El investigador a cargo, tuvo el presentimiento de que había más de lo que se veía a simple vista y presionó al carnicero, logrando que le diera la ubicación del lugar donde había sepultado a sus primeras víctimas.
Fue enviado a la prisión de Belem, donde abundaba el hacinamiento y las enfermedades mortales, como la tifoidea, además de todo tipo de alimañas, garrapatas, piojos, pulgas, todo se podía encontrar ahí.
Durante su juicio, Francisco, aceptó su culpabilidad en todos los homicidios, fue condenado a muerte, su abogado, luchó por evitar que lo fusilaran y logró reducir la condena a cadena perpetua, por lo que Francisco Guerrero, fue enviado a una de las peores cárceles de la época.
El penal de San Juan de Ulua, Veracruz, México, fue el lugar en donde el asesino serial, purgaría su sentencia, nadie pensaba que podría sobrevivir al encierro, no sólo por la dura vida en el penal, y los peligros que en ella se encerraban, sino por su físico, delgado y enclenque.
En prisión, Francisco, se comportó como todos los reos, no tuvo grandes problemas y los demás presos que pronto lo acogieron como a otro más, fue así como se enteró que podía conseguir mujeres en su celda si pagaba por el servicio.
Varias fueron las mujeres que hicieron el amor con él en la prisión, pagando un peso por cada sesión, y contra todo pronóstico, Francisco Guerrero, fue liberado después de 20 años de prisión, había cumplido la sentencia de principio a fin y volvía a las calles, ahora más viejo, ahora más cansado, sólo que, nada había cambiado para él.
Al salir, no entiende muy bien lo que ocurre en su cabeza, sólo sabe que necesita hacerlo otra vez, hay algo en su interior que lo motiva, que lo incita, que lo empuja, necesita matar mujeres, como necesita el aire para respirar.
Aunque él, sabe el motivo mejor que nadie, odia sentirse rechazado, odia que las mujeres que para él no valen nada, huyan de su encuentro, por eso las golpea, las posee como un perro salvaje hace con su presa; las corta, hunde su navaja hasta que la sangre cubre sus manos y su puño alza la cabeza de la mujer en turno.
Mira directo a los ojos a la muerte y olfatea su aroma fresco. Matarlas no es suficiente, necesita humillarlas aún más, Francisco cree que ellas no merecen otra cosa, que todas son iguales y todas merecen el mismo fin.
No pudo evitarlo, aunque tal vez nunca intentó detenerse y sucumbió a la tentación, volvió a atacar, volvió a violar, volvió a asesinar, volvió a degollar, volvió a sepultar los cuerpos a las orillas del río Consulado.
La última, fue una mujer madura, no prostituta, aunque hay fuentes que manejan que sí lo era, en 1908, ella lo insulto, lo araño en la cara, por la cual la violó, la golpeó y la degolló abandonando su cuerpo en despoblado.
Poco después, el cadáver fue encontrado a las orillas del rio Consulado, su nieta señalo al asesino, a Francisco Guerrero, lo encontraron cerca de ahí, sentado, absorto y todavía con las manos ensangrentadas.
Nuevamente arrestado el 13 de junio 1908, exactamente 20 años después de la primera aprehensión.
Francisco, había sido incapaz de contener la necesidad de matar y cometió cinco nuevos homicidios después de salir de prisión.
Cuando su abogado lo fue a visitar para iniciar el juicio, “el Chalequero”, le pidió:
—Por favor, licenciado, deje que me condenen a la pena de muerte, ya no pida clemencia para mí, se lo suplico… quiero que me fusilen…
—¿Por qué piensa así, don Francisco?
—Porque si no me matan y me mandan a prisión, voy a salir y voy a volver a matar, yo lo sé, licenciado, es algo superior a mis fuerzas —exclamó Guerrero.
—Don Francisco, ¿cómo puede decir eso? En prisión tuvo relaciones con varias mujeres y no asesinó a ninguna, si puede controlarse —le dijo el abogado
—Eso dice usted, lo cierto es que, si no las mate, fue porque no tenía mi cuchillo, aunque ganas de acabar con ellas, no me faltaron, además no experimenté ningún placer al poseerlas, jamás disfruté de esas relaciones.
