No lo haría. Ella era muy fuerte. No iba a dejar que un sentimiento pasajero enturbiara su éxito de modo alguno. Ya era mayor y, por lo tanto, más experimentada. Un rostro atractivo y unas bonitas palabras no iban a descentrarla.
Ashton permanecía de pie frente a ella, observándola intensamente con sus ojos oscuros. Penélope contuvo el aliento.
–Prefiero sentarme cerca de las vitrinas –dijo él señalando los expositores de cristal.
–Por supuesto.
Penélope había pensado sentar a Ashton en la parte frontal del salón de baile. Sin embargo, él era el jefe y no cabía discusión alguna debía cambiar sus planes.
–¿Y será para usted… y su acompañante? –preguntó ella. Esperaba que él no hubiera cambiado de opinión en lo de llevar un acompañante. Así habría otra barrera más entre ellos. Una barrera que ella no debería necesitar, pero que, aparentemente, requería.
–No. Voy a asistir solo. Mi acompañante tuvo que cancelar su asistencia hace un par de semanas.
Penélope respiró profundamente.
–No hay problema–mintió ella. Era tentador tener a este hombre solo
Podía sentirse atraída por un hombre sin hacer nada al respecto. La atracción entre hombres y mujeres era algo habitual. Ocurría todos los días.
Además, ni siquiera había razón alguna para creer que él pudiera sentirse atraído por ella. Aunque lo estuviera, no pensaba considerarlo. Ashton Volkor era su jefe y no quería volver a cometer los mismos errores del pasado.
Después de tener a su jefe tan cerca recordó que eso mismo le había pasado antes y había terminado saliendo en titulares.
–¿Y la colección estará aquí? – preguntó él indicando las vitrinas
vacías.
–Sí. Cuando vengan los guardias de seguridad, traeremos las gemas.
–Creo que debería moverlas vitrinas hasta allí– replicó él señalando
La zona que quedaba junto a la ventana.
Penélope había considerado colocarlas allí. El reflejo de las gemas contra el cristal cuando oscureciera daría un efecto maravilloso. Sin embargo, había cambiado de opinión por motivos de seguridad. Las gemas eran muy valiosas como para ponerlas en peligro
–No están seguro.
–Pero se verán mejor– insistió él.
Penélope apretó los dientes. Tendría que mover los expositores y solo estaban a poco tiempo de la exhibición. Su jefe llego precisamente a causarle dolores de cabeza
–Genial. Y todo ello tan solo cinco horas antes de que comenzara el evento–Pensaba mientras se contenía
Sonrió.
–Estoy de acuerdo con usted desde un punto de vista estético, pero el equipo de seguridad me ha dicho que resulta mucho más fácil controlarlo todo si las gemas no están cerca de puertas o ventanas.
–¿De qué sirve invertir todo este dinero en una exposición si las gemas no se muestran en todo su esplendor?
Angela se contuvo. Estaba justo delante de él, no hablando por teléfono, así que debía guardar la compostura y respirar profundo ya que no podía realizar gesto alguno. Por lo tanto, la sonrisa debía seguir en su sitio.
–Como le he dicho, por razones de seguridad…Él se encogió de hombros mientras Penélope hablaba
–En ese caso, doblaremos la seguridad–Dijo Ashton dando una posible solución
–¿A menos de cinco horas de que empiece la fiesta? – le preguntó ella.
La sonrisa se le borró de los labios.
–¿Me estás diciendo que no puedes hacerlo? –replicó él frunciendo el
ceño.
La pregunta tuvo el efecto esperado. Por supuesto, Penélope estaba
segura de que él sabía que así iba a ser. Todo su ser respondió al desafío. El corazón le latía con más fuerza y la adrenalina alcanzaba cotas máximas. ¿Qué no podía hacerlo? ¡Por supuesto que podía! Parte de su trabajo era conseguir que lo imposible fuera posible y que hacerlo pareciera muy fácil. Esa era la parte que más le gustaba, la que le hacía sentirse poderosa, ejerciendo el control de la situación.
Consiguió que la sonrisa reapareciera.
–Por supuesto que no es problema alguno, señor Volkor. Hablaré con Jacob y me encargaré de que así sea.
