Capítulo XVI: Una dolorosa derrota

2061 Words
Ugalde, no pudo evitar pensar que, en toda su vida, jamás le habían ganado una pelea y mucho menos, le habían dado una paliza como aquella, siempre había sabido defenderse bien y hasta presumía de saber meter las manos en un pleito, ahora, ese desgraciado periodista, le había dado una paliza sin que él pudiera ni defenderse, sólo le había podido dar un solo golpe a cambio de los muchos que ese infeliz le propinó, lo golpeó por donde se le pegó la regalada gana, seguramente no había fallado ni uno solo de los puñetazos que lanzó. —¿¡Samuel…!? —escuchó la voz de Héctor, hablándole— ¿Qué te pasó? ¿Te encuentras bien? —decía Ruiz, a medida que se acercaba hasta él. Al ver que no le respondía, Héctor, lo ayudó a levantarse, Samuel, tuvo que hacer un gran esfuerzo hasta que logró ponerse de pie, su pierna izquierda no le respondía. —¿Estás bien? —preguntó su compañero preocupado —Sí… ya me estoy recuperando… —respondió Ugalde, poniéndose de pie —¿Qué te pasó? ¿Te arrolló un carro o qué? —Sí, me arrolló el carro del cuarto poder —dijo Samuel, sonriendo —¿Qué…? No me vas a decir que ese infeliz de Manuel, te dio una paliza, seguramente fue a la mala ya que de frente no se hubiera atrevido. —De frente, solos él y yo y ni las manos metí… me dio hasta que quiso… —dijo con sinceridad— y no me dio más duro, porqué no quiso, me tenía a su merced. —¿Te pegó con algo o cómo fue? —No, todo fue muy derecho… ese desgraciado no sólo pega como patada de mula, sino que además mete las manos como si te alquilara para entrenar… tengo que reconocer que lo que tiene de antipático lo tiene de valor y es muy derecho. Con detalles, mientras se reponía, Ugalde le contó como estuvieron las cosas, Héctor, que conocía a su compañero, no podía creer aquello que oía, aunque lo estaba viendo. —Sólo espero que el maldito ese no haya tomado fotos de mi cuando estaba en el suelo, completamente a su merced y sin poder defenderme… no sólo sería humillante para mí, sino que me haría la burla de todo el departamento. —¿Lo crees capaz de publicarlas en el diario? —No sólo en el periódico, en sus r************* y en donde se le antoje… ese buey es capaz de eso y más… en fin… vamos a que me limpie un poco y luego vamos a comer… estoy molido, pero no se me quita el hambre… ya hasta me parezco al viejo Vicente. —Por lo menos no has perdido el buen humor, vamos a que te revisen primero, te lavas, te cambias y luego vamos a comer a donde quieras, yo invito… sólo que, me tienes que contar qué bronca se traen tú y ese reportero, y no me salgas que se caen mal y nada más porque esto dice otra cosa. —Tienes razón… no es nada más por eso… en el carro te lo cuento todo. Subieron al auto y Héctor, se puso al volante y Samuel, ya se recuperaba, aun así quería ir a que lo revisara el médico por si necesitaba puntos en el rostro. —De acuerdo, ahora vas a conocer el motivo principal de nuestras diferencias, pon atención y no me interrumpas. Todo comenzó hace cuatro años, justo cuando Vicente se jubiló y se retiró, para ese momento yo ya me consideraba un experto en homicidas y eso me llenaba de seguridad y confianza. Como bien sabes, en ese tiempo tenía un compañero en el que confiaba por encima de todo, Andrés Luna, un tipo muy buena onda que le entraba sin miedo. Habíamos estudiado y salido al mismo tiempo de la academia y cuando nos asignaron como pareja logramos importantes arrestos, y también habíamos aclarado algunos homicidios que parecían muy complicados. Nuestros logros, tenían contentos a los jefes, que confiaban plenamente en nosotros y nos dejaban trabajar libremente, lo que nos servía para avanzar en las investigaciones, ya que en ese tiempo me gustaba disfrazarme para infiltrarme en varios lugares donde obtenía información importante que nos era muy útil, así que no pasábamos lista, ni de entrada ni de salida. Bueno, pues, resulta que una mañana nos en­contramos con una nota en el periódico en la que se decía que varios elementos de la policía judicial eran corruptos, delincuentes con placa, nos llamaba. No sólo se refería a recibir sobornos para ha­cerse de la vista gorda en algunos asuntos, ni de soltar detenidos a cambio de dinero, no, las cosas iban más allá de lo que podríamos considerar “normal”. Se hablaba de extorsión hacia los detenidos, y a los familiares de estos, de manejar a los rateros para que trabajaran para nosotros y sobre todo de dar información a los secuestradores y a los traficantes para que pudieran burlar a la policía y que nadie se les acercara a la mala, incluso hasta de protección y ejecuciones. Como te imaginarás, Manuel Márquez. era quien firmaba la nota en el diario “Claridades”, y aseguraba tener pruebas de todo lo que escribía, pruebas que más tarde daría a conocer en sus notas periodísticas. Obviamente que todo eso enfureció a los jefes del departa­mento, en especial a los agentes de investigación por lo que todos querían matar al reportero ese que se atrevía a difamarlos de esa manera. Otros agentes, como yo, sabiendo que nuestra conciencia estaba tranquila no le dimos importancia a esa nota que nos pareció exagerada, aunque no te niego que había visto una que otra acción de algún agente que no me pareció legal. No obstante, pude notar que Andrés, no sólo estaba furioso contra el reportero, sino que además se veía nervioso y preocupado, como si algo de todo aquello no estuviera bien o él tuviera algo que ver. El caso es que, cuando salimos a cumplir con nuestro trabajo, como de costumbre y noté que mi pareja no se concentraba en lo que hacía, parecía ido. No dije nada, sólo que, al día siguiente en el mismo diario