—De acuerdo… usted es mi cliente y usted manda.
Francisco, fue sentenciado a muerte en septiembre de 1908, sólo que falleció en el Hospital Juárez dos años después de haber sido detenido y encarcelado.
“El Chalequero”, murió mientras esperaba su ejecución, una congestión cerebral que le causó hemiplejia se adelantó al verdugo.
Algunas versiones dicen que murió de tuberculosis, otras que de tifoidea y otras indican que falleció de una contusión cráneo-cefálica al sufrir un accidente, hasta la fecha no se sabe a ciencia cierta cuál fue la verdadera causa de su muerte, solo se sabe que el signo final de la patología, fue una trombo-embolia cerebral, fue encontrado inconsciente en su celda, y trasladado al Hospital Juárez donde falleció.
En las dos ocasiones que fue detenido y procesado, Guerrero, jamás mostró señales de remordimiento y mucho menos se arrepintió de lo que hizo.
Los expertos aseguran que “el Chalequero”, poseía una muy marcada personalidad psicopática, carecía de empatía, no sentía culpa, tenía un estilo de vida parasitario, cosificaba a las personas, tenía una autoestima inflada, sufría de ataques súbitos de ira, era manipulador y promiscuo; pese a ello era una persona carismática, de ahí que pudiera seducir a muchas de sus víctimas.
Veía al sexo femenino como simple satisfactor s****l desechable. Sus crímenes estaban marcados por una crueldad desmesurada con marcados tintes sexuales. Violaba a sus víctimas para poder demostrar la supuesta superioridad y poder que creía tener sobre las mujeres.
Según él, las mujeres les debían una total fidelidad a sus maridos, el adulterio tendría que ser castigado con la muerte.
Guerrero, aún para su época, era educado e incluso caballeroso, era descrito como guapo, elegante, galán y pendenciero, vestía de casimir, con sombrero ancho y zapatos relucientes. Era así como se ganaba la confianza de sus víctimas y en su capacidad intelectual, jamás se identificó algún grado de deficiencia intelectual en él, y de hecho sus crímenes mostraban a un asesino altamente organizado.
En 1908, fue publicado un reporte gráfico de uno de los ataques del asesino, la víctima, una prostituta llamada Lorenza Urrutia, quien también era testigo en el juicio por la muerte de la penúltima víctima del "chalequero", según relató: había conocido a Francisco, cerca de las vías férreas en la colonia Peralvillo.
El hombre se le acercó para "pedirle lumbre para su cigarrillo", acto seguido, sacaría un cuchillo con el cual la amagaría, le pidió que lo acompañara a charlar en un punto cerca de ahí; aterrada y sintiéndose vulnerable, accedió a lo que él quería, sólo que, en esa ocasión la mujer pudo escapar gracias a que engañó al asesino para que la dejara ir a "recoger un dinero".
Dos meses después se volverían a encontrar, esta vez sin tanta suerte; la condujo hasta una cueva, ahí la violó y la torturó por 2 días, ella pudo salir con vida porque Guerrero, se fue durante un momento para ir a comprar pulque, la creyó dormida y se confió a su suerte, lo que permitió que ella pudiera escaparse.
La historia, aunque atrajo la atención del público no fue comprobada nunca.
Tras la captura de “el chalequero”, una nueva denuncia surgió en su contra; era de una mujer llamada Emilia, que lo acusó de violación e intento de homicidio; según declararía, ella no era sexoservidora, era lavandera, había sido agredida por Francisco, en la colonia del río Consulado, tras regresar de una peregrinación del pueblo de La Santísima cerca de la Villa de Guadalupe.
Dándola por muerta la había abandonado en los márgenes del río.
Así fue como se escribió la historia del primer asesino serial en la historia de México.
Tuvo que pasar mucho tiempo, casi cuarenta años después, cuando otro suceso llamaría la atención de propios y extraños, y escribiría una nueva página en la historia de los asesino seriales.
