La jaula de cristal
Mía
El tintineo de las copas de cristal de baccarat siempre me había parecido el sonido de una jaula cerrándose.Miré a mi alrededor en el gran salón de la mansión. La fiesta de beneficencia de mi padre estaba en su punto máximo.
Hombres con trajes de diseñador y mujeres con vestidos que costaban más que el salario anual de una persona promedio reían con falsedad, intercambiando secretos corporativos entre sorbos de champán.Yo llevaba un vestido de seda azul marino que mi padre había seleccionado para mí. Para el mundo, yo era Mía, la heredera de la corporación más grande del país. Para mí, era simplemente un adorno más en su vitrina.
—Mía, querida, estás distraída. —La voz de mi padre, profunda y controladora, me trajo de vuelta a la realidad.Me giré hacia él. Su rostro, habitualmente severo, mostraba unas ojeras profundas que el dinero no podía ocultar. En las últimas semanas lo había notado paranoico.
Revisaba su teléfono a cada minuto, cerraba las puertas de su oficina con llave y apenas me dejaba salir sin chofer.—Solo estoy cansada, papá —mentí, esbozando una sonrisa ensayada—. Creo que iré a la terraza a tomar un poco de aire.—No te alejes demasiado, Mía. El ambiente está... tenso.Asentí sin discutir.
Sabía que sus negocios estaban bajo presión, especialmente ahora que planeaba fusionar la empresa con el consorcio de los socios principales, pero no entendía por qué su miedo se extendía hacia mí.
Caminé hacia los grandes ventanales que daban al jardín trasero. El aire de la noche me golpeó el rostro, un alivio bendito comparado con la hipocresía del salón. Me apoyé en la barandilla de mármol, mirando las luces de la ciudad a lo lejos.
Por un segundo, me permití imaginar cómo sería ser una chica normal. Alguien que pudiera ir a la universidad en autobús, salir a tomar un café sin que tres guardaespaldas vigilaran la entrada, o simplemente caminar por la calle sin el peso de un apellido.Un crujido suave entre los arbustos del jardín inferior me puso en alerta.
Me inclinę hacia adelante, aguzando la vista. Las luces decorativas iluminaban los senderos principales, pero los bordes de la propiedad quedaban sumergidos en sombras espesas. Vi una silueta. No llevaba el uniforme del personal de servicio, ni el traje de los invitados. Se movía rápido, agachado, pegado al muro oeste de la casa.
El corazón me dio un vuelco.—¿Hola? —llamé en voz baja, pero nadie respondió.La silueta se deslizó hacia la sombra de los grandes generadores de energía. El pánico, sutil pero agudo, me congeló los pies. Quise darme la vuelta para regresar al salón, pero una mano firme, grande y cálida se posó sobre mi boca, ahogando mi grito antes de que pudiera salir de mi garganta.—No grite, señorita Mía. Si lo hace, arruinará mi entrada —susurró una voz masculina, profunda, completamente calmada y peligrosamente cerca de mi oído.
El olor a cuero, lluvia y un toque de loción costosa me inundó los sentidos. Intenté patalear, golpear con el tacón de mi zapato a quienquiera que me tuviera sujeta, pero su cuerpo era como una pared de piedra. Me sostuvo con una facilidad pasmosa, anulando todos mis movimientos sin hacerme daño.—Voy a soltarla lentamente —continuó la voz, con un tono militar e implacable—. Pero quédese detrás de mí. Ahora.
En cuanto retiró la mano de mi boca, me giré jadeando, lista para abofetearlo. La luz de la luna me permitió verlo por primera vez. Era alto, de espaldas anchas, facciones duras y esculpidas, y unos ojos oscuros que parecían analizar todo a su alrededor en fracciones de segundo. Llevaba un traje n***o perfectamente entallado, pero no parecía un invitado.
