Cada vez que Penélope veía un titular positivo para ella, le ayudaba a librarse de parte de la amargura que le había provocado su experiencia con los medios de comunicación cinco años antes. Aquella mañana, tenía un fantástico titular que contemplar.
La fiesta había sido un éxito rotundo. Las joyas de la colección de Ashton se consideraban ya lo más deseable del año. Por supuesto, la mayoría de la gente solo se podría permitir las piezas menos exclusivas, no las que estaban hechas a mano. Estas se venderían por más de un millón de dólares en subasta cuando terminaran las exposiciones.
Su teléfono móvil comenzó a sonar.
–Penélope.
–Muy buen trabajo anoche, Penélope.
–Gracias, señor Volkor –susurró ella. Se miró en el espejo que había sobre la cómoda y vio que se había sonrojado.
–¿Ya te estás preparando para marcharte a Suiza?
–Mi tren no sale hasta las dos. El salón de baile del Appenzell es seguramente dos veces más grande que el de aquí, por lo que necesito ponerme manos a la obra enseguida.
–¿Por qué no te vienes conmigo en vez de tomar el tren de las dos?
–¿Con usted?
–Yo me marcho a medio día y tengo un coche reservado para hacerlo.
Es mejor eso que ir en un taxi, creo yo.
Peneope volvió a mirarse en el espejo y se avergonzó del color que tenía en la cara y del brillo que le iluminaba los ojos. Estaba emocionada por volver a verlo. En cualquier caso, no pensaba marcharse con él. No quería pasar más tiempo con él de lo que fuera necesario, al menos hasta que lograra serenarse.
–Así podremos hablar un poco más sobre dónde piensas estar dentro de diez años en tu profesión y en cómo podríamos hacer encajar tus objetivos en un puesto en Volkor.
De repente, marcharse en el coche de Ashton le pareció a Penélope
una imperiosa necesidad. Si no lo hacía, si dejaba que la atracción que sentía por él dañara su carrera, iba a sentirse muy mal.
No iba a permitir que el miedo y la inseguridad la refrenaran en su vida profesional.
–Excelente, ¿a qué hora quiere que me reúna con usted?
–Reúnete conmigo en el vestíbulo a las once y así podremos compartir el coche para ir a la estación.
–Genial. Hasta luego entonces.
Cuando Penélope colgó el teléfono y lo volvió a dejar sobre la cómoda, se dio cuenta de la fuerza con la que lo había estado agarrando y sujetando contrala oreja.
Una oleada de excitación se apoderó de ella. Seguramente tenía que ver con la posibilidad de un ascenso. Por supuesto, no tenía nada que ver con volver a ver a Ashton.
Apretó los dientes y se dispuso a terminar de preparar su maleta. Claro que tenía que ver con la posibilidad de volver a ver a Ashton.
Tenía que ser sincera. Sin embargo, ella no quería que tuviera nada que ver con él.
No quería sentir curiosidad sobre la clase de hombre que era o sobre el aspecto que podría tener sin uno de sus impecables trajes. El hecho de que estuviera pensando en él sin ropa le hacía sentir… le hacía sentir…
El hecho de desearlo, de sentirse atraída por él, le hacía sentirse impura en cierta manera. Deseó poder ignorar el sexo. Como en general lo ignoraba, la solución sería seguir por ese camino.
Cerró la maleta y se terminó de preparar. No podía permitirse el lujo de quedarse allí, pensando en sus propios asuntos. Tenía que seguir con su vida. Así llevaba viviendo desde el día en el que cumplió los veintidós años y así lo seguiría haciendo.
Ella no iba a permitir que sus errores le impidieran progresar. Había trabajado mucho para llegar donde estaba. Después de su caída pública, había tenido que realizar los peores trabajos para poderse crear un currículum lo suficientemente impresionante como para que la contrataran en la filial de Volkor en América del Norte. Se había esforzado mucho para que la ascendieran y para que la trasladaran a las oficinas de Milán hacía un par de meses. Ya no pensaba detenerse. No iba a permitir que nada, y mucho menos la atracción por su jefe, le impidiera alcanzar un trabajo que encajara con su potencial en Gemas Volkor .
