LOIS
No tuve tiempo de despedirme de ellos, pero puede que esa fuera la mejor despedida, no decirnos nada y solo apartarnos.
En el restaurante se sintió demasiado bien que me defendieran, no lo esperé, ni siquiera supe que ellos estaban allí, pero verlos acercarse fue como un repentino alivio.
No podía describir la sensación que me recorrió al sentirme protegida.
—¿Y cómo te fue?—preguntó Viviana, sentada en la cama, observando toda la habitación, mientras yo ordenaba de forma correcta su equipaje, ya que ella lo había vuelto una etcétera. Yo seguía asombrada por la pelea que los gemelos protagonizaron durante el desayuno en aquel restaurante. Viviana recién terminaba su larga llamada, hablaba con una amiga de la universidad, contándole sus aventuras en el tren—.¿Cómo se portaron? ¿Viste que no pasaba nada porque estuvieras con dos desconocidos?
Pudo tratarse de dos desconocidos con malas intenciones, pero eso Viviana no lo veía de ese modo.
—Bien, se portaron muy bien—tragué discretamente, aún con ardores en mis partes íntimas.
Ellos se habían portado bien, la que me porté mal fui yo, dejándome llevar por no sé qué cosa.
¡El irremediable deseo que se apoderó de mí en ese momento!
Los gemelos eran… completa dinamita, perdí la capacidad de pensar con coherencia y solo se me vino a la cabeza estar entre ellos dos.
¡Los dos!
Aún cuando ellos me dijeron que eligiera, supongo que jamás se esperaron que los eligiera a los dos.
¿Me arrepentía? ¡Jamás! Atesoraría esos recuerdos por el resto de mi vida y en un futuro poco incierto se lo contaría a mis nietas. Esa era mi más grande aventura.
—Yo también la pasé muy bien, toda la noche—sonrió de manera perversa y después se arrojó a la cama—. Pero espero que no esté en mi clase o algo por el estilo. Quería que me quedara en su habitación hasta que llegáramos, llevarnos a nuestro dormitorio y cada cursilería que se le ocurría. No sé qué se creía, en la cama muy bien, pero todo lo demás fatal. Si me veían con él nada más llegar, eso me espantaría a los demás pretendientes. Ni que yo fuera boba, solo quería mostrarme como que yo era suya, exhibirme de su mano. ¿Cree que soy yo tonta?
—¿Y cómo se llamaba?—puse de pie la maleta cuando al fin pude cerrarla. No sé cómo llevaba tantas cosas si también me había dicho que aquí haría compras de ropas.
—No lo recuerdo, pero era lindo. ¿Están listas tus cosas?
—Sí.
—Ahora cuéntame, ¿quién fue el estúpido o la estúpida que te arrojó el desayuno?
—No tiene importancia. No fue nada. Pero de esas cosas quería hablar, Viviana. Quizás…no sea muy buena idea que yo esté aquí.
—¡Por Dios, Lois! ¡Ni hemos llegado! ¿Qué rayos pasó en el comedor que tú estás pensando de ese modo? ¡Te dije que te protegería!
—El problema es que no vas a estar siempre conmigo y esto…está lleno de Alfas y Betas. Eso no me lo dijiste. De haberlo sabido jamás vendría aquí, ¡seré la única Omega!—Era tan malo como parecía.
—¡Ni que vinieras a estudiar, Lois! ¡¿Eso qué importa?! Justo no te lo dije porque sé que no ibas aceptar, ya mira cómo te pones, ¿qué sentido tendría quedarte allí? Aquí conocerás el lugar, gente, tendrás amigos. Es la oportunidad de tu vida, lo sabes. Allí solo ibas a dedicarte al trabajo que llevas haciendo toda tu vida.
Nada de eso iba a pasar, lo de conocer y tener amigos, al final solo me tendría que quedar encerrada donde sea que viviéramos porque todo iba a estar infestado de ellos. Eso era lo que iba a pasar, estaba yo siendo ilusa pero no quería pasarme de la raya y convertirme en una pesimista, meterme en peligro y causarles disgustos a mis padres, a la manada o al Alfa Joseph, mucho menos meter a Viviana en problemas por causa mía.
