—¡Ayuda!—grité cuando ellos me conducían para uno de los edificios que estaban alrededor. ¡No podía dejar que ellos me llevaran a algún lado!—¡Ayuda!—si dejaba que me entraran a una de esas casas, entonces estaba perdida—. ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! ¡Por favor, ayuda!
—¡Cállate!
—¡Cállala, Hernán!—le gritó otro, una mano se posó en mi boca y presionó con fuerza, ahogando mis gritos. Me dio un golpe detrás de la rodilla y yo caí al suelo, pero su mano tiró de mi cabello, volviendo a levantarme. Me dolía la cabeza de tantas veces que había tirado de mi cabello, algunos mechones ya me tenían que haberse arrancado con lo fuerte que tiraba de ellos.
—Ahora ya se quedará callada.
El pasillo se tornó oscuro luego de que pasamos el portal, puertas y puertas, escaleras y ventanas. Esos dedos que olían a tabaco se presionaban contra mi boca y rozaban mi nariz, respirando con dificultad. Me empujaron hacia las últimas escaleras, comenzamos a subir con rapidez, mi miedo iba en aumento y yo ya no sabía qué hacer para salir de esta.
No tenía escapatoria ni nadie que me ayudara.
Un grupo de chicas bajaron apresuradamente a nuestro lado, sin tomarse ni las molestias de prestarle atención a mis quejidos, las señales que les hice o cómo aquellos tres sujetos me rodeaban para que no me vieran ellas, estaba totalmente acorralada, me escondían entre sus cuerpos y en esa uno de ellos sujetó mis nalgas.
¡Malditos desgraciados!
—Es que Emmanuel no habla con nadie—dijo una con disgusto al pasar a nuestro lado, murmuraba con sus amigas.
—Ahora que su hermano no está, él tiene la habitación para él solo, pero no invita a chicas—decía otra. Parecían algo desilusionadas.
—Esta mañana salí temprano para verlo correr, pero pasó a mi lado y no dijo ni los buenos días. Eso sí… ¡vieras el cuerpazo que se trae!
—Algunos se creen dioses.
—Ni tanto, porque decide vivir en este edificio.
—Yo escuché que tenían una residencia privada, los de segundo año lo dijeron, pero parece que este año decidieron bajar con los mortales.
¡Los gemelos! ¡Vivían aquí!
¡¿Pero dónde?! ¡¿Cómo podía llamar a Emmanuel?! Se supone que Ezequiel no estaba o eso dijo una de ellas.
¡¿Cómo?!
No creía en el destino, no me aferraba a vanas esperanzas, jamás pedía nada fuera de mi alcance, viví con lo que la vida me ofrecía y pocas malditas veces me quejaba de algo. ¡Incluso era optimista cuando no había que serlo! Situaciones tan malas que sabía que de esa no iba a salir, pero…jamás…jamás pedía nada, menos milagros.
Yo no creía en los milagros.
Excepto esta noche.
Esta noche sin luna.
Podría ser mi oportunidad.
Los ancianos de mi manada tenían una vieja frase que yo jamás le había dado la mínima importancia, pero era algo como “Mientras la luna brille fuerte, todos le piden a ella, pero las noches sin luna es cuando mejor escucha, porque nadie ve a la Luna, se olvidan de ella.”
Era en este momento, en la noche más oscura de mi vida, donde decidía pedirle a la Diosa Luna.
Ayuda.
Solo necesito ayuda.
Nací enferma, nunca pedí nada.
Mi pareja me rechazó, tampoco me quejé. Solo sufrí en silencio luego de ser rechazada.
Pero ahora mismo no quería que mi destino fuera ser el juguete de esas asquerosas bestias. ¡Me negaba! ¡Necesitaba ayuda!
¡Por favor! ¡Diosa Luna! Esta noche imploro su ayuda. ¡Imploro su ayuda!
¡Ayúdame, por una vez en mi vida! ¡Ayúdame!
“Dime, Lois—la voz se deslizó por todos mis poros, sentí sin piel erizarse y las lágrimas correr por mi rostro. La voz era suave, algo brillante, pero muy cálida, ese tono era tan gentil que sentía que mi cuerpo flotaba. La sensación al oírla era indescriptible—. ¿Qué quieres?” La pregunta era demasiado directa.
Sentí un miedo enorme de responder, tanto que mis labios se secaron, al igual que mi boca.
¿Qué quiero?
