Cuando el avión aterrizó en suelo mancuniano, Max tenía un genio de esos de que, si el diablo se le acercaba, huiría de vuelta al infierno.
Su viaje transatlántico había durado más de lo que pensó. Creyó que duraría 10 horas, pero eso fue lo que duró como tal el vuelo desde Nueva York a Londres, porque antes de eso, tuvo que viajar desde Barranquilla a Bogotá, y de ahí hasta Nueva York que fue en donde tuvo la conexión con el vuelo que lo llevó hasta Londres, y desde Londres tuvo que tomar otro avión que finalmente lo dejó en Manchester.
En conclusión, entre escalas y esperas, fueron casi dos días viajando; así que era apenas entendible que Max estuviera de malas pulgas, pero claro, eso no le daba derecho a tratar mal a las azafatas y a cualquiera con quien se topara, pero así lo hizo, porque a él ya no le importaba ser buena onda, como sí lo había sido al principio de su carrera como futbolista.
Lo único que lo alegró fue que estaba haciendo un clima agradable ese día, pero, tal y como le habían dicho sus conocidos que jugaban desde hacía tiempo en Inglaterra, eso no duraría mucho. El verano pasaría, y con eso llegarían los días grises, lluviosos y fríos tan típicos de Inglaterra.
Se puso sus voluminosos audífonos diadema de Apple, reprodujo su playlist de rock/metal, y recogió sus maletas en la sala de desembarque, ignorando a las personas que al reconocerlo lo miraban y tomaban fotos, pero guardando la distancia.
Estuvo tentado a gritarles que guardaran los celulares, que respetaran su privacidad, que eso era incluso ilegal —de las pocas cosas que le aprendió a su hermana abogada—, pero le prometió a su madre, a su hermana y a su manager que se comportaría, que haría lo posible por recuperar su carrera y su buena imagen, y sabía que hacer un escándalo en el aeropuerto sería empezar la temporada con el pie izquierdo.
Max ni siquiera sabía por qué había aceptado jugar en el Lions.
Ok, tal vez una de las razones era que quería hacerle la vida imposible a Samantha, esa rubiales con ínfulas de grandeza y de feminista empoderada, que es tan orgullosa que hasta el diablo temería en coquetearle.
Eso, y que en serio necesitaba recuperar su carrera.
Dudaba mucho que lo pudiera hacer en un equipo de segunda división, pero al menos ganaría algo de dinero, y tal vez, solo tal vez, recuperaría sus contratos de publicidad, que era de lo que realmente vivían los futbolistas.
Y, como otro punto positivo, Max rescató el hecho de que conocería a su futbolista favorito de la infancia, el legendario Roger Williams.
Todos los de la generación de Max crecieron viendo al “león de Manchester”. Así lo habían apodado en las canchas, en los medios y en las tribunas, y por eso fue que, al fundar su propio club, lo llamó “Lions”, porque quería formar leones como él.
Carajo..., Max había tenido un afiche de Roger Williams pegado a la pared de su habitación cuando era un niño, y no se perdía un partido de la selección inglesa ni del Real Manchester por él, y ahora tenerlo como jefe le parecía algo muy surrealista.
Bueno, él no sería su jefe directo, su jefe sería Samantha.
Max era incapaz de pensar en Samantha como “Sammy”. Si bien todo el mundo le decía “Sammy”, él no le pensaba llamar así, puesto que eso de los apodos o diminutivos le parecía algo que creaba un vínculo muy cercano, y él no quería tener ningún vínculo con su entrenadora. Sí que quería vengarse de ella por el desplante de la gala del Balón de Oro, pero no lo haría coqueteándole ni nada por el estilo. Simplemente le complicaría la vida en las instalaciones del Lions, eso era todo.
Las puertas de la sala de desembarque se deslizaron, y él por supuesto tuvo que hacer frente a los más de 40 camarógrafos que lo esperaban.
Puede que Max haya echado a perder su carrera, pero seguía siendo el niño adorado de los medios, porque después de todo, los medios adoraban a las personalidades polémicas.
