Ashton sintió el calor que emanaba del contacto de la mano de Penélope, pero, aún más, el consuelo que ella le ofrecía con aquel gesto. Tragó saliva y apretó el puño. Entonces, centró su atención en la mujer que le estaba hablando.
Otra invitada.
–Señor Volkor, me alegro mucho de verlo aquí.
–Resulta tan emocionante poder ver su nueva colección–ronroneó
Ashton comenzó a hablar de la colección, de las piezas que la formaban. Sin embargo, no podía dejar de pensar en el contacto de la mano de Penélope. Apretó los dientes. Le recordaba a acontecimientos pasados ya hacía mucho tiempo. Contactos afectuosos. Contactos que eran mucho más que sexo. Un vínculo que iba más allá de los cuerpos.
Decidió olvidarse de aquella parte de sus recuerdos. Esa parte de su vida había desaparecido para siempre. Claudia ya no formaba parte de su vida. Cualquier vínculo que hubiera podido imaginar entre Penélope y él eras implemente eso. Producto de su imaginación. No podía ni quería dar o recibir nada de nadie.
Penélope se plegó las manos sobre el regazo. La palma de la mano aún le ardía. Observó a Ashton charlando con sus invitados. Se mostraba muy seguro de sí mismo cuando hablaba sobre su trabajo. Ella sabía que tenía pasión por lo que hacía. Lo había notado cuando hablaban por teléfono y discutían sobre las exposiciones y los eventos. Sin embargo, en aquellos momentos no había nada. Era un maestro en crear y mantener las distancias, en controlar sus interacciones con las personas. Penélope deseó poder aprender esa habilidad.
Cada vez que él la tocaba por accidente, el brazo le ardía hasta el hombro. No pasaría mucho tiempo antes de que ella perdiera la compostura con tanto sobresalto.
–Creo que necesito salir a tomar un poco de aire –dijo ella suavemente cuando los camareros retiraron los platos.
También necesitaba comprobar algunas cosas y no quería que los presentes supieran que ella era una empleada más. Resultaría interesante que ella estuviera sentada con Ashton, y no quería ser interesante. No quería ser memorable. No quería estar en titulares a la mañana siguiente.
Se levantó y se dirigió a las mesas del bufé. Se dio cuenta de que
Faltaba cóctel de gambas. Se había imaginado que ocurriría algo así.
En vez de ir a buscar a un camarero para que se ocupara de aquel asunto, rodeó el salón de baile y salió al largo pasillo vacío que había justo en el exterior. Allí, respiró de alivio y se apoyó contra la pared. Notó el frío del mármol contra la espalda, pero lo necesitaba. Necesitaba cualquier cosa que le ayudara a apagar la llama que Ashton parecía haber encendido dentro de ella.
–¿Te encuentras bien?
Penélope giró la cabeza y vio a Ashton a pocos pasos de ella.
–¿A caso no te gusta el bullicio de la gente?– le preguntó.
–A usted no le gustan las fiestas.
Ashton se encogió de hombros y se acercó a ella.
–Creo que eso es evidente. Si me gustaran, asistiría a fiestas más frecuentemente.
–Pero todo el mundo quiere hablar con usted…
–Sí, porque todo el mundo quiere un trozo de riqueza y de poder. Si yo fuera uno de los camareros, ¿crees que alguien querría hablar conmigo?
–Habiendo pasado los últimos años trabajando en eventos, le puedo decir sinceramente que no. Nadie querría hablar con usted.
Ashton se colocó frente a ella. Tenía un aspecto tan peligroso y atractivo… Era como una invitación a todos los pecados que ella se estaba esforzando tanto por no volver a cometer.
–Entonces, ¿por qué debería importarme que la gente quiera hablar conmigo cuando lo único que les importa es quién soy y lo que yo puedo hacer por ellos?
Penélope se miró los zapatos amarillos y admiró el modo en el que las tiras de cuero se entrelazaban unas con las otras. Era mejor que admirar a su jefe…
baile.
–Supongo que, si lo pone así, no importa.
Ashton miró por encima del hombro hacia la puerta del salón de
–Sencillamente, no tengo paciencia para esta clase de eventos, al
Menos no con frecuencia. Sin embargo, es parte de este negocio– Lo comprendo.