Intenté hablar, pero mis labios estaban sellados por esa mano apestosa que cubría mis labios.
“Lois, ¿qué quieres?” La pregunta fue más firme, un tanto insistente. Necesitaba mi respuesta.
“Quiero…Quiero—seguía teniendo miedo de lo que podía decir o pedir, entonces lo único que llegó a mi mente fue ese pensamiento. Los gemelos vivían en este edificio. Una cosa se mezcló con la otra y recordé aquella noche juntos, ambos, mi cuerpo en medio de los dos, nuestros cuerpos tan unidos y lo bien que me sentí con ellos dos, como nunca antes en toda mi vida. Y solo alguien tan pervertida como yo podía tener un segundo para pensar en eso en un momento como este mientras la Diosa Luna esperaba por mi respuesta. ¡Que falta de respeto de mi parte! Sacudí la cabeza y distraje mi mente, concentrándome en lo importante—. Quiero…” apareció frente a mí la imagen de Ezequiel y Emmanuel a cada lado de mi cuerpo.
“Está hecho.”
¡¿Qué?! ¿Qué es lo que estaba hecho? ¿Qué hice? ¿Qué escuchó?
“¡Diosa Luna! ¡No he pedido nada! ¡Aún no pido nada! ¡Y sigo con estos animales! ¡Ayuda! ¡Diosa Luna!”
Y ya no estaba.
¡Yo solo quería su ayuda!
Así de finita era mi suerte, como si fuera una broma del destino.
Seguían siendo muy mezquinos conmigo, nada me favorecía, nada iba a mi favor, era como si fuera al revés, en sentido contrario y por eso me topaba con todo en mi contra.
No era esto posible.
(…)
Y este soy yo, el de su primera vez, pero no la había vuelto a ver.
Las clases sin Ezequiel eran más que aburridas, la gente aquí era aburrida, los de segundo año eran muy aburridos, todo sin Ezequiel era muy aburrido.
Extrañaba a mi hermano.
La vida sin él era muy aburrida.
Le quedaba toda una semana por llegar.
La noche sin luna estaba muy oscura, había parejas por las esquinas entre besuqueos y murmullos, otros tomaban esta hora para correr, como yo, que no me bastaba con salir en las mañanas, también usaba las noches, porque estaba aburrido.
Aunque había otro motivo.
Sé que Viviana, la “amiga” de Lois salía mucho y quería encontrármela alguna vez de “casualidad”, por eso tomamos a última hora una habitación en uno de los viejos edificios, pero Lois no salía nunca y ya yo extrañaba mi lujosa habitación.
Cuando regresara Ezequiel le plantearía volver a ella, parecía imposible ver a Lois, volver a encontrarnos con ella.
¿Tan complicado era ver a esa Omega?
¡¿Y por qué queríamos verla?! No me lo explicaba, pero necesitábamos verla.
Aquí la gente husmeaba mucho, no me agradaban, solo estábamos en este viejo edificio por la posibilidad de ver a Lois.
Miré el amplio cielo sin una sola estrella y las gruesas nubes negras que se movían de un lado a otro. ¿Iba a llover?
La noche era muy oscura.
Abrí el portal y lo primero que golpeó mi cara fue aquel olor, haciendo que arrugara mi nariz y sintiendo una sacudida en todo mi cuerpo con el rugir que brotó de mi pecho.
Mis labios temblaron, ocultando un gruñido, pero la sensación con este olor me llegaba hasta los huesos.
¿Podría ser…mi pareja? Mi lobo reaccionaba de una manera única ante este olor, saliéndose de control y reconociendo aquello nada más entrar al edificio.
Corrí hacia el final del pasillo, siguiendo el olor, escuché unas pisadas arriba y el olor alejarse, subí muy rápido las escaleras y entonces todo estaba a oscuras, más adelante vi un grupo de chicos caminar y entre ellos… estaba ella, sea quien sea, tenía que ver su rostro.
El olor solo se iba haciendo más intenso porque ella estaba a un par de metros de mí.
Corrí hacia el interruptor y encendí la luz del pasillo.
¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí? ¿Quién era?
Había viajado a montones de lugares, estuve en muchas ciudades, visité incontables aldeas, manadas, realicé los dos años de entrenamiento y ahora… a mis veintitrés años, cursando el segundo año de universidad, la encontraba.
Cuando la luz se esparció por el pasillo, reconocí a los tres chicos allí, un bolso, una maleta y…Lois.
¡¿Lois?!