Romi Un frío amargo mordía el lado izquierdo de mi rostro mientras luces intermitentes destellaban detrás de mis párpados. El pecho me ardía, las palmas me quemaban, y un golpeteo constante taladraba mi cabeza. El bebé. Mi respiración se descontroló de inmediato mientras mis manos volaban hacia mi vientre. Plano, como siempre, y considerando que aún no me acercaba ni remotamente a mostrar, no debería haberme alarmado. Pero no estaba pensando con claridad. —Romi. —Una voz grave y áspera rasgó el silencio—. ¿Romi, estás bien? —El bebé —balbuceé, parpadeando contra la negrura que amenazaba con cerrar mi visión. Un rostro apareció sobre mí, conocido, pero mi mente tardó en encajar las piezas. Dios, cómo dolía todo. Algo cálido y acolchado cubrió el lado congelado de mi cara. —El bebé… —¿