Su iniciativa fue buena, pero no la mejor.
—¿Dónde vamos a vivir?
—Lois…sabes que te necesito aquí conmigo. Nunca antes me habías negado nada y ahora te entran las dudas sobre esto. Sé que te hará bien el lugar, el ambiente.
—¿Dónde vamos a vivir, Viviana?
—Tenemos un piso cerca del campus.
—¿Qué tan cerca?—ya me asustaba.
—Donde se hospedan los estudiantes, Lois—obviamente.
Agaché mi mirada, sintiéndome completamente atrapada. Tomé mi bolso y fui al baño, necesitaba llorar unos minutos para que se me fuera la frustración.
¡Sí que estaba siendo ilusa!
¡Una cosa era lidiar con ellos en algún lugar público, pero era muy diferente ir a donde solo habían de ellos!
¡Mierda!
No estaba preparada para esto, no sería nada agradable.
Comencé a humedecer mi rostro y las lágrimas se fueron mezclando con el agua que esparcía por mis mejillas.
¿Qué podía hacer?
El Alfa Joseph había accedido a pagar todos mis gastos con tal de que me quedara con Viviana y le sirviera en todo y eso incluía pagar mi sangre dentro de unos veinte días, lo que resultaría un alivio para la economía de mi familia.
Regresar solo era añadir más gastos a ellos, un gasto con el que ya no iban a contar, pues el tiempo que estuviera aquí el Alfa se haría cargo.
—Lois…llaman a la puerta. Es uno de los gemelos. Dice que es Emmanuel.
—Pues dile que estoy ocupada, por favor—¿y ahora qué querían? Se suponía que ya no los veía mas.
Comencé a secar mi cara con rapidez, de pronto la puerta del baño fue abierta sin darme tiempo a hacer nada y él me sacó tomada de la mano, arrastrándome fuera de la habitación, a un lado de la puerta estaba también Ezequiel.
—No pensabas despedirte. Ya el tren se detuvo.—Ezequiel me fulminó, su mirada era muy fuerte, ¿me reprochaba?
—Gracias por todo, Emmanuel y Ezequiel—les dije. No sé qué esperaban.
—¿Solo eso?—preguntó Emmanuel con media sonrisa. Era muy coqueto.
—¿Qué sucede aquí?—Preguntó Viviana, asomándose a la puerta—. ¿Qué quieren con Lois?
—¿Dónde van a vivir?—Preguntó Ezequiel, cambiando su tono de voz y entrando a la habitación luego de empujar a Viviana hacia dentro, la mano de Emmanuel me tomaba de manera delicada, haciéndome entrar también, pasó sus dedos debajo de mis ojos, llevándose la humedad que todavía había allí.
—¿Estás bien?—me preguntó solo a mí—. ¿Por qué llorabas?
—No lo hacía.—Me zafé de su brazo, colocándome junto a Viviana. ¿Por qué se tomaban tantas molestias?
—¿Ustedes qué se traen?—les preguntó. Alcé mis cejas para que no dijeran nada de lo que pasó entre nosotros tres anoche o estaba mañana, haciendo expresiones para que no dijeran ni media palabra de nuestros encuentros fogosos—. ¿Se han hecho amigos?
—¡Sí!—respondí por ellos antes de que fueran a decir otra cosa o a decir palabras fuera de contexto o muy en contexto—. Eso creo. Se han venido a despedir.
—De hecho—¡no sabía cuál era el más sincero de todos! Solo sé que cuando Emmanuel iba a decir algo yo salté hacia él, cubriendo su boca para que no dijera nada. ¡Viviana no podía saber todo lo que hice con ellos! ¡Con ellos! ¡Con los dos!
—No está bien que hayas traído a Lois aquí—dijo Ezequiel, todavía en mal tono. Ahora caía en cuenta, aquel era el que no se tragaba nada. Bajé mis brazos, rendida. Iban a soltar la sopa.
Arrastré mis pies hacia la cama, mirando al suelo.
—¿Qué sabes tú de nosotras dos?—Viviana se acercó a él, haciéndole frente.
—¿Qué crees tú que va a pasar con una Omega en el campus?
—La… protegeré.
