Capítulo III: Dicen que soy… ¡lo seré!

2035 Words
Hacia las 11 de la noche, después de tener relaciones sexuales en su recámara, la joven mujer, fue al baño de la casa de Goyo, instante que él aprovechó para estrangularla con un cordón. Una vez que la vio muerta, Goyo, llevó el cadáver al patio y allí la enterró, creyendo que de esa manera sepultaba también su culpa. Ocho días después, la madrugada del 23 de agosto, Goyo, salió de cacería otra vez, ahora ya iba más consciente de lo que quería y necesitaba para sentirse bien y relajado, ya lo había probado y quería más de esa adrenalina recorriendo en su cuerpo. En esta ocasión, la prostituta elegida se llamaba Raquel Rodríguez León. A ella le sorprendió que su cliente tuviera una biblioteca. De hecho, tras llevarse a cabo el acto s****l, Raquel se dedicó a mirar fascinada algunos de los libros de Goyo. En eso estaba cuando él la atacó con el mismo cordón, ciñéndolo a su delicado cuello y apretando hasta que el cuerpo se desmadejó sin vida. A las 5 de la mañana, Raquel, ocupaba otro sitio, en una fosa improvisada, en el patio de la casa de Mar del Norte. Después de eso, Goyo, sólo esperó sólo seis días, el 29 de agosto, buscó una nueva víctima, otra mujer que le diera ese placer que sentía al matar. La encontró en Rosa Reyes Quirós, otra menor de edad que no llegó a acostarse con él. Para entonces, Gregorio Cárdenas, había descuidado su entorno: su laboratorio estaba en desorden, los libros fuera de su lugar, había ropa sucia por todas partes y el polvo empezaba a acumularse. Esto provocó cierta desconfianza en Rosa, la tercera mujer que llevaba a su casa, la cual se dirigió al laboratorio para curiosear. Mientras veía unos matraces y algunos tubos de ensayo, Gregorio la estranguló como a las dos anteriores. Sólo que, en esta ocasión, Rosa, presentó resistencia, peleó por su vida se defendió de la muerte. La lucha fue violenta, aunque al final, Goyo, triunfó. Sin embargo, la expresión de horror en el rostro de Rosa lo impresionó. Turbado, cavó de inmediato la fosa. A las cuatro de la mañana concluía su macabra faena. El último crimen, ocurrió cuatro días después, el 2 de septiembre. Gregorio, pretendía y cortejaba a Graciela Arias, una hermosa estudiante destacada de bachillerato de Ciencias Químicas de la UNAM. Ese día, Graciela, esperó a Goyo, afuera de la Preparatoria. Él, cómo lo había venido haciendo, pasó por ella en su auto, para llevarla a su casa, ubicada en Tacubaya 63. Al llegar afuera de la casa de la muchacha, y aún dentro del auto, le habló de sus sentimientos por ella, le confesó su amor, Graciela, lo rechazó, y él intentó besarla. Ella le dio una fuerte bofetada y Goyo, furioso, arrancó la manija del automóvil y comenzó a golpear a Graciela en la cabeza hasta que la mató. Se secó las gotas de sudor de la frente; se acomodó los pesados anteojos de fondo de botella que usaba y se limpió la saliva de los labios. Volteó a ver a la muchacha, la sangre empapaba su larga cabellera y parecía una muñeca rota. Goyo, condujo hasta su propia casa. Bajó el cadáver, lo puso sobre el catre donde dormía, y con cierta devoción, lo envolvió en una sábana, lo que no había hecho con las otras. Se vio lleno de sangre, entró al baño para despejarse y limpiarse. Observó su reflejo en el espejo. Trató de arreglarse pasándose la mano sobre el cabello y peinándose el bigote con un viejo cepillo de dientes. Sus ojos aún inyectados de ira, su rostro salpicado de sangre, se enjuagó la cara con agua fría. Era hora de deshacerse del cadáver… Tomó la pala y cavó un hoyo no tan profundo. Colocó a Graciela, y la enterró. De pronto, comenzó el dolor de cabeza. Ya eran las tres de la madrugada, lo que no impidió que fuera en busca de ayuda. El médico que lo atendió dijo que Goyo, desde niño había mostrado un