Lucía había pasado días recolectando el valor necesario para acudir al lugar que tenía anotado en un pequeño pedazo de papel arrugado. Sabía que era su única esperanza. A medida que caminaba por las calles polvorientas, repasaba mentalmente el plan que había trazado, consciente de que todo debía salir bien.
Frente a ella, un cartel descolorido anunciaba un taller mecánico. La pintura estaba desgastada, y las letras apenas eran legibles, pero no había duda, era el lugar. Respiró hondo y empujó la puerta con decisión.
Dentro, el aire olía a aceite quemado y metal. Un hombre mayor, de cabello canoso y manos marcadas por años de trabajo, levantó la vista desde un motor desarmado. Más allá, otro hombre estaba inclinado sobre un automóvil, pero cuando levantó la cabeza, Lucía sintió que su corazón se detenía por un instante. Era Raúl.
Raúl dejó las herramientas y se acercó con el ceño fruncido, pero al verla, su expresión cambió por completo.
—¿Perla? —preguntó, confundido.
Lucía sintió un nudo en la garganta, pero se obligó a responder.
—Mi verdadero nombre es Lucía —dijo con voz temblorosa, sosteniéndole la mirada.
Raúl parpadeó, procesando lo que acababa de escuchar.
—Lucía... ¿Qué haces por acá? —preguntó con genuina curiosidad, aunque también parecía preocupado.
Ella dudó un momento, pero sabía que no podía perder tiempo.
—Tu ofrecimiento de ayuda sigue en pie, ¿verdad? —preguntó con urgencia, sus manos temblando ligeramente.
Raúl no necesitó pensarlo.
—Sí, sí, sigue en pie. Dime qué necesitas.---
Lucía asintió, tragando saliva antes de soltar lo que la atormentaba.
—Necesito que encuentres a Gema. Es urgente, o todas vamos a morir en manos del Diablo. Yo no puedo quedarme aquí... tengo que volver.---
Raúl la observó en silencio por un instante, leyendo la gravedad en sus ojos. Finalmente, asintió.
—La encontraré. Lo prometo.---
Sin más, Lucía salió apresuradamente del taller, consciente de que cada segundo contaba.
El trayecto de regreso al burdel fue un calvario. Lucía sentía que cada sombra la observaba, que cada rostro desconocido podía ser un espía del Diablo. Había tomado un riesgo enorme al salir, pero no había otra opción. Gema era la única que podía ayudarlas a escapar de aquel infierno.
Cuando llegó al burdel, respiró aliviada al cruzar la puerta, pero su alivio duró poco. Desde una esquina oscura, los ojos fríos de Lorenzo, el hombre de confianza del Diablo, la observaban con una mezcla de curiosidad y sospecha.
—Lucía, ¿dónde estabas? —preguntó Lorenzo, acercándose con pasos lentos pero firmes.
Lucía intentó mantener la calma, aunque su corazón latía con fuerza.
—Fui a dar un paseo. Necesitaba despejarme —respondió, fingiendo indiferencia.
Lorenzo ladeó la cabeza, estudiándola.
—¿Un paseo? —repitió, su tono lleno de incredulidad—. Sabes que no puedes salir sin permiso.---
—Lo sé, lo siento. No volverá a pasar.--- respondió Lucía (Perla)
Lorenzo no parecía convencido, pero no insistió.
—Más te vale —dijo finalmente, antes de alejarse con una sonrisa que le heló la sangre a Lucía.
Sabía que no le creía.
Mientras tanto, en el taller, Raúl comenzó a prepararse para su misión. Sabía que encontrar a Gema no sería fácil; ella había desaparecido meses atrás, dejando atrás solo rumores. Algunos decían que había muerto, otros que había logrado escapar.
Raúl, sin embargo, no tenía intención de rendirse. Recordaba los días en que Gema, Lucía y las demás trabajaban en el burdel, bajo el yugo del Diablo. Había prometido ayudarlas a escapar, pero hasta ahora no había tenido la oportunidad de cumplir su promesa.
Ahora, con el pedido de Lucía resonando en su mente, no podía permitirse fallar.
—Necesito un favor —dijo a su compañero del taller, un joven llamado Diego que siempre había estado dispuesto a ayudarlo.
—¿Qué pasa, Raúl?,--- preguntó Diego
—Voy a buscar a alguien. Si algo me sucede, quiero que te encargues de esto —dijo, entregándole una pequeña libreta llena de anotaciones.