Parecía un arma.Antes de que pudiera articular palabra, el hombre me tomó de la cintura con un solo brazo y me arrastró hacia atrás, pegándome contra la pared de la mansión.
Justo en ese instante, un estallido ensordecedor rompió los cristales de la ventana de la planta baja. Las luces de la mansión se apagaron por completo, sumergiéndonos en la oscuridad total, mientras los gritos de terror comenzaban a resonar desde el interior del salón.
El caos había comenzado. El estruendo de la explosión me dejó un pitido agudo en los oídos y el olor a pólvora quemada no tardó en asfixiar el aire puro de la noche. Instintivamente intenté correr hacia el interior del salón, hacia donde estaba mi padre, pero el brazo del desconocido se cerró alrededor de mi cintura como una cadena de acero, levantándome del suelo.—¡Sueltame! ¡Mi padre está ahí dentro! —chillé, presa del pánico, golpeando su pecho blindado.—Su padre me pagó para mantenerla con vida a usted, no para morir con él —respondió con una frialdad que me heló la sangre.
A través de los ventanales rotos, el resplandor de pequeñas llamas comenzó a iluminar el salón. Pude ver siluetas moviéndose entre el humo: hombres armados, con rostros cubiertos por pasamontañas, disparando ráfagas cortas hacia el techo para controlar a la multitud.
Un grito ahogado escapó de mis labios al comprender la magnitud del peligro. No era un simple fallo eléctrico. Era un ataque directo.El desconocido me soltó los pies, pero me empujó detrás de su imponente cuerpo.
Con un movimiento fluido y peligrosamente ensayado, llevó la mano al interior de su saco y extrajo una pistola semiautomática negra. La empuñó con una mano mientras con la otra me sujetaba firmemente de la muñeca.—Camine agachada y no se suelte de mí. Si dobla un tobillo por culpa de esos zapatos, la dejaré atrás —advirtió, sus ojos oscuros escaneando el jardín sumergido en las tinieblas.—¿Quién eres tú? —pregunté con la voz temblorosa, obligando a mis piernas a moverse al ritmo de sus zancadas felinas.—Alejandro.
Su nuevo seguro de vida —contestó escuetamente.Nos deslizamos pegados a la hiedra de la pared oeste, esquivando los haces de luz de los helicópteros de la policía que comenzaban a escucharse a lo lejos. Alejandro se movía con una familiaridad asombrosa en la oscuridad.
Sabía exactamente dónde flaqueaba la seguridad exterior. Sin embargo, cuando estábamos a escasos metros de la puerta trasera de servicio, dos de los atacantes armados salieron al callejón lateral.—¡Ahí están! ¡Tenemos a la heredera! —gritó uno de ellos, levantando su arma.Antes de que el hombre pudiera apuntar, el cañón de la pistola de Alejandro escupió dos fogonazos sordos.
Los silenciadores amortiguaron el ruido, pero el impacto fue letal. Ambos hombres cayeron al suelo como sacos de arena. El estómago se me revolvió. Nunca había visto morir a nadie, y el hombre que se suponía debía protegerme acababa de arrancar dos vidas en menos de un segundo sin parpadear.
Alejandro ni siquiera miró los cuerpos. Me arrastró con brusquedad hacia un todoterreno n***o y blindado que permanecía oculto entre los árboles del perímetro trasero.
Abrió la puerta del copiloto de un tirón y me empujó al interior.—Póngase el cinturón y baje la cabeza —ordenó, rodeando el vehículo a toda velocidad para subir al asiento del conductor.
Encendió el motor, que rugió con la potencia de un bloque modificado, y las luces del tablero iluminaron sus facciones duras y concentradas.
A través del parabrisas, vi cómo tres camionetas más bloqueaban la salida principal de la propiedad. Estábamos acorralados.Alejandro metió la marcha con firmeza y me miró de reojo, mostrando una sonrisa gélida que prometía destrucción.—Sosténgase, señorita Mía. Esto va a doler