comportamiento anormal, y una marcada crueldad hacia los animales. No obstante, demostró ser muy inteligente en general. En el manicomio de la Castañeda, lugar al que había sido enviado después de su captura, el recluso, Gregorio Cárdenas, se negaba recordar lo sucedido durante los asesinatos, ni a sentir remordimiento alguno. De lo que si se quejaba era de cefaleas constantes e intensas, y solía arrastrar los pies al caminar. Fueron muchos los psiquiatras que determinaron que Cárdenas, padecía de sus facultades mentales. Sólo que, Goyo, nunca estuvo “loco”, tenía plena conciencia de los crímenes. Fingió demencia con la genialidad de un actor. Una noche Gregorio, decidió fugarse del manicomio. Lo encontraron días después, lo primero que dijo al ser recapturado fue: “Sólo me fui de vacaciones”. Por ese motivo, fue trasladado a la prisión de Lecumberri, donde se dedicó a estudiar los libros de Psiquiatría y Derecho Penal, eso le permitió ayudar a varios reclusos a obtener su libertad, ya que los representó en los juzgados. Cabe destacar algunas cosas importantes sobre este personaje: Gregorio Cárdenas, pese a no recibir nunca auto de formal prisión, cumplió una condena de 34 años de prisión, 4 más de lo que marcaba la ley en ese tiempo y a pesar de que su condena, en 1942, fue de 20 años, lo liberaron hasta el 8 de septiembre de 1976, por indulto presidencial, y murió el 2 de agosto de 1999. Se tituló como abogado al salir de prisión, no obstante, antes de tener el título, defendió a decenas de reos, que no eran debidamente representados y obtuvo la libertad de muchos de ellos. Escribió 3 libros y su tesis profesional entre ellos: “Celda 16” y “Adiós Lecumberri”. Se casó en prisión y procreo 4 hijos. Esas son las historias de los asesino seriales que grabaron sus nombres en las historias sangrientas de nuestro país, México, y que han servido de estudio para muchos agentes investigadores que desean atrapar a enfermos sádicos y perversos, que saciaron su furia en las mujeres y que crearon la historia: Francisco Guerrero Pérez, “el Chalequero” y Gregorio Cárdenas Hernández, “Goyo” —Bueno… pues muchas gracias a todos por su presencia y espero que hayan disfrutado de la conferencia —dijo el agente investigador Samuel Ugalde, dando por terminada su participación, ante una ovación cargada de aplausos. —¿Qué te pareció? —le dijo Ugalde a su compañero Héctor Ruíz. —Excelente, me gustó y aprendí algunas cosas… tenías a todos atento a tus palabras, estuvo muy bien, te felicito. —Gracias, y como quiera que sea, pues ya cumplí con el encargo del jefe… ahora vamos a la oficina que hay que rendir turno. Y mientras Samuel, recibía felicitaciones y palmadas en la espalda por parte de sus compañeros agentes y uno que otro de sus jefes, a varios kilómetros de ellos. Maldiciendo a su negra suerte, Magda Carrillo, salió de su humilde vivienda en aquella vieja vecindad de uno de los tantos barrios populosos de la gran ciudad, eran las once y media de la noche, y aunque hubiera preferido quedarse al lado de sus hijos esa noche, sabía que ya no tenía dinero ni para alimentarlos al día siguiente, debía salir a trabajar, no tenía otra opción. Sus altos tacones repiquetearon en el cacarizo piso del pasillo de la vecindad, por el pasillo que la llevaba directamente a la calle. Todo el patio estaba en tinieblas, salvo una o dos ventanas, de otras viviendas, que aún lucían las luces encendidas, la mayoría ya se había resguardado en sus casas. A pesar de la oscuridad, ella pisaba con firmeza, conocía de sobra ese pasillo y sabía dónde estaban los agujeros más grandes, los evitaba con facilidad. El perfume que utilizaba esa noche, iba dejando a su paso una estela inconfundible, del fuerte aroma a mujer, salió de la vecindad y comenzó a caminar hacia su derecha, tenía que llegar a la