–Veo que tu trabajo también es lo primero para ti –dijo él–. Veo que te lo tomas muy seriamente.
–Tener un trabajo es importante, necesario. Tener un buen trabajo es maravilloso. Y tener un trabajo que adoro resulta increíblemente satisfactorio, por lo que sí, mi trabajo es lo primero para mí.
–¿Te gusta la publicidad?
Resultaba agradable ver su nombre en una revista sin con notaciones burlonas o escandalosas. Ver su nombre asociado con algo de lo que se sentía orgullosa era maravilloso. No obstante, esperaba que la gente pensara que era una Penélope completamente diferente. Sinceramente, esperaba que nadie se acordara de las historias que habían salido publicadas sobre ella en el pasado.
–Sí, es muy buena para mi reputación profesional.
–¿Porqué trabajar tan duro para construirte una reputación pública?
A menos, claro está, que estés pensando crear tu propio negocio…
–Tal vez sea así en un futuro, pero ahora no –dijo ella. Inmediatamente, se dio cuenta de que no debería haber dicho eso–. Es decir, tal vez dentro de diez años…
–¿A caso estás prensando en dejar Gemas Volkor?–le preguntó él frunciendo el ceño.
–No estoy pensando nada. De verdad. Bueno, tal vez. ¿De verdad
¿Espera que yo vaya a trabajar para usted el resto de mi vida? Tengo ambición.
–¿Y qué tiene de malo trabajar para mí?
–Nada, pero ¿querría usted ser el empleado de otra persona durante el resto de su vida?
–Eso es diferente.
–No, no lo es.
–Pensaba que tú eras la mejor en tu trabajo, de modo que, o estás deseando entregar Gemas Volkor a alguien que solo es capaz de hacer un trabajo inferior o me has mentido sobre tus habilidades.
Penélope entornó los ojos y se apartó de la pared. Por un momento, no les importó que aquel gesto los acercara un poco más.
–Yo soy la mejor. Tal vez usted pueda contratar a mi empresa para organizar sus eventos y sus exposiciones.
–¿Tu plan es crear tu propia empresa para organizar eventos?
–Así es.
–¿Crees que podrías con la responsabilidad de dirigir tu propia empresa? –le preguntó él.
–Tengo un título de Empresariales.
–Un título no significa nada. O se tiene lo que hace falta para alcanzar el éxito o no se tiene.
–Qué inspiradoras palabras –replicó ella–. Debería dar conferencias para los alumnos que están a punto de graduarse en el instituto.
Ashton se echó a reír. El ingenio y la valentía de Penélope siempre lograban impresionarle. El hecho de que ella tenía sus propias opiniones y su propio punto de vista era una de las razones por las que la había contratado.
Siempre había disfrutado de esas características en sus conversaciones telefónicas. Resultaba agradable tener a alguien con quien enzarzarse en una batalla verbal cuando estaba de mal humor o cuando simplemente necesitaba el desafío. Muy pocas personas se atrevían a hablar con él del modo en el que lo hacía Penélope.
–¿Sabes una cosa? Lo había pensado. Pero no les gusta cuando les dicen que se salten la universidad y se pongan a trabajar.
–¿Fue eso lo que hizo usted?
La universidad siempre había sido una fantasía para Ashton. Ni siquiera había podido terminar la educación secundaria. Siempre había tenido que trabajar, pero no se arrepentía de ello. Lo había convertido en una persona lo suficientemente dura como para soportar la lucha que se requería para tener éxito. Había habido un punto de luz en su vida y, entonces, la tragedia había extinguido la única luz que él había conocido y le había dejado heridas que se habían convertido en cicatrices duras como el granito.
–Yo no tuve otra opción, pero tampoco la necesité.
Penélope se mordió el labio inferior. Ashton se contuvo para no extender la mano y aliviar con el pulgar las marcas que ella se había dejado.
–Mi hermano me obligó a ir a la universidad.
–¿Tu hermano?
–Él… él es un hombre de mucho éxito y quería asegurarse de que yo también lo fuera.
Vio que Penélope no quería seguir hablando, pero él quería saber
más. No sabía por qué sentía deseos de averiguar sus secretos. Tampoco sabía qué era lo que le había hecho seguirla hasta el pasillo, pero, en el momento en el que vio cómo su menuda figura se había pasado entre las mesas, empezó a seguirla.