Diego lo miró con preocupación.
—Raúl, ¿estás seguro?, ir contra el diablo,--- preguntó Diego
—Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.--- respondió Raúl
De regreso en el burdel, Lucía se encerró en su pequeña habitación, tratando de mantener la calma. Sabía que el tiempo corría en su contra. El Diablo no era un hombre común; tenía ojos y oídos en todas partes, y si descubría lo que planeaba, no tendría piedad.
Esa noche, mientras fingía dormir, escuchó pasos acercándose por el pasillo. Contuvo la respiración cuando alguien se detuvo frente a su puerta. El silencio se prolongó, y luego los pasos continuaron.
Lucía sabía que debía mantenerse alerta. Su vida y la de sus compañeras dependían de ello.
Raúl comenzó su búsqueda en los lugares más obvios, los barrios bajos, los refugios clandestinos, cualquier sitio donde una mujer como Gema pudiera haberse escondido.
Preguntaba con cautela, siempre atento a las reacciones de quienes lo escuchaban. No pasó mucho tiempo antes de que encontrara una pista, alguien la había visto trabajando en un pequeño restaurante en las afueras de la ciudad, solo que se veía diferente.
---¿ como diferente?,--- preguntó Raúl
--- Era una pequeña de unos doce o trece años, la recuerdo bien, tenía una sonrisa encantadora,--- respondió el anciano
Sin perder tiempo, Raúl se dirigió al lugar. Allí, una mujer que limpiaba mesas lo miró con cautela.
--- busco a una chica que trabajaba en este restaurante,su nombre es Gema,--- dice Raúl
—¿Quién eres tú? —preguntó, sosteniendo un cuchillo como si estuviera lista para defenderse.
—Un amigo —respondió Raúl, levantando las manos en señal de paz—. Necesito hablar con ella. Es importante.---
La mujer lo observó por un largo momento antes de hablar.
— No conozco a ninguna chica, con ese nombre, le compre el restaurante a doña Margarita, ella se jubiló y se fue a vivir con su sobrina, pero no se a donde, --- respondió la chica
---¿ puedes ver la foto?,--- preguntó Raúl
La chica mira en la pantalla y ve el rostro de una joven, suspira al reconocerla.
--- No sé llama Gema, su nombre es Tamara, la recuerdo bien, ella vivía en este barrio, desapareció cuando tenía trece años, doña Margarita, la busco pero nunca la pudo encontrar. Sus padres son adictos a las drogas, --- respondió la joven
---¿ viven aun en el vecindario?,--- preguntó
--- si, esos malditos, estoy segura que vendieron a su hija, --- respondió la chica
Raúl la mira su rostro indignado al escuchar lo que dijo la joven, se despide y va en su camioneta donde indicó la chica.
La casa completamente abandonado, Raúl la mira,sale de la camioneta y golpea la puerta.
Un hombre canoso con ojos hundidos le abre la puerta, --- ¿ qué quiere?,---
--- busco a Tamara, --- dice Raúl
El hombre lo mira, --- no conozco a nadie con ese nombre, ---
--- por favor es urgente, --- dice Raúl
Desde adentro se escucha una voz de mujer, ---- maldita sea esa zorra, por su culpa, ya no tengo mi dinero mensual, ---
--- ya cállate,--- grita enojado el hombre, entra a la casa.
Raúl entra atrás del hombre, el olor nauseabundo dentro de la casa dan ganas de vomitar, --- por favor necesito encontrarla,---
--- váyase de mi casa y deje a mi Tamara en paz, yo... yo me arrepiento de haberla traído, tenía que a verla envidiado de regreso con mi madre al pueblo, ya es tarde, mi niña está muerta, --- dice el hombre
---¿ muerta?,--- preguntó Raúl
--- El diablo estuvo acá y nos dijo que la zorra se escapo, vimos en las noticias una chica muerta, estoy segura que era la zorra de mi hija,--- dijo la mujer
Raúl se dio cuenta que los padres confundieron a esa joven muerta con su hija, --- ¿ cuál es el pueblo?,--- preguntó Raúl
--- ese basurero se hace llamar el paraíso,--- respondió la mujer
Raúl salió de la casa apurado, en su mente piensa te encontraré Gema, podré salvar a Lucía, te cambiaré con el diablo.