venía una lista de los nombres de diez agentes que de una o de otra manera estaban “sucios” y de los que había pruebas irrefutables que corroboraban la nota, en la misma se presentaban fotos, fechas, cantidades, motivos, vamos, estaba completa. Todo hubiera sido normal para nosotros ya que nuestros nombres no estaban en tal lista, aunque, cuan­do hicieron las primeras detenciones justo en a la hora de pasar la lista que presentamos por la mañana, mi pareja palideció y pensé que le daría un infarto. Ese día me dijo que se sentía mal, que iba a ir con el médico y se reportó al jefe para que me asignaran a otro compañero por ese día. Al día siguiente, volvió a aparecer otra lista con más nombres de los agentes que eran corruptos o que estaban vinculados de una o de otra forma con los grupos de delincuentes de la ciudad, delincuentes de todo tipo. Al ver mi nombre y el de Andrés Luna, impresos, sentí mucho coraje y sin poder contener mi ira, fui en busca del infeliz que había publicado aquello. Mi pareja aún no había llegado y yo no pasé lista de presente ese día, realmente estaba enojado por aquello que me parecía infame y lleno de calumnias. Me encontré con Manuel, en la oficina de prensa de la procuraduría y sin más trámite le reclamé enfrente de todos los que ahí se encontraban, agentes, secretarias y otros cuantos reporteros. Siguiendo su costumbre, Manuel, sonrió con ci­nismo, con burla y me dijo que tenía pruebas para demostrar que estábamos sucios y que ese mismo día las presentaría al ministerio público, que cuando me arrestaran, le reclamara. Le dije hiciera lo que quisiera, sólo que, si no tenía nada en contra mía le iba a hacer pagar caro por todas sus infamias, ya que a mí no me iba a enredar en su juego y que no había nada de lo que tuviera que avergonzarme. Cuando regresé a la oficina me encontré con la novedad de que mi pareja no se había presentado y a mí me dijeron que me presentara arrestado, y aunque no me dijeron el motivo, no necesitaba ser un genio para adivinarlo. Me encerraron en una oficina y me dieron la orden de que esperara, que el ministerio público iría más tarde para hacer la acusación formalmente y a tomar mi declaración, que si quería un abogado podía pedirlo. Como el que nada debe, nada teme, no pedí, ni al abogado, ni a nadie que me respaldara en mi declaración, me sentía limpio y sin problemas. Casi cuatro horas estuve esperando, sin que nada pasara, no me sentía nervioso ni asustado, como te digo, yo no tenía nada que ocultar y eso me tranquilizaba, aunque la espera me agobiaba, me hacía sentirme furioso y molesto, finalmente mi jefe y el ministerio público se presentaron en la oficina. Me hicieron miles de preguntas, todas sobre mi trabajo y la forma en que lo realizaba, que si tenía informantes y estos estaban registrados como tal, incluso me preguntaron si conocía algunos nombres que ellos me iban diciendo, traficantes de drogas, extorsionadores y uno que otro delincuente común. Aunque las preguntas fueron principalmente sobre mi compañero, su desempeño, lo que hacía en su tiempo libre, en fin, un montón de cosas, algunas las sabía otras ni tenía idea, y las preguntas aumentaban. Respondí con toda la sinceridad de que fui capaz, siempre bajo la mirada severa y firme de los dos y al final de la entrevista me mostraron dos vídeos. En uno se veía a mi compañero visitando tres, narco tiendas, muy conocidas, y se le veía recibir dinero de una persona que al parecer estaba encargada de la tienda, el video estaba editado para que se viera a Luna en los tres lugares. En el otro vídeo, Andrés, estaba frente a Manuel, el reportero, con la pistola en la mano lo amenazaba diciéndole que si lo ponía al descubierto lo mataría. Mientras hablaba mi compañero le había colocado el arma en la cabeza a Manuel, que se veía con una frialdad que, debo reconocer, me impresionó, no le asustaba que lo amenazaran de aquella manera, mucho menos el enfado de mi compañero, y Andrés, le decía que lo más fácil sería matarlo. Márquez, sin perder su cinismo y su arrogancia lo retaba a que jalara del gatillo, le decía que, aunque muriera su nombre iba a aparecer al día siguiente en otra nota en donde presentaría pruebas que lo iban a hundir definitivamente, así que jalara el gatillo o se metiera la pistola por donde le cupiera. Yo no podía creer nada de lo que veía, mi compa­ñero era corrupto y yo siempre había confiado plenamente en él, sabía que era un buen agente, sólo que, nunca imaginé que estuviera recibiendo dinero. Mi jefe y el ministerio público me dijeron que po­día regresar a mis labores ya que me habían investigado a fondo y no había nada en contra mía. Me hicieron saber que el reportero me había mencionado en el reportaje, porque un testigo, al que entrevistó le había dicho que yo también era corrupto. Más cuando lo llevaron para que declarara frente al ministerio pú­blico dijo que no me conocía, que él había mencionado a mi pareja solamente. Que a mí me había visto con mi compañero en un carro y que por eso había dicho que yo andaba con él, aunque aclaró que no cuando recogía el dinero. Sólo que el reportero interpretó mal las cosas y por eso me había acusado, lo cual era totalmente cierto, yo ni siquiera conocía al testigo de la fiscalía. En cuanto me liberaron, salí de la oficina y de inmediato traté de llamar a Andrés, mi pareja, fue inútil, no me contestó la llamada. Fue entonces que me monté en el carro y fui hasta su casa, necesitaba hablar con él, al llegar a su domicilio, ahí me encontré con otros agentes que hacían guardia ya que en el interior estaba el legista y los peritos.
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