1.¿Dónde está ella?
POV Alejandro Lennox
¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar para conservar el control y proteger la reputación que me ha costado construir?
Pues fácil: haría cualquier cosa. Mi forma de actuar siempre fue catalogada como cruel, autoritaria y carente de compasión. Pero para mí, no era más que supervivencia: la ley del más fuerte en el despiadado mundo de los negocios.
Mi abuelo, a quien siempre admiré en mi infancia, se estaba convirtiendo en esta etapa de mi vida en una piedra en mi zapato.
Ese anciano necio entró en la sala de reuniones sin anunciarse. Su presencia imponía silencio; el sonido de sus pasos contra el mármol fue lo único que se atrevió a interrumpir la tensión del momento. Sus ojos, encendidos con ese fuego que parecía arder en la sangre de los hombres de nuestra familia, se clavaron en mí como si pudiera leer cada una de mis intenciones.
Estaba a punto de concretar un contrato que había planeado con meses de antelación, midiendo cada movimiento, cada palabra, para que cerrara este acuerdo. Pero su aparición inesperada lo alteraba todo.
—Abuelo, sal de la sala ahora mismo —ordené con voz firme y seria—. Esto es algo muy importante.
—¿Salir? —expresó, desafinando mi autoridad—. Ya han pasado siete meses y no veo que te interese terminar el proceso que necesita ser estampada. Si no decides formalizarlo haré que pierdas tu cargo por completo.
Observé a mi abuelo con detenimiento, convencido de que había perdido la razón y sufría de demencia senil. Para él, un matrimonio con una desconocida parecía algo sumamente normal en pleno siglo veintiuno.
Hace unos meses atrás firmé sus papeles de matrimonio solo para quitármelo de encima. Pero desde entonces, se había convertido en una presencia constante y molesta. Casi a diario me abordaba con la misma pregunta:
“¿Cuándo vas a traer a tu esposa a alguna reunión familiar?”
Sus palabras comenzaron a filtrarse en el ambiente con el veneno de la duda. Los contribuyentes me miraban de reojo, cuestionando si en realidad él podía quitarme el control. Mi abuelo, con su seguridad inquebrantable, repetía con firmeza que, si no resolvía pronto ese asunto, perdería mi cargo.
—Abuelo, dos cosas —dije con un tono tan gélido que hasta el aire pareció tensarse—. Primero: no tienes permiso para irrumpir en la sala de reuniones cuando se te antoje. Segundo: si decides quedarte, incluso siendo mi abuelo, me veré obligado a llamar a seguridad.
—No lo vas a hacer. —Su mirada era de total seriedad.
—Por supuesto que lo haré, abuelo —respondí con seriedad, mirándolo a los ojos—. Y permíteme recordarte algo: los hoteles no te pertenecen. Así que tus amenazas no tienen ningún peso.
—¿No lo tienen? —replicó con una sonrisa desafiante—. Atrévete a probarme, Alejandro Lennox. Con solo un mensaje, puedo hacer que pierdas el control total de los hoteles Lennox.
Contemplé a mi abuelo con una mirada penetrante. Fue entonces cuando William, el vicepresidente, rompió el silencio con unos suaves aplausos, lo suficientemente discretos como para captar la atención sin imponerla.
—Considero oportuno que aplacemos la reunión —dijo con serenidad, su voz cargada de esa diplomacia innata que siempre lo había caracterizado—. ¿Sería posible enviarles la información más adelante? Estamos atravesando una pequeña discrepancia. Agradezco de antemano su comprensión.
Su tono, medido y cortesano, surtió el efecto deseado, especialmente en la directora ejecutiva representante de la cadena de casinos más prestigiosa del país. Ella era la clave para elevar aún más mis hoteles. Aunque en el fondo sabía que aceptaría cualquier cosa que William le pidiera. A Victoria McBlair le fascinaba el mundo de los negocios, sí, pero lo que realmente despertaba su interés eran los hombres considerablemente más jóvenes. No podía apartar los ojos de William, a pesar de que ella le llevaba, al menos, una década de diferencia.
