CAPITULO 12

1051 Words
La cafetería universitaria tenía ese murmullo apacible que solo los sábados podían ofrecer. Entre tazas humeantes, laptops abiertas y estudiantes somnolientos, dos figuras resaltaban como el sol entre nubes. Hana Laurent se sentó con la naturalidad de una reina que ya sabía que todos la miraban. Su sudadera oversize caía con gracia sobre sus hombros, dejando al descubierto apenas un collar clavícula que brillaba sutil. El short de mezclilla, las botas skate, la coleta alta con mechones rebeldes… cada detalle parecía accidental, pero nada en ella lo era. Travis, por su parte, mantenía una calma fingida mientras su cerebro gritaba “no la arruines, imbécil”. Su pants oscuro y camiseta blanca lo hacían ver casual, casi despreocupado, pero sus ojos delataban otra cosa. Estaban clavados en ella como si Hana hubiera traído el eclipse al campus. —Entonces… el primer día es exhibición, ¿no? —preguntó Hana, con voz tranquila, mientras hojeaba una carpeta. Él asintió, tomando un sorbo de su café sin dejar de mirarla. —Sí, puro espectáculo. Algo que prenda al público. Que se acuerden de nosotros… o de ti, en ese short. Ella no lo miró, pero sonrió con los labios. Lo tenía medido. —¿Un partido entre capitanes? —¿Básquet o vóley? —Básquet. Para verte perder. Travis soltó una carcajada. Se reclinó hacia adelante, apoyando un codo en la mesa. —Te gusta vivir al límite, Laurent. Pero va… si gano, invito cena. Y tú eliges si me dejas llevar postre. Ella levantó la mirada. Directa. Retadora. —¿Y si gano yo? —Me caso contigo —dijo sin pestañear. La risa de Hana fue como campanillas en una tormenta. Inesperada. Refrescante. Algunas miradas cercanas se giraron hacia ellos, contagiadas por esa química evidente que los rodeaba como una burbuja invisible. Travis sacó su cuaderno, garabateando algo que parecía una cancha mientras hablaba sobre gradas, horarios y uniformes. Hana lo observaba en silencio, preguntándose cómo ese mujeriego empedernido lograba derretir el hielo con una simple sonrisa mal colocada. —¿Eres así de intenso con todo? —preguntó ella de pronto. Él alzó los ojos. Bajó la voz. —No. Solo cuando me importa. La frase flotó entre ellos. Densa. Real. La charla entre Hana y Travis seguía fluyendo como el café en sus tazas: cálida, intensa, a ratos adictiva. Ya habían anotado ideas, tachado otras y compartido más de una carcajada que no tenía absolutamente nada que ver con la Semana del Deporte. La hoja de apuntes parecía más un mapa del tesoro garabateado entre bromas internas y frases con doble sentido. Travis fingía mirar la hoja mientras la observaba de reojo. El mechón rebelde que caía sobre su rostro. La forma en que arrugaba la nariz cuando pensaba. Cómo sus uñas tamborileaban en la mesa mientras escuchaba. Se mordió el interior de la mejilla. Tenía que hacerlo. —Oye… —empezó, rompiendo el silencio con voz más suave de lo habitual. Ella alzó la vista, arqueando una ceja. —¿Qué pasa? —Ya que es sábado, y técnicamente terminamos el “trabajo”… —hizo comillas con los dedos—, ¿quieres ir a dar una vuelta? Por el campus, el parque, lo que sea. Nada formal. Solo caminar. Estirar las piernas. Conversar sin papeles ni presiones. Hana lo miró un segundo más de lo necesario. Podía decir que no. Podía inventar algo. Podía irse. Pero en cambio, sonrió. Levemente. Como si la idea no fuera tan descabellada. —¿Y qué tal si estoy entrenando para decirte que no y no caer tan fácil en tus trampas? Travis alzó ambas manos en señal de rendición. —No hay trampa. Lo juro. Solo un tipo con buena compañía que no quiere que esto termine todavía. Ella se quedó quieta. Luego se levantó, tomando su latte a medio beber. —Solo un paseo. —Solo un paseo —repitió él, ya poniéndose de pie con una sonrisa que decía “gané” pero en modo silencioso. Salieron juntos, con el sol suave de la tarde iluminando sus pasos. Desde una mesa lejana, Diego y Rafa observaban boquiabiertos. —¿Nos va a dejar así? ¿Sin informes, sin grabación, sin chisme? —murmuró Rafa. —Ese cabrón nos cambió por una cita real —dijo Diego, resignado. —Y encima… le dijo que no había trampa. —Mentiroso profesional. Mientras tanto, Travis y Hana caminaban por la vereda del campus, sin rumbo fijo. A veces en silencio, a veces riendo. El mundo seguía girando a su alrededor… Pero para ellos, por un rato, solo existían dos pares de pasos sincronizados y una conversación que prometía no tener final cercano. El sol acariciaba las veredas del campus mientras Hana y Travis caminaban en paralelo. Él, con las manos en los bolsillos, echando miradas de reojo. Ella, sujetando su vaso de latte ya frío, con una expresión neutra… pero sus labios apenas curvados sugerían algo más. Todo parecía fluir. Todo… hasta que Travis, con esa sonrisa de medio lado que solía hacer caer a cualquiera, dejó escapar: —¿Sabes? Esto se siente como una cita. Ella frenó. Él la miró, esperando una respuesta, quizás una sonrisa cómplice. Pero lo que recibió fue una bomba de precisión. —No te confundas, Travis. Esto no es una cita. Su voz era firme, sin titubeos. —Tú no me agradas. Silencio. Puro y absoluto. Un pájaro trinó por ahí, ajeno al desastre emocional que acababa de caer. Travis parpadeó. Una. Dos veces. Luego se rascó la nuca, como si necesitara reiniciar su sistema. —Vaya. Qué manera tan sutil de romperle el corazón a un hombre. Hana entrecerró los ojos, sin perder el paso mientras reanudaba la caminata. —¿Quién dijo que tenías corazón? Travis soltó una carcajada por lo bajo y la siguió, sin borrar la sonrisa. —Te diré algo, Laurent. Eres la primera que me manda a volar con tanta clase… Y sin embargo, aquí estoy, siguiéndote como si me hubiera gustado. —Es que te gusta complicarte la vida. —Y a ti… negarlo todo aunque estés a punto de sonrojarte. Ella no contestó. Pero su paso se aceleró. Y si alguien hubiera prestado atención… habría notado el leve rubor en sus mejillas.
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