avenida que estaba a tres calles. Ahí sería más fácil encontrar clientes, así se lo había dicho su vecina, y por eso se encaminaba hacia ese lugar, en donde debía recorrer toda la acera de lado a lado y por momentos detenerse para descansar un poco, sabía que si la noche estaba floja podría ir al cabaret de la siguiente calle, ahí vería si la dejaban trabajar para conseguir clientes que le dieran a ganar ese dinero que tanto necesitaba. Sí, había decidido convertirse en una vendedora de caricias, vendedora de pasión, vendedora de placer, lo que se conoce como sexoservidora, la necesidad que vivía la empujaba directamente a eso. Y es que, viendo las posibilidades, no tenía muchas opciones para obtener el dinero de forma inmediata, por lo que no le quedaba otro camino que el prostituirse para ganar un poco de efectivo que le sirviera para sobrevivir, junto con sus hijos a los que quería con toda el alma. No tenía ninguna preparación ya que no había estudiado cuando tuvo oportunidad y no aprendió a hacer nada, desde muy joven le gustó la diversión, las fiestas, el convivio y sobre todo el sentirse halagada por los muchachos. Perdió la virginidad a los diecisiete años, y tuvo que hacerlo con dos muchachos esa noche, ya que de otra forma no hubiera gozando con el que le importaba. El muchacho que le gustaba mucho, y que le importaba tanto como para entregarle su virginidad, fue quién la convenció de que estuviera con el otro, si quería. Ella por complacerlo y por experimentar aceptó a hacerlo, y no sólo disfrutó mucho con el muchacho que le interesaba, sino que, además, le gustó la forma en que la trató el otro, que se mostró cariñoso y complaciente. Desde ese día su vida s****l se volvió activa y durante dos meses tuvo relaciones con el muchacho que tanto le gustaba y que la convirtió en mujer, hasta que, él tuvo que irse de la ciudad por unos líos en los que se había metido con la justicia, y ella, encontró otro hombre que le gustaba mucho más. Disfrutó en grande con él, conoció todos los secretos de la pasión y no se negó a experimentar todo lo que su amante le pedía, ya que también gozaba como nunca. Después de todo, era joven y sentía que podía hacer lo que quisiera, ya que nunca iba a envejecer, al menos así lo pensaba ella. Fue a los dieciocho años cuando se embarazo de su primer hijo, su amante, el que la preñó, no quiso responsabilizarse, ya que decía no estar seguro de que el niño fuera de él, Magda, se molestó mucho por aquella respuesta y no pudo evitar darle una cachetada y mandarlo mucho al demonio. Si él era el único con el que había estado en todos esos meses, ¿por qué dudaba de ella? Eso era algo que no podía permitir, nadie podía dudar de su lealtad, era algo que no soportaba, y si bien, habían disfrutado mucho juntos, y con él hacer el amor era algo delicioso, no lo amaba y eso lo tenía bien claro. Al quedarse sola a su suerte, buscó la manera de evitar el nacimiento del bebé que crecía en su vientre, recurrió a brebajes que le recomendaron, buscó ayuda de médicos, sólo que, ya no era tiempo, ya tenía cuatro meses de emba­razo y nada se podía hacer sino esperar a que naciera el producto de su vida s****l. Obviamente, su madre y su padrastro, pusieron el grito en el cielo, la llamaron de mil maneras, todas ofensivas y al final, terminaron aceptando la realidad, resignándose a que Magda, se convertiría en mamá. Nació un niño hermoso, un niño que la llenó de ternura, de ilusiones, entonces se prometió a sí misma ser lo mejor para su hijo, por el que lucharía contra todo. Mientras su madre le cuidaba al niño, ella comenzó a trabajar en una fábrica como obrera, no era mucho el sueldo, aunque, le alcanzaba para comprarle algunas cosas a su niño que se había convertido en su prioridad.
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