Los paparazzi le hacían preguntas, pero él afortunadamente todavía no sabía inglés, así que al menos se salvó de haber entrado en colera por alguna pregunta fuera de lugar que le podrían haber hecho, y que él hubiera reaccionado como lo hizo la última vez que una de esas aves carroñeras con cámara le hizo una pregunta muy fuera de lugar, —algo sobre su hermana—, y días después tuvo que enfrentar cargos por agresión.
Y fue por ese pequeño antecedente que por poco y no le dieron la visa inglesa.
Ahora, Max tenía que cuidarse de no tener absolutamente ningún escándalo en suelo inglés, porque estaba en la mira de las autoridades migratorias.
El hecho de ser futbolista no lo hacía inmune a la discriminación que recibían los latinos alrededor del mundo, en especial los colombianos. Él y por poco se peleó con un policía de migración de Estados Unidos cuando le dijo que revisaría su maleta a ver si no llevaba drogas.
“Puede que se produzca en Colombia, pero ustedes son los que se la fuman toda” estuvo a punto de decirle Max a ese policía, pero se calló, sabiendo que lo peor que podía hacer era siquiera mirar mal a un policía gringo, y definitivamente no quería perder su visa americana, porque le encantaban las noches de perdición en La Vegas, y las putitas rubias que se conseguía en Miami.
Esa había sido la vida de Max en todos estos años, desde que se “desjuició”. No esperaba ni siquiera salir a vacaciones para poder disfrutar de su living la vida loca, y tomaba un vuelo chárter transatlántico desde Madrid hasta Miami o Las Vegas, con sus amigos igual de sinvergüenzas que él, y tal vez, solo tal vez, algunas veces también viajaban a Colombia estando en plena temporada, específicamente a la ciudad de Medellín, y se conseguían unas muy buenas putas para pasar la noche, después de haberse quemado las fosas nasales metiendo cocaína, aunque esto último por supuesto que no lo hizo Max, porque eso sí que acabaría con su carrera definitivamente al ser considerado dopaje, y del más grave que podía haber.
—No speak english —dijo Max en todo el trayecto hasta el parking, para no pasar por grosero.
Le había prometido a su madre y a su hermana que se comportaría y dejaría de ser un patán, y si algo tenía Max es que era un hombre de palabra, al menos con las personas que amaba.
Él hubiera querido que su manager lo hubiera estado esperando en el parking. Siempre que Max llegaba a un club nuevo, su incondicional Jorge lo esperaba ya en la nueva ciudad, en donde solía arribar con una semana de antelación para tenerle todo listo a Max, desde el nuevo lugar en donde vivir, hasta un celular y un auto. Jorge se lo hubiera tenido ya todo listo en Manchester, si tan solo le hubieran dado la visa inglesa. Con toda la cuestión del brexit, los latinoamericanos la estaban teniendo difícil a la hora de conseguir visas en el reino unido, así fuera solo de turismo.
Así que ahora, por primera vez en su vida futbolística, Max debía apañárselas él solito.
Roger, vislumbrando la situación, le había propuesto a Max por medio de Jorge que se quedara en la residencia de los chicos de la academia mientras conseguía un lugar dónde vivir, pero Max se negó rotundamente. Él no pensaba compartir espacio con unos pubertos, ni loco.
Y fue así que decidió alquilar una suite en el Four Seasons, su cadena de hoteles favorita. Le saldría por un ojo de la cara, claro que sí, pero le importaba una mierda, porque ante todo estaba su comodidad.
Mientras iba en el uber de camino al hotel, Max recordó aquella noche de la gala del Balón de Oro en donde conoció a Sammy.
Él estaba sentado en la primera fila del ala izquierda del salón, y Sammy estaba en el ala derecha, así que no se habían topado de buenas a primeras. Fue cuando ella pasó a recibir su botín de oro como la mejor delantera de la temporada, que a Max le brillaron los ojos al verla en un ajustado vestido de Valentino, mientras que sentía que la tela de los pantalones se le iba a reventar cuando se fijó en ese pronunciado escote que dejaba ver parte de sus deliciosos senos.