–Entonces, tu hermano es el que se aseguró que fueras a la
universidad.
–Sí. Él también fue. Es dueño de una importante cadena de resorts
Turísticos de mucho éxito. Por lo tanto, yo no creo que un título universitario no valga nada.
–Creo que sé quiénes tu hermano…
–Estoy segura de ello –afirmó ella sonrojándose–. Es un empresario de mucho éxito. Toda mi familia lo ha sido.
–¿Y tú necesitabas seguir sus pasos?
–Tal vez solo necesitaba ser más famosa que ellos –comentó ella con una ligera sonrisa.
–De algún modo, no me pareces ese tipo de persona.
–¿No?
–No. Prácticamente saliste corriendo del salón de baile, por lo que no me parece que estés tratando de hacerte famosa.
–Está bien. Tal vez no tenga que ver con la fama. Solo quiero disfrutar de mi propio éxito.
Penélope sacó la lengua para lamerse el labio inferior. Ashton no pudo evitar observarla ni imaginarse cómo sería tocar aquella maravillosa boca con sus propios labios.
Penélope era una mujer muy deseable y hacía mucho tiempo que él no tenía relaciones sexuales. Había dejado a Dinora durante más de cinco meses en Milán antes de terminar la relación.
–Ambición–dijo él.
Ella lo miró con los ojos abiertos de par en par.
–¿Y qué es la vida sin un objetivo?
–Aburrida–respondió él.
–Exactamente.
Ashton se acercó a ella un poco más, tanto que pudo oler su aroma de mujer bajo el perfume de flores.
–En ese caso, nos parecemos en nuestras formas de pensar.
–Qué raro… –susurró ella retirándose ligeramente de él–. Bueno, talvez usted debería atender a sus invitados y yo… Yo tengo que… las gambas.
–¿Las gambas?
–El bufé. Se está acabando el cóctel de gambas.
–En ese caso, dejaré que te ocupes de eso. Yo me ocuparé de mis
invitados.
Penélope se apartó de él. Las suaves curvas de su cuerpo rozaron el
De él. El cuerpo de Ashton reaccionó visceralmente.
Era una pena que hubiera decidido cortar la relación con su amante. Una pena que no hubiera llamado a alguna de las modelos o que hubiera seducido a alguna de las invitadas. Su cuerpo se rebeló ante aquel pensamiento. De todos modos, Dinora no era la mujer que deseaba, como tampoco lo eran las mujeres que había en el salón de baile, al menos aquella noche…
–¿Nova a…? Creía que iba a…
–Sí. Iba a ocuparme de mis invitados. ¿A caso me estás diciendo lo que tengo que hacer?
–En absoluto.
–Porque te aseguro que es mal asunto decirle a tu jefe lo que tiene
Que hacer.
Ashton se acercó a ella, tanto que lo único que hubiera tenido que
Hacer para poder besarla era rodearle la cintura con un brazo.
–Estoy segura de que también es mal asunto quedarse sola en un pasillo vacío con su jefe –repuso ella. No podía apartar la mirada de los labios de Ashton, que parecían hipnotizarla.
–Seguramente…
–Muy mal asunto…–dijo ella suavemente antes de dársela vuelta y
Alejarse de él.
–Hablaremos pronto, Penélope.
Ella se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.
El corazón le latía con
fuerza en el pecho. Resultaba desconcertante darse cuenta de que era una mujer tan débil, de que los hombres eran su debilidad. No sentía la tentación mientras los evitara, pero en cuanto se encontraba cerca de uno…
Apoyó la mano sobre la pared y trató de tranquilizarse. No. Los hombres no eran su debilidad. Acababa de darse cuenta de que sufría de una severa privación s****l, algo de lo que no había sido consciente hasta que hubo un hombre atractivo a su alrededor.
Muy pronto, las cosas volverían a ser como antes. Volverían a comunicarse por teléfono y por correo electrónico. Ella estaría libre del perturbador efecto que su jefe tenía en ella cuando estaban juntos en la misma sala.
No tendría que enfrentarse a la debilidad que aún habitaba dentro de
ella.