Todo comenzó cuando el padre de una joven estudiante de la Facultad de Química, llamada Graciela, acudió a la Inspección General de la Policía para reportar la desaparición de su hija, se trataba del famoso abogado penalista Miguel Arias.
El principal sospechoso de la desaparición de su Graciela, era su compañero: Gregorio Cárdenas, el mismo que la madrugada del 7 de septiembre de 1942, a petición expresa de él, su madre, lo internó en el Hospital Psiquiátrico del doctor Gregorio Oneto, ubicado en Tacubaya. Aduciendo que él, Goyo, “había perdido completamente la razón”.
Hasta ese lugar acudió, el 8 de septiembre, el subjefe del Servicio Secreto, Simón Estrada Iglesias, para interrogarlo con relación a la desaparición de Graciela Arias.
Como respuesta, Goyo le mostró unos pedazos de gis y le dijo que eran pastillas “para volverse invisible”, que él las había inventado.
El investigador lo interrogó con férrea determinación y ante la efectiva presión del agente, Goyo, terminó por confesar que había matado a la chica y que la había enterrado en el patio de su casa.
A las 3 de la tarde de ese mismo día, los agentes, acompañados por Goyo Cárdenas, entraron a la casa ubicada en Mar del Norte, en la colonia Tacuba, casi al entrar, de inmediato vieron un pie podrido que sobresalía del suelo.
Excavaron y hallaron cuatro cadáveres. En el cuarto de estudio del homicida, los investigadores hallaron un diario escrito de puño y letra de Goyo, que decía:
“El 2 de septiembre se consumó la muerte de “Gracielita”. Yo tengo la culpa, yo la maté, he tenido que echarme la responsabilidad que me corresponde, así como de las de otras personas desconocidas para mí. Ocultaba los cadáveres de las víctimas porque en cada caso, tenía la conciencia de haber cometido un delito”.
Gregorio pidió una máquina de escribir para hacer su declaración, la cual parecería una obra policíaca: describía en detalle los asesinatos, pero echaba mano de recursos novelescos y de la jerga periodística de nota roja.
El 13 de septiembre, se le dictó auto de formal prisión, y fue recluido en el “Palacio n***o de Lecumberri”, en el pabellón para enfermos mentales.
Sus abogados consiguieron que Goyo, fuera trasladado al Manicomio General de “La Castañeda”, supuestamente para recibir tratamiento médico adecuado.
Ahí le aplicaron electrochoques y le inyectaron pentotal sódico para determinar si realmente estaba loco o sólo fingía estarlo.
La historia de los asesinatos de esas mujeres, enterradas en el jardín de la casa, fue bastante común, a la edad de 15 años, Goyo, frecuentaba prostitutas, por lo que padeció de diversas enfermedades venéreas.
En 1940, entró en relaciones con Virginia Leal, a quien conoció en un baile y después la hizo su amante, por un tiempo, hasta que la mujer lo abandonó.
No se sabe el motivo o la causa, sólo que ella fue la que se marchó dejándolo a su suerte y olvidándose para siempre de él.
Posteriormente conoció a Gabina González, con la que “tuvo” que casarse, ya que la familia lo demandó porque habían sostenido relaciones sexuales y tenían que cuidar la reputación de la muchacha, sin embargo, el matrimonio fracasó, Gabina era infiel.
Estos fracasos amorosos, la dependencia hacia una madre posesiva, y la convivencia frecuente con prostitutas, crearon en Gregorio, resentimiento y un marcado odio y desprecio hacia las mujeres.
A los 27 años de edad, fue cuando por fin, se independizó de su madre, tratando de cortar su dependencia hacia ella, y rentó una casa en la calle Mar del Norte, número 20, por el barrio de Tacuba, donde viviría solo para dar rienda suelta a sus anhelos, y ahí emergería su verdadera personalidad psicótica.
La cual se manifestó en plenitud, la noche de 15 de agosto de 1942, cuando, a bordo de su automóvil Ford, salió a buscar algo que su cuerpo le requería, fue así como recogió en la calle a una prostituta de 16 años, apodada la “Bertha”, a quien convenció para que lo acompañara a su casa de Mar del Norte.