–Quiero que esta colección se muestre en todo su esplendor.
–Naturalmente, pero a mí me preocupaba la seguridad de todas las piezas
únicas.
Él soltó una seca carcajada.
–Soy consciente de ello, Penélope. Yo las creé.
–Creo que todo el mundo es consciente de eso–replicó ella. La
Tensión la estaba poniendo demasiado nerviosa. Tenía que relajarse y su jefe no ayudaba para mejorar la situación.
Aquella era la primera colección que Ashton había diseñado desde hacía seis años. Todas las demás colecciones que la Joyería había comercializado habían sido creadas por sus afamados diseñadores. Todas las piezas que diseñaba el propio Ashton se vendían por millones de dólares en las subastas.
Eso se traducía en atención de los medios de comunicación. Las acreditaciones eran innumerables.
El trabajo suponía la seguridad de Penélope. El trabajo era donde se sentía segura, el lugar en el que destacaba. Sin embargo, aquello iba a ser mucho más importante que cualquier otra exposición de la que ella se hubiera ocupado antes. Desgraciadamente, la prensa y ella no tenían exactamente una buena relación. En realidad, creía que los reporteros la adoraban. Ella suponía jugosos titulares para sus periódicos. Era Penélope la que tenía un problema con ellos.
–Por supuesto que sí, Penélope. Y eso es por el diseño. Esto tiene que ver con los negocios, la publicidad, y eso se traduce en la atención de los medios. Eso significaba dinero. Mucho dinero. Y precisamente para eso estoy yo en el mundo de los negocios.
–¿De verdad quiere que los medios vengan en masa a la fiesta? –Pregunta ella rogando escuchar una negativa por parte de su jefe
–Lo que quiero es publicidad –dijo él–. No me gastaría tanto en montar una exposición sino tuviera pensado que se hablara de ello en todos los medios de comunicación. No estoy organizando una fiesta para mi propia diversión Penélope, son negocios.
Ella se mordió el interior del labio inferior y forzó una sonrisa.
–Por supuesto que no, señor Volkor –comentó. Dudaba que Ashton no hiciera nada para divertirse.
Él se permitió mirar de nuevo a su coordinadora de eventos. Estaba completamente seguro de que Penélope no se sentía muy contenta con él en aquellos momentos, pero se imaginó que ella se creía que lo estaba ocultando mejor de lo que lo estaba haciendo en realidad. Pero el se divertía viéndola como se contenía con cada petición que tenia.
Siempre le había gustado su voz cuando hablaba con ella por teléfono. Era una voz profunda y muy sensual, aunque no intencionadamente. Incluso cuando ella estaba hablando de la necesidad de aumentar el presupuesto para un evento. Sin embargo, nunca se había imaginado que la mujer igualaría a la voz. Jamás lo hubiera creído posible que esa mujer que le hablaba sería tan hermosa en persona.
Ashton quedo perturbado con lo sensual y hermosa de su empleada, es una tentación para cualquier hombre.
Penélope excedía la sensualidad que contenía su suave y cálida voz. Cabello castaño y ondulado que le caía en cascada hasta los hombros, ojos azules enmarcados por espesas pestañas. Su cuerpo era lo que le había desatado por completo la libido. Aunque fuera políticamente incorrecto, sus curvas le resultaban cautivadoras. Senos rotundos, esbelta cintura y redondeadas caderas que atraían la atención con su suave contoneo cada vez que caminaba. Penélope parecía ejercer un poderoso efecto sobre él, como si se tratara de un licor de alta graduación. Resultaba embriagadora.
Se metió la mano en el bolsillo y agarró con fuerza el teléfono móvil. De repente, deseó poder llamar a Dinora, no porque echara de menos a la mujer que había sido su amante hasta hacía unas pocas semanas, sino porque necesitaba algo que le ayudara a distraer su atención de Penélope. Dinora se había estado acercando demasiado. Se había empezado a preguntar por qué Ashton solo quería verla para eventos especiales y para mantener relaciones sexuales con ella. Había comenzado a querer que él fuera a Milán solo para verla. En ese momento, fue cuando Ashton se dio cuenta de que había llegado el momento de terminar con aquella relación. No conseguía satisfacción alguna hiriendo a las mujeres. Siempre dejaba muy claras desde el principio sus intenciones.