Si eso significaba que tenía que sentarse frente a Ashton Volkor y charlar con él mientras trataba desesperadamente de no imaginarse acariciándole el rostro, lo haría sin dudarlo.
Ashton no estaba en el vestíbulo para recibirla, lo que le supuso un profundo alivio. Su chófer la estaba esperando y le comunicó lo mucho que Ashton lamentaba tener un asunto del que ocuparse en una de las salas de exposición de Milán. Este alivio fue temporal, dado que él se reuniría con ella en la estación de tren.
Cuando llegaron a la estación, el chófer la acompañó al vagón privado de Aston. Era un espacio grande y luminoso, con lujosos sofás y una mesa puesta para almorzar. El techo estaba pintado de azul y los amplios ventanales tenían marcos dorados y estaban diseñados para permitir que los pasajeros disfrutaran de una maravillosa vista de los lugares por los que pasaran.
No tenía nada que ver con viajar en un vagón público. La única pega era que lo tenía que compartir con Ashton.
–Me alegra que hayas llegado a tiempo–dijo él a sus espaldas. Ella se sobresaltó y se dio la vuelta.
–Tu chófer ha sido muy amable.
–Me alegro. Te ruego que me perdones por no haber podido venir
contigo.
–No tienes que disculparte.
–Losé.
–Impecables modales.
–A veces…¿Te gustaría sentarte?–le preguntó él mientras le indicaba
Un enorme sofá color crema que se extendía por gran parte del vagón.
Ella dejó su equipaje en el suelo y se sentó. Sí, podría acostumbrarse fácilmente a aquello…
–¿Te apetece un café? – le preguntó él.
–Siempre.
Ashton apretó un botón que había junto a la puerta y habló rápidamente en italiano. Ella vivía en Milán desde hacía dos meses, pero le
Faltaba mucho para dominar el idioma. Ashton hablaba al menos tres idiomas.
Se sentó frente a ella en uno de los sillones de cuero.
–Bien, ¿Qué tiene esto que ver con las oportunidades de trabajo?–le
preguntó.
–¿En qué estarías interesada?
–¿Te refieres a qué es lo que quiero hacer?
–Sí, Penélope. Tú eres la que tiene un proyecto a largo plazo. ¿Qué necesitarías para sentirte satisfecha en Gemas Volkor dentro de diez años?
Ashton se reclinó contra el respaldo del sillón y estiró las piernas. Penélope se fijó en el modo en el que los pantalones se le ceñían a los fuertes muslos. Su constitución era perfecta. Era, sin duda, el hombre más guapo que ella había visto nunca. Cabello oscuro, piel olivácea, labios sensuales…
La puerta del compartimento privado se abrió. Un camarero entró con un carrito sobre el que había café, leche y un surtido de bollería. Penélope le dio las gracias y comenzó a prepararse su café.
–Entonces… ¿estamos hablando de cualquier cosa que yo quiera? –le preguntó ella tras reclinarse también en el sofá.
–Todo es hipotético, pero tiene la posibilidad de ser algo más. Ella sintió que se sonrojaba. Dio un sorbo a su café.
–Bueno, me gusta el aspecto artístico de la organización de eventos. Me gustan también los eventos pequeños, como tratar con las galerías de arte y los museos. Sin embargo, me encantan los aspectos de marketing. Tengo un título en Empresariales, pero también un diploma en Publicidad y Mercadotecnia. Esa parte del negocio me resulta muy interesante.
–Si yo te pasara a marketing, ¿te quedarías?
–Hipotéticamente, eso también podría hacerlo yo con mi propia
empresa.
–Pero no para mí. Yo no tengo por costumbre contratar empresas
externas. Me gusta trabajar con mis empleados, porque así controlo la situación todo lo posible.
