hasta la esquina de la calle en la que viera que doblaron el hombre y la mujer, no quería correr para no llamar la atención de ellos.
Caminó unos pasos con mayor lentitud, tratando de que sus tacones no sonaran tanto contra el asfalto, casi avanzaba de puntitas.
Todo estaba muy oscuro, la iluminación era mala, al principio no pudo ver nada, aunque, luego enfocó unas siluetas que se movían entre las sombras de la calle casi pegadas a la pared.
Por un momento pensó que estaban teniendo sexo en plena banqueta y que su preocupación había sido inútil, no obstante, eso no la satisfizo.
Avanzó un poco más por la banqueta y fue entonces que vio que la mujer caía al suelo completamente desmadejada, él la sostenía sujetándole los cabellos.
Con toda claridad pudo ver que el hombre sacaba algo de entre sus ropas de manera presurosa, aunque con seguridad y firmeza en lo que hacía.
El destello de una luz sobre la hoja del cuchillo que se levantaba en alto y caía sobre la mujer le indicó que la estaba apuñalando con violencia.
La mujer, desde hacía un rato no emitía ningún sonido y cuando la apuñalaban, no se quejó al sentir las heridas en su cuerpo, ni siquiera se movió, luego de la primera, vino otra y otra y otra más.
Magda, no comprendía lo que estaba sucediendo, ya había dejado de caminar y horrorizada contemplaba la forma en que aquel hombre estaba apuñalando a la mujer, parecía estar poseído.