Dinora era una hermosa mujer, pero solo le hacía sentir deseo por una noche, solo salía con ella para calmar las noches en que su cuerpo necesitaba calor, pero ella lo sabía.
Lo que prefería era mantener a una amante circunstancial. Era mejor que salir los fines de semana a buscar una mujer diferente.
Después de todo lo que había experimentado en sus treinta y tres años, se sentía demasiado viejo.
–¿Qué va a hacer esta noche? –le preguntó.
–Tengo la intención de hacer el trabajo por el que usted me paga y coordinar la exposición.
–Creía que ya habría terminado tu trabajo.
–Lo importante, sí, pero me gusta asegurarme de que todo sale como es debido. No quiero que nadie se quede sin su cóctel de gambas, por ejemplo.
Penélope desde la última exhibición no deja su abajo hasta no ver que los invitados se marchan.
–Me parece bien que tenga que supervisar eso, pero no quiero que ande correteando por aquí con vaqueros y unos auriculares en la cabeza.
–Yo nunca hago eso.
–Bien. Me gusta que en esta clase de eventos todo ese tipo de cosas pasen desapercibidas. Lo único en lo que los invitados deberían fijarse es en las joyas.
–Le aseguro, señor Volkor, que esa también es mi intención.
–En ese caso, preferiría que se vistiera como si fuera a asistir a la fiesta en vez de como una empleada.
Ella lo miro con mala cara
–¿Acaso estoy vestida mal? –Se preguntó a si misma a causa del comentario de su jefe
El se dio cuenta de que aquel comentario molestó a Penélope. El brillo de sus ojos contrastaba con la expresión serena y tranquila de su rostro.
–Había pensado en ponerme unos pantalones y una camisa negros, como el resto del personal de servicio.
–Usted no forma parte del personal de servicio. Usted trabaja directamente para Volkor Joyas. Deseo que su atuendo refleje ese hecho.
Así era como él se ocupaba de sus asuntos. Impecablemente. En el mundo del diseño, la imagen era algo fundamental. No importaba nada más que lo externo. Mientras lo externo reluciera, nada más importaba.
–Debería disfrutar de la fiesta–añadió el
Penélope frunció los labios.
–Yo nunca mezclo los negocios con el placer– Replico ella
–Ni yo. Prefiero que mis momentos de placer no se vean interrumpidos.
Penélope se sonrojó al escuchar ese comentario de su jefe. Ese hecho sorprendió a Ashton. No sabía que aún quedaran personas en el mundo que se pudieran sonrojar por un comentario tan casual.
–Con lo de disfrutar me refiero a charlar con los invitados, a escuchar las conversaciones, a descubrir qué es lo que más les gusta y lo que no les atrae.
Otra razón para que su atuendo la ayude a relacionarse.
–¿Acaso tengo que realizar una encuesta de opiniones? –Pregunto ella sin entender muy bien lo que el quería
–No exactamente, pero siempre viene bien conocer las críticas para poder aprender de ellas.
Una extraña expresión se reflejó en el rostro de Penélope.
–¿Las críticas de los medios de comunicación?
–A veces.
–No quiero decir nada que no deba, señor Volkor, pero usted me ha contratado para coordinar sus eventos, por lo que…
–¿Quiere que confíe en usted en vez de darle órdenes? Ella asintió.
–Lo siento –añadió él–. Efectivamente, la contraté para coordinar mis eventos, pero soy un perfeccionista. Por lo tanto, mientras yo esté aquí, me ocuparé de que todo se haga de acuerdo con lo que yo considero que debe hacerse.
Aquel comentario alteró a Penélope tanto que estuvo a punto de borrarle de nuevo la sonrisa del rostro.
Esto era mucho, peor de lo que pensó. Ahora aparte de coordinar un evento debe estar pendiente de todo lo que quiere y necesita su jefe.
Ella estaba extrañando tenerlo lejos donde no se involucrará por completo en sus planificaciones
–Le aseguro que yo hago todo como usted considera que debe hacerse, tanto si está aquí como si no.