CAPITULO 13

1027 Words
El paseo terminó con un silencio incómodo. Hana se despidió con una leve inclinación de cabeza, giró sobre sus botas negras y se marchó sin mirar atrás. Travis se quedó quieto un momento, viendo cómo su figura desaparecía entre los edificios del campus. La frase seguía rebotando en su cabeza como eco: —No te confundas, Travis. Esto no es una cita. Tú no me agradas. Apretó la mandíbula y metió las manos en los bolsillos. A pesar del golpe directo al ego, no podía negar que algo dentro de él se removía con más fuerza que nunca. Tal vez era orgullo herido… O tal vez, justo eso lo había enganchado más. Subió las escaleras hasta su dormitorio, abrió la puerta con resignación… Y ahí estaban. Diego, Rafa y Sam, sentados sobre el desmadre habitual: cajas de pizza abiertas, latas de cerveza (clandestinas), controles de consola tirados por todos lados. —¡Eh, el rompecorazones regresó! —gritó Rafa—. A ver, ¿cómo te fue con la diosa del Olimpo? Travis cerró la puerta sin responder. Caminó hasta su cama y se dejó caer boca abajo con un gruñido. —Eso fue rápido —comentó Diego, levantando una ceja—. ¿Te besó o te golpeó? —Me mató —murmuró Travis, la voz ahogada en la almohada. —¿Qué? —Sam se inclinó, intrigado. Travis giró apenas el rostro para hablar: —Me dijo que no le agrado… que esto no era una cita… y que no me confundiera. Un silencio colectivo se apoderó del cuarto. Luego, Diego explotó en una carcajada. —¡Güey, te mandaron al carajo como en cámara lenta! Qué manera tan elegante de dejarte seco. Rafa levantó su lata de cerveza en señal de respeto. —Brindemos por el primer “no” de Travis, el invicto. —Va por ti, soldado caído —dijo Sam. Travis se sentó de golpe, despeinado y con los ojos encendidos. —¿Saben qué? No estoy caído. Estoy calentando. —¿Calentando qué? ¿Tu dignidad? —Calentando motores —replicó Travis con una sonrisa torcida—. Esa chica me odia… y eso, mis estimados, me encanta. Los chicos se miraron entre sí. —Este güey está enfermo —susurró Diego—. Pero vamos a tener entretenimiento de calidad este semestre. El reloj aún no marcaba las ocho cuando Hana Laurent ya estaba en el gimnasio del campus. El sol apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales altos, tiñendo de oro las superficies metálicas. El lugar estaba casi vacío, salvo por un par de atletas que corrían sin alma sobre cintas mecánicas. Hana, en cambio, rebosaba vida. Leggings negros ajustados, top deportivo blanco y una coleta alta que bailaba con cada paso decidido. Sus audífonos inalámbricos la aislaban del mundo mientras la música vibraba en su pecho, marcando el ritmo de su respiración. Se colocó frente al espejo de pesas libres y empezó su rutina. Cero expresiones. Cero distracciones. Una diosa griega tallando su propio templo. Su rostro era una máscara de concentración, pero en su mirada… había algo más. Algo que no se explicaba, ni se decía. Solo se insinuaba. Como una sombra fugaz entre repeticiones. Pasó de las mancuernas al press de banca, luego al salto en caja. Sin pausas. Sin piedad. Como si entrenar fuera su forma de liberar pensamientos que no estaba lista para procesar. En algún momento, una pareja entró riendo al gimnasio. El chico saludó a Hana desde lejos, claramente impresionado por su presencia. Ella no respondió. Ni una sonrisa. Ni una mirada. Solo siguió. Fría. Implacable. Como si el mundo entero le quedara pequeño esa mañana. Nadie sospechaba nada. Porque nadie podía ver que, en su mente, se repetía una frase que ella misma había pronunciado: “Tú no me agradas.” Y por algún motivo… ese pensamiento volvía cada vez que su corazón marcaba ritmo entre series. El balón golpeaba el suelo con fuerza y ritmo. Travis lo controlaba como si formara parte de su cuerpo, sus pasos precisos, su mirada fija en el aro. A pesar de la desvelada y la resaca ligera de la noche anterior, su cuerpo se movía con energía renovada. La cancha al aire libre estaba aún fresca por el rocío de la mañana. El sol apenas se filtraba entre las ramas, proyectando sombras largas sobre el suelo de concreto. —¡Dámela, dámela! —gritó Diego, levantando la mano. Travis se la pasó con un giro veloz, y Diego encestó con un salto elegante. —Eso es, cabrón —exclamó Diego, recuperando el balón—. Aunque, honestamente, pensé que hoy ibas a estar tirado como trapo en tu cama llorando. —¿Yo? ¿Llorar? —Travis sonrió de lado mientras se secaba el sudor con la camiseta—. Ni que fuera tú cuando te dejó Fernanda. —Fue un golpe bajo —admitió Diego entre risas—, pero lo merezco. Rafa se acercó, rebotando el balón suavemente. —Entonces… ¿no piensas decir nada de ella? —¿Quién? —preguntó Travis, fingiendo desinterés. —Ya sabes quién. Fría como el hielo, mirada de muerte, piernas de escándalo… y probablemente con más abdominales que nosotros juntos —dijo Rafa, alzando las cejas. —Ni siquiera dijo su nombre —apuntó Sam desde el otro extremo de la cancha—. Está enfermo. —No hay nada que decir —respondió Travis, tomando el balón y lanzándolo directo al aro. Encestó sin dificultad. —Claro… —dijo Diego—. Por eso la mencionas cada vez que respiras. Travis los ignoró. Pero su sonrisa, esa que se formó sola mientras miraba el cielo unos segundos después, no pasó desapercibida. —Va a ser una historia divertida —dijo Rafa, bajito, lo justo para que Sam lo escuchara. —Él no lo sabe, pero ya cayó —agregó Sam, mientras volvían a correr la siguiente jugada. Y Travis, aunque no lo dijera, jugaba con más intensidad que nunca. Como si alguien lo estuviera mirando desde lejos. Como si quisiera impresionar a una cierta chica que no le agrada.
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