El silbato final aún resonaba en el aire cuando Travis alzó los brazos, celebrando el triunfo. El tablero marcaba 87-79, y el gimnasio entero explotaba en vítores. Las luces, el sudor, la adrenalina… todo se sentía eléctrico.
—¡TRAAAVIIIS, UNA FOTO! —gritó una voz femenina.
—¡Fírmame la espalda! —pidió otra, ya con el marcador n***o en la mano y el hombro descubierto.
Travis sonrió como si todo fuera parte del guión. Claro que lo era.
Con la camiseta colgada al hombro y el cabello húmedo, avanzó por la orilla de la cancha, recibiendo palmadas, saludos, y una colección de números telefónicos escritos en servilletas, papelitos y hasta un pase de estudiante.
—¡Ey, bro, MVP otra vez! —le gritó uno de los entrenadores asistentes.
—¿Alguna vez hubo dudas? —respondió con una ceja alzada, mientras chocaba los cinco.
Las gradas se habían convertido en una pequeña zona de euforia controlada. Las chicas del campus lo rodeaban, celulares en mano, listas para la selfie perfecta. Incluso algunas de la universidad rival, que ya deberían estar saliendo rumbo al autobús, se habían quedado solo para verlo más de cerca.
—Mira hacia acá, por favor. ¡Eres lo más sexy que ha pisado esta universidad!
—No, no, espera. Mira acá, una más. ¡Una con duck face!
—Travis, firme aquí... ¡en mi brazo!
Travis, acostumbrado al caos, posaba con la naturalidad de una estrella de cine.
Pero entre autógrafo y autógrafo, no podía evitar lanzar una mirada hacia las gradas.
Hana ya no estaba.
“Claro. Siempre es la primera en irse.”
Se frotó la nuca con una pequeña sonrisa ladeada, y volvió a firmar otro póster donde su rostro salía en primer plano clavando el balón.
—¡FIESTA EN EL DORMI DE LAS CHICAS ESTA NOCHEEEE! —gritó alguien del equipo, agitando una botella vacía de Gatorade como si fuera champaña.
—Ya escucharon, chicas —dijo Travis con su voz grave—. Nos vemos esta noche… y sí, firmaré lo que quieran.
—¿Lo que sea? —le guiñó una rubia del equipo de porristas.
—Depende del trago —respondió él, riéndose mientras la multitud estallaba de nuevo.
Travis hizo un último gesto a las gradas, y comenzó a caminar de regreso a los vestidores, mientras un par de chicas aún lo seguían pidiendo autógrafos en los brazos, las libretas, y hasta en una funda de celular.
Pero él, por dentro, solo pensaba en una cosa:
“Espero que ella vaya a la fiesta…”
Hana Laurent
La reina del hielo dejó atrás la falda plisada y el uniforme deportivo. Esta noche, la diosa bajó del Olimpo... y viene a romper corazones.
Llevaba:
Un mini vestido n***o de satén que se ajustaba perfectamente a sus curvas, con un escote discreto pero letal y tirantes finos.
Taconazos negros de aguja, con tiras que se enredaban sensualmente en sus pantorrillas.
Cabello suelto y ondulado, con algunas mechitas recogidas con pinzas metálicas en forma de estrellas.
Maquillaje sutil pero impactante, con labios rojo vino y delineado felino.
Una chaqueta de cuero sobre los hombros, solo para dejar claro que no estaba allí para ser domada.
Cuando entró al salón decorado con luces de colores, tragos servidos y reggaetón suave de fondo, las conversaciones se detuvieron un instante.
—¿Es una diosa… o un castigo divino? —susurró un chico mientras se atragantaba con su cerveza.
Travis Blake
Mientras tanto, Travis llegó con sus amigos unos minutos después, cargando toda la seguridad y s*x appeal de un modelo de revista que llegó tarde porque estaba ocupado salvando gatitos... shirtless.
Camisa negra abierta hasta la mitad del pecho, mostrando su cadena plateada y parte de su tatuaje en el pectoral izquierdo.
Jeans oscuros entallados, que parecían hechos a medida por los dioses del denim.
Botas negras estilo militar, con el toque rebelde de alguien que sabe que está por encima de las reglas.
Cabello ligeramente desordenado, como si acabara de salir de una sesión de modelaje y aún así se viera mejor que todos.
Una sonrisa torcida, que combinaba con su mirada escaneando la habitación en busca de ella.
Y cuando la vio…
Boom.
El corazón se le paró un segundo.
—No mames —murmuró Diego a su lado—. ¿Tú hiciste eso? Porque si sí, dame el hechizo, wey.
Travis tragó saliva y fingió normalidad.
Pero no había absolutamente nada normal en ver a Hana Laurent vestida para matar… y él sin chaleco antibalas.
La música subía y bajaba como una ola de energía dentro del dormitorio de las chicas, que ahora parecía un antro clandestino con luces LED azules y rosas iluminando las paredes.
Travis acababa de entrar, riéndose de alguna tontería que Diego dijo, una cerveza fría en mano, cuando la vio.
Hana.
Justo del otro lado de la sala, saliendo de la cocina con un vaso en la mano. Su vestido n***o brillaba sutilmente con cada paso, y el movimiento de su cabello era tan hipnótico que hasta el DJ se distrajo un segundo.
Ambos se vieron al mismo tiempo.
Travis dejó de caminar, y Hana frenó un milisegundo antes de volver a avanzar. Sus ojos conectaron, como si el resto de la habitación desapareciera en ese instante.
—¿Lo viste? —susurró una amiga de Hana, mordiéndose el labio.
—Papito está en modo diablo esta noche.
Travis dio un par de pasos más, directo hacia ella. Ella, desafiante, no desvió la mirada.
Se encontraron justo en medio de la sala, rodeados por luces, risas y cuerpos bailando.
—Hey, Laurent —dijo Travis, con su voz baja y esa sonrisa ladeada que usaba cuando estaba a punto de hacer algo estúpidamente encantador—. No sabía que las diosas también bajaban a fiestas de mortales.
Hana lo miró de arriba abajo sin disimulo, su copa en una mano y una ceja perfectamente levantada.
—Vine a ver si los dioses sabían bailar… pero ya veo que solo saben posar para fotos.
Dio un paso al lado de él, su perfume de rosas y poder envolviéndolo por completo.
Travis sonrió.
—¿Eso fue un reto, Laurent?
Ella se giró por encima del hombro, sin dejar de caminar.
—Solo si puedes seguirme el ritmo, Blake.
Y se perdió entre la multitud, dejándolo parado ahí, con una sonrisa estúpida y el ego ardiendo.
—Bro —le dijo Diego acercándose—, me estás dando vergüenza ajena… y eso que tú eres el sexy del grupo.
Travis tomó un trago largo de su cerveza.
—Estoy jodido, ¿verdad?
—Hasta el cuello —respondió Diego—. Pero qué forma tan divina de hundirte.