Penélope lo comprendía, pero sonaba peor de lo que realmente era cuando él lo decía. Era un buen jefe, sobre todo cuando estaba lejos…
–Con tu empresa… careces de seguridad en el trabajo. En realidad, de seguridad en todos los sentidos. Es un campo muy competitivo. Al menos, lo es
Si quieres tener éxito y alejarte de la mediocridad, algo que asumo que es lo que quieres tú.
–Por supuesto.
–En cualquier caso, seguir trabajando en Gemas Volkor es mejor opción. Ella dejó la taza sobre el carrito.
–Entonces, ¿quieres que siga trabajando para ti?
–Eres una empleada muy valiosa, Penélope.
Ella se sintió muy orgullosa al escuchar aquellas palabras. Sentirse apreciada era una sensación desconocida para ella en muchos sentidos. Durante un instante, se limitó a disfrutarlo y no a protegerse de sus sentimientos. Había aprendido a filtrar las cosas buenas y malas, a protegerse. Sin embargo, se permitió disfrutar aquel momento. Ashton Volkor estaba tratando de conseguir que siguiera trabajando para él. Disfrutó de la sensación de verse querida. Necesitada. Se sentía muy bien.
–Gracias.
–Llevo el tiempo suficiente siendo dueño de mi empresa como para saber que, por muy bien que yo haga mi trabajo, si no me rodean empleados que estén comprometidos con la empresa y que tengan capacidad suficiente, el verdadero éxito jamás será posible.
Resultaba muy raro tener un jefe que apreciara de verdad el trabajo de sus empleados y que no los considerara como una parte prescindible de la empresa.
En su primer trabajo como becaria, Penélope se había dado cuenta de que su jefe no respetaba en absoluto a nadie que trabajara para él. Todos, excepto Penélope, eran unos incompetentes a sus ojos. Y ella se había sentido tan necesitada y era tan estúpida que le había permitido que proclamara al resto de sus trabajadores como inútiles. Así, había conseguido aislar la de ellos. Ese había sido el objetivo de William. Mantenerla separada, ignorante. Y ella había estado más que dispuesta a caer en la trampa.
Por eso, no iba a quedarse allí ni a permitir que él siguiera halagándola. No obstante, Ashton reconocía el duro trabajo de todos los de la empresa y no solo el de una inocente becaria.
–Yo…bueno, te agradezco de verdad que me consideres un m*****o valioso del equipo. Además, yo no tengo intención de abandonar la empresa en un futuro próximo.
–Cuando se convierta en un asunto que estés pensando muy seriamente, habla conmigo.
–Lo haré.¿ No vas a tomar café?
–No. Me disgusta la idea de depender de algo que altere mi esta do de
ánimo.
Al menos en el presente. Ashton había estado de mesiado cerca de
ahogarse en el alcohol tras la muerte de Paulina. De hecho, lo había hecho durante un tiempo. Había sido más fácil no sentir. En su estado actual, no necesitaba nada que le ayudara a conseguirlo. Se había convertido en un ser completamente insensible.
Por eso su negocio era tan importante para él. No dependía de la cafeína o del alcohol. Dependía del éxito. De la adrenalina que le producía ser el mejor, de quitarse de encima a sus competidores. De convertirse en la marca de joyería más importante. Necesitaba el éxito. La riqueza, porque cuando separaba… No había parado desde aquel primer momento de bajón. No desde el momento en el que decidió que jamás volvería a dejarse caer en la inconsciencia.
En aquel momento, ciertamente no lo estaba. La excitación que recorría su cuerpo cada vez que miraba a Penélope se lo recordaba constantemente.
Él nunca se acostaba con sus empleadas. Resultaba malo para el negocio y era un desvergonzado abuso de poder. Sin embargo, Penélope ponía aprueba su determinación. Ella suponía una tentación que iba más allá de cualquiera que hubiera conocido antes.
Habían pasado seis años desde la muerte de su esposa. Desde que vio cómo hacían bajar su ataúd a la tierra. Una parte de él fue enterrada también entonces.