—Entiendo perfectamente —Victoria fue la primera en tomar la palabra—. Si me envían la nueva fecha, estaré encantada de asistir, aunque… —miró a mi William fijamente—. Si estás interesado en finalizar este acuerdo de manera más discreta, estoy abierta a discutirlo solo contigo.
Tosí suavemente para detener el incómodo diálogo. —Señorita McBlair, la contactaremos para agendar la próxima reunión.
Después de despedirnos de ella y una vez que todos se habían marchado, mi abuelo comenzó a agitar una carpeta entre las manos con tal desesperación que parecía que su vida dependía de ello.
—Has puesto tu firma para tu matrimonio, pero no has completado la formalidad de sellar este documento. Alejandro, desconoces lo difícil que resulta encontrar tu “click”, y yo sé que lo encontré para ti.
—Abuelo, no lo haré. Mi firma en ese momento fue con la intención de que cesaras de incomodarme. No tenía intención de contraer matrimonio de verdad.
—Deberás hacerlo, o me aseguraré de que alguien más ocupe el cargo principal.
—Señor Harry, no creo que tenga la capacidad para lograrlo. —William nos interrumpió en medio de la conversación.
—¿En serio? —Sacó su celular y luego procedió a mandar un mensaje—. Tendremos que esperar para descubrir mis capacidades.
Mientras observaba la actitud errática de mi abuelo, ya estaba considerándolo como alguien completamente desquiciado. Crucé mis brazos. Pasados unos minutos, mi celular empezó a sonar; era el teléfono de mi madre en la pantalla. Ella se encontraba actualmente vacacionando con mi padre antes de volver a Nueva York para reformar el puesto de dueña. A pesar de que yo era el CEO principal, aún no me había entregado todo el poder, pues según ella “no estaba preparado”.
—Alejandro, haz lo que dice tu abuelo o, a partir de mañana, será William quien esté a cargo. Esto es por tu bien.
Sin darme oportunidad de responder, simplemente colgó el teléfono. Contemplé a mi abuelo, quien tenía una expresión de alegría y satisfacción.
—Tienes que contraer matrimonio con esa joven.
Me acercaba furiosamente a él, quitándole el papel notando que le faltaba un sello.
—Esa es una tontería. ¿Dónde está ella? —pregunté con autoridad.
—Tu esposa probablemente se encuentra en el Vogue College of Fashion, donde estudia.
Vaya, para variar mi abuelo había encontrado a una “mujer”… una que ni siquiera tenía una profesión y que aún era solo una estudiante. No quería siquiera pensar en su edad. Caminaba en silencio hacia mi vehículo mientras introducía en el GPS la supuesta ubicación de esa universidad de Nueva York. Con cada segundo que pasaba, la rabia me crecía por dentro.
En mi vida, las relaciones, el amor y las mujeres no tenían ningún propósito real. No encontraba una utilidad. Esas expresiones románticas tan cursis me resultaban absurdas, vacías… solo palabras sin sentido. Al llegar a la universidad, detuve el auto justo frente a la entrada principal.
¿Cómo era mi presunta esposa?
No lo sabía, ni me interesaba.
Examiné el certificado matrimonial que debía sellar y observé el nombre estampado con tinta negra: April Fletcher. En uno de los formularios que William me había entregado, escribí su nombre al reverso.
Con aquel papel en mano, me ubiqué frente a la puerta como si estuviera en un aeropuerto esperando a un desconocido. Habia pasado ya un tiempo parado, hasta que una joven con una gorra desde la distancia estaba saliendo de la universidad. Ella llevaba el cabello en una coleta sujeta en ella, que se movía al compás de sus pasos. Se aproximó a mí con pasos lentos.
Al encontrarnos, por un instante, mi enfado pareció esfumarse, pero de repente mi mente me recordó con contundencia la razón de mi presencia en ese lugar.
—¿Tú eres April Fletcher?
—Así es, lo soy.
