Ella lo miraba ansiosa, con las manos extendidas. —Todo lo que haces es perfecto y maravilloso— dijo él—, yo soy un hombre y me excitas de tal manera que me es difícil recordar que debo comportarme como un caballero. —¿De veras... te excito? —Demasiado. Es imposible que podamos seguir viviendo así. ¿Cuándo podrás casarte conmigo? —Si me juras que me amas de verdad, y que nunca lo lamentarás me acusarás de haberme aprovechado de ti. —Si no te casas conmigo... sólo querré morir... porque la vida habrá perdido todo atractivo para mí. Las manos de Miriam apretaron las de él. —No podría soportar perderte. ¡Cómo podría perder la felicidad que nunca conocí antes!; algo tan maravilloso, tan perfecto... ser tu esposa será como vivir... en el paraíso. —Espero que siempre pienses así. —Trat

