Aún no podía recomponer por completo mi actitud, cuando dejé entrar al equipo de estilísticas de la productora; una maquilladora, y un peinador. Dejaron una serie de bultos justo abajo del vestido rojo de lentejuelas de diseñador que yacía colgado del perchero, antes de adentrarse de lleno en la sala. Lo miré con algo de tristeza y resignación antes de ponerme de pie y dirigirme hacia el sofá donde sería retocada y peinada. -Dios mío no puedo creer que éste a punto de maquillar a Ana Fernández- susurró el único hombre presente en la habitación. Pude divisar de reojo como la mujer le propinaba un pequeño codazo en las costillas a la par que reproducía un casi inaudible “shh”. En algún otro momento de mi existencia aquel comentario me habría producido fascinación, pero hoy no, lo único qu