—¿De todos?—Ezequiel enarcó una ceja y después miró en mi dirección con los ojos entrecerrados, se veía realmente siniestro de ese modo, luciendo enojado—. ¿Qué locura es esa de que la protegerás? Si quieres mantenerla a salvo, envíala de regreso a su hogar y no cometas el error de llevarla allí. De hecho… no permiten Omegas en ninguna de las residencias de estudiantes. ¿No lo sabías?—Observé a Viviana y ella no respondió a eso—. Que tome un tren de regreso a su casa. Que no llegue al campus y es el mejor consejo que te puedo dar, Lois.
Otra vez me habían asustado.
Mis ojos se aguaron y Viviana aún no decía nada.
¿Tendría que irme? ¿Esa era la mejor opción?
Podía regresar, seguir trabajando, ayudar a mis padres con los gastos y juntos comprar la sangre, habíamos resistido siempre, siempre salíamos adelante. Mi condición no nos había detenido nunca.
—Lois, no les hagas caso.—Viviana vino a mí, tomando mis manos frías por los nervios. Se escuchó una campanada por todo el lugar y de inmediato pisadas frente a la puerta, ya estaban bajando del tren—. ¡Claro que te dejarán entrar conmigo!
—Sí, desde luego que sí.—Emmanuel tomó participación—. Pero no como tu compañera. Puedes ir con algún sirviente. ¿Eso eres, Lois?
—¡Es mi acompañante!—gritó Viviana.
—Pues a tu “acompañante” encárgate de registrarla como tu “sirvienta” para que pueda ir contigo a todos lados, incluido estar en el recinto universitario. ¿Es que no conoces las reglas?
—¿Y ustedes qué son? ¿Unos sabelotodo? ¡¿Para qué demonios me iba a leer las reglas?!
—Lois, vete—me dijo Ezequiel mirándome a los ojos—. Ella no te protegerá. Y para poder entrar tendrá que registrarte como que eres parte de su servicio personal.
—¡Lois! ¡Mírame! ¿Piensas dejarme sola en esto? De todos modos, viniste para ayudarme en lo que necesite, ¿qué más da si tengo que registrarte como parte de mi servicio personal? Da igual, solo es un requisito, nada más—las lágrimas salieron al fin—. Tienes todo pago aquí, todo. Te necesito.
—Me necesitas.
—¡Desde luego! Y esta será una experiencia maravillosa para ti. Ni hemos llegado, ¿cómo es que vas a irte?
Mi próxima transfusión estaba cerca. Mis padres ya tenían el dinero ahorrado, pero como mis gastos aquí estaban pagados, mamá tomó parte de ese dinero para comprarme algo de ropa decente, también me dio dinero para traer aquí por si necesitaba algo o cualquier emergencia. Si regresaba… ya no habría dinero para mi sangre.
De todos modos, tenía que quedarme. No podía ser tan malo, ¿no?
—Me quedo—anuncié. Automáticamente los chicos salieron de la habitación y Viviana me abrazó.
—Gracias, me alegro de que no me dejaras tirada. ¿Qué más da si tengo que registrarte como parte del servicio? Solo es un requisito. Eres mi amiga, Lois. Aquí estarás segura. Ahora vámonos, toma las maletas. No quiero que seamos las últimas en salir. Y esos gemelos son unos entrometidos. ¿Quién se creen para opinar en tu vida?
Y ya habíamos llegado.
—Espera, Viviana.—Me puse de pie, ella tomó su chaqueta de cuero y sus lentes de sol—. Quizás solo sea temporal, el primer mes o el segundo. La verdad es que me ha entrado un poco de miedo, sinceramente. Debiste decirme qué era esto en realidad, porque las cosas cambian mucho, ¿no lo crees?
—No quise mentirte, Lois.
—Pero sabías que de otro modo no aceptaría.
—Y te necesitaba, pero tú también necesitas esto. Corres con todos los gastos pagos y eso ya es mucho. Tus transfusiones cuestan bastante, ¿crees que no merece la pena? Solo quise ayudarte, Lois.
—Y te lo agradezco mucho.—Fui con mi amiga y la abracé—. Aguantaré cuanto pueda.
—Gracias, Lois. Eres la mejor.