Max había tenido que cruzar las piernas para que no se le notara la erección. Él no había podido creer que en serio había tenido una erección en una puñetera entrega de los premios Balón de Oro, y por suerte las cámaras no lo habían captado mientras Sammy hacía su discurso de agradecimiento.
Max solo tenía ese tipo de reacciones visuales cuando veía porno, porque ni siquiera las tenía cuando estaba en algún yate en el caribe lleno de hermosas mujeres en bikini. Pero esa Williams..., carajo. Si podía causar ese efecto con un vestido de gala, no se quería imaginar lo que haría estando en la cama.
Y no, no se lo iba a imaginar. Max en serio no tenía ningún interés en esa niñata mimada, que era obvio que había crecido como la típica niña rica, en cuna de oro, llena de lujos desde que nació, y que claramente era una orgullosa que por eso no se había dignado ni siquiera a tener el simple gesto de tomarse una foto con él.
Max llegó al hotel, pagó en recepción lo de al menos 15 días de estadía, entró a su suite presidencial, se lanzó a la cama, y así, con ropa y todo, se quedó profundamente dormido, víctima del jet-lag.
Para cuando despertó, era media noche.
“Pinche cambio de horario” pensó, mientras iba al baño a darse una ducha.
Y ahí, bajo el agua fría, lloró.
Sí, lloró.
Él se hacía el fuckboy sin sentimientos ante los demás, pero la verdad era que lo sacaba de quicio estar lejos de su familia de nuevo, y en un país que no conocía y en donde no tenía ningún amigo, porque al menos en Madrid había tenido a muchos, y su madre y su hermana lo iban a visitar constantemente porque en la Unión Europea solo les pedían pasaporte a los colombianos, pero en Inglaterra las cosas eran mucho más complicadas, y no podría ver a sus seres queridos en un buen tiempo.
Salió del baño, y mientras ordenaba a los del servicio a la habitación algo para cenar —sí, iba a cenar a la media noche—, checó la página web del diario The Sun.
Él sabía que lo peor que podía hacer era buscar noticias sobre él en internet, pero no pudo evitarlo.
Maxi Bonilla, el doblemente ganador del Balón de Oro que ahora tiene que jugar en un equipo de segunda división porque nadie más lo quiso fichar.
Ese era el encabezado del artículo que habían publicado hace unas horas, junto a unas fotos que le habían tomado en el aeropuerto de Manchester.
Ni siquiera los futbolistas treintañeros que estaban a punto de retirarse jugaban en equipos de segunda división. Los que ya no tenían el mismo nivel de antes, se iban a jugar a la liga norteamericana o la china; ligas no muy exigentes, pero en donde pagaban muy bien.
Maxi, después de terminar con su cena, se quedó un buen rato sentado en el comedor, y volvió a ahogarse en llanto.
Él no supo en qué momento todo su mundo se le había ido abajo. La gente ya no coreaba su nombre en los estadios, su cara ya no aparecía ni siquiera en los cereales de marca haitiana, y los que había considerado sus amigos le habían dado la espalda al ver que no podía seguir costeando sus viajes y sus putas.
Se puso su pijama de Iron Man, y antes de dormir, se tomó un antidepresivo.
Sí, Max sufría de depresión desde hace un año, cuando vio que todo en su vida estaba de mal en peor, y afortunadamente todavía no había llegado a oídos de la prensa. Su historia clínica estaba muy bien custodiada, nadie podía acceder a ella, solo...solo el director médico de su nuevo equipo, y si este veía muy conveniente que el entrenador lo supiera, se lo podía contar, porque los antidepresivos podían llegar a afectar el rendimiento deportivo al tener efectos sedantes.
Él solo esperaba que su médico del club fuera buena onda y no le revelara nada a Samantha sobre su tratamiento contra la depresión.