Emitía un tono delicado y reservado, similar al dulce trino de un pájaro pequeño. Al solicitarle su documento de identidad, me di cuenta de que se trataba de ella.
—¡Tú!
—¿Yo?
Tomé su brazo con firmeza, notando la tensión en su cuerpo al reaccionar de forma brusca. Sin pronunciar ni una sola palabra, comencé a tirar de ella con suavidad, pero con determinación, conduciéndola fuera del campus universitario hacia mi vehículo. Observé fijamente sus ojos, mostrando una sonrisa gélida y analítica; si ella pretendía complicarme la existencia, me encargaría de complicar la suya también.
—Ahora nos casaremos —le espeté con una voz firme.
La expresión de April era de desconcierto; sus ojos reflejaban asombro y cierta inquietud.
—¿Perdón? —inquirió sobre la situación actual mientras intentaba liberarse, pero yo continuaba tirando de su mano sin soltarla. Mis pies se movían velozmente, obligándola a correr para alcanzarme, ya que cada uno de mis pasos equivalía a tres de los suyos.
Era de baja estatura, con una apariencia frágil que podría despertar ternura en cualquiera… menos en mí, al menos no en ese momento. Su vulnerabilidad resultaba irrelevante ante la rabia que me consumía por dentro. Cruzaba la explanada de la universidad; mi tono se tornó más frío, más cruel.
—¿Podrías soltarme? Me estás lastimando —protestó con voz temblorosa.
—No me importa —respondí sin detenerme, sin mirarla—. Todo esto se está desmoronando por tu culpa. Eres, sin exagerar, lo peor que me ha pasado. Por tu culpa estoy a punto de perder lo único por lo que he luchado toda mi vida.
—¿Por qué me hablas así? —preguntó, buscando alguna r*****a de humanidad en mi mirada.
Seguía caminando, sin soltar su brazo. Me giré ligeramente, dejando escapar una voz más dura, más cortante que antes.
—Es evidente que de alguna forma lograste influenciar a mi abuelo y a mis padres. Eres como una serpiente que se ha enroscado en mi familia. Dime la verdad, ¿fuiste tú quien organizó todo esto? ¿Es ese tu juego? Porque si lo es… te juro que te arrepentirás de cada paso que diste. Te convertirás en una experta que llorara cada día por haber manipulado a mi familia con esta absurda idea de un matrimonio concertado.
Su rostro mostraba un desconcierto que solo intensificaba mi furia. Cada gesto suyo, cada parpadeo confuso, me hacía hervir por dentro.
—Estoy convencido de que todo esto fue idea tuya —añadí, apretando con más fuerza su brazo—. ¿Quieres casarte conmigo? Bien, tendrás tu boda. Te concedo esa pequeña victoria… pero créeme, lamentarás cada instante de haberlo deseado.
No había espacio para la culpa en mi voz. Fui brutal. Ella, en cambio, parecía atrapada en una mezcla de incomprensión y tristeza. Su mirada vidriosa, contenida, quedó grabada en mi memoria como un susurro de su dolor.
Por un instante, algo en mí titubeó. Sentí el impulso de rodearla con mis brazos, de pedirle perdón. Pero el orgullo y mi rabia fueron más fuertes.
Abrí la puerta del coche de un tirón, obligándola a entrar.
—¡Alejandro, suéltame!
—¿Por qué? ¿Acaso no fuiste tú quien le aseguró a mi abuelo que querías casarte conmigo?
Ella forcejeó hasta liberarse, quitándose las gafas para limpiarse las lágrimas que nublaban su vista. Y entonces los vi.
Sus ojos.
Azules como el cielo en primavera, inundados de un dolor puro que me golpeó sin aviso.
—Alejandro… —susurró, casi sin voz—. ¿Por qué me tratas así? —Sus labios temblaron al morderse suavemente, luchando por contener las lágrimas—. Dime: ¿quién… quién te hizo tanto daño para que transformaras tu corazón? —Hizo una pausa, sus ojos clavados en los míos con una mezcla de dolor y curiosidad.