El beat cambió.
Del reggaetón suave a uno más lento, con bajos marcados y letras insinuantes. El tipo de música que te hace mover las caderas sin darte cuenta.
La pista ya hervía cuando Hana apareció entre la multitud.
Estaba con sus amigas, riendo, moviéndose con naturalidad, mientras todos alrededor fingían que no la estaban viendo... pero lo estaban haciendo.
Cada paso que daba era una declaración de poder.
Una mezcla de elegancia y provocación tan letal como un trago de vodka disfrazado de agua.
Y Travis la estaba mirando.
Desde el otro extremo del cuarto, cerveza en mano, su mandíbula marcada tensándose.
—¿Qué haces, Blake? —le preguntó Diego.
—Voy a bailar con ella.
—¿Y si te manda al carajo?
—Por lo menos lo hago bailando.
Travis caminó hacia ella con la calma de un depredador. La música seguía sonando: lenta, densa, cargada de deseo.
Cuando llegó detrás de Hana, no dijo nada.
Solo se acercó lo suficiente para que ella lo sintiera.
Ella giró apenas el rostro, reconociéndolo.
—¿Vienes a perder, Blake? —le dijo sin dejar de moverse.
—Vengo a sudar.
Sin pedir permiso, se colocó tras ella. Las manos en el aire, el cuerpo en movimiento, sin tocarla... al menos no todavía.
Hana sonrió.
—No estás tan mal. Para alguien que solo usa su cuerpo para lanzar pelotas.
—Tengo talento para otras cosas —susurró cerca de su oído, y ella sintió un escalofrío tan descarado como el ritmo que los envolvía.
Y entonces sucedió.
Ella bajó un poco, marcando la cadera, y Travis la siguió al milímetro. No había contacto, pero la tensión era palpable.
Los amigos de ambos los miraban como si estuvieran presenciando una escena que debería ser privada.
—¿Están bailando… o haciendo un tráiler de película para adultos? —preguntó Diego con la boca abierta.
Las luces estroboscópicas los bañaban.
Las risas alrededor desaparecieron.
Era ella y él.
El hielo y el fuego.
La sensualidad de una guerra sin palabras.
Y justo cuando parecía que Travis iba a apoyarse demasiado cerca, Hana se giró.
Lo miró directamente a los ojos.
—Suficiente por hoy, Blake.
Le guiñó un ojo, le dio la espalda y se fue de nuevo con sus amigas, dejándolo ahí, con el cuerpo caliente y la sonrisa tatuada.
Travis se pasó la lengua por los labios.
—Me va a matar… y yo le voy a ayudar.
La botella giraba sin freno, las risas volaban, y el ambiente ya estaba cargado de chismes, sudor, y tragos mal servidos.
En medio del alboroto, la botella apuntó directo a Travis Blake.
—¡Uuuh! —gritó alguien.
Pero antes de que pudiera elegir, una voz se alzó entre la multitud:
—¡Yo tengo el reto! —dijo Emi, una de las mejores amigas de Hana, con una sonrisa malvada—. A ver si te atreves…
Travis levantó una ceja.
—¿Tú ahora? Venga, sorpréndeme.
Emi tomó una botella de tequila como si fuera un cetro de poder.
—Siete minutos en el paraíso.
Tú y Hana.
En el clóset de los abrigos.
Cerrados.
A oscuras.
BOOM.
El grupo estalló en risas, gritos y suspiros.
—¡No manches, Emi! —dijo otra amiga— ¡Te pasaste!
Hana se quedó quieta, sorprendida por la traición.
—¿Perdón? ¿Qué?
—Reglas del juego, Hana —dijo Emi, arrastrándola de la mano—. Y tú dijiste que no te ibas a rajar. ¡Vamos, vamos!
Travis, por su parte, simplemente se levantó con calma y caminó hacia el clóset como si fuera una pasarela.
Antes de entrar, se giró hacia Hana.
—¿Vienes, princesa?
—Idiota… —murmuró ella, pero caminó con dignidad hacia él.
Las puertas se cerraron.
Se hizo el silencio.
Un cronómetro empezó a correr.
Siete minutos.
Oscuridad.
El silencio lo cubría todo como una manta espesa.
Solo el sonido de la respiración de ambos llenaba el espacio.
Travis se apoyó con la espalda contra la pared y cruzó los brazos, con una sonrisa apenas visible.
—¿Incómoda? —susurró.
—No. Solo... esperando que no digas alguna estupidez.
—Imposible. Tengo siete minutos contigo, ¿y tú quieres silencio? Eso sí es una estupidez.
Hana soltó una risa breve. Casi sin querer.
—No te hagas ilusiones, Blake.
—¿Y si ya me las hice?
Hubo una pausa.
—¿Siempre te crees irresistible? —preguntó ella, más curiosa que molesta.
—No. Solo contigo. Tú me haces sentir así… raro.
Ella arqueó una ceja en la oscuridad.
—¿Raro?
—Sí. Como si tuviera que esforzarme. Como si... no bastara con mi sonrisa de “dios del Olimpo”.
Hana resopló, pero su tono cambió.
—Nunca me había gustado alguien como tú.
Travis parpadeó.
Eso no se lo esperaba.
—¿Como yo?
—Presumido. Egocéntrico. Imán de problemas. —Su voz se volvió un susurro más honesto—. Pero... no sé. A veces siento que no es solo fachada. Que hay algo más detrás de toda esa pose.
Él guardó silencio por un segundo. Luego murmuró:
—Lo hay.
Ella giró el rostro hacia donde creía que estaban sus ojos.
—Entonces, ¿por qué no lo muestras?
—Porque con todos me da igual. Pero contigo... me da miedo cagarla.
Esa confesión fue como una bomba sorda.
En esa pequeña caja sin luz, el aire se volvió demasiado real.
—No estoy tan segura de que seas tan valiente como aparentas, Travis Blake.
—Y yo no estoy tan seguro de que tú seas tan inalcanzable como finges.
Silencio.
Entonces, él dio un paso hacia ella. No la tocó. Solo... la rodeó con su presencia.
—¿Puedo decir algo más? —susurró.
—Depende. ¿Es otra de tus frases de seducción de medio pelo?
—No. Es real.
Ella no respondió, así que él continuó:
—Cuando te vi la primera vez en la cancha, pensé que eras hermosa. Pero cuando vi cómo caminabas por el campus, sin mirar a nadie, como si el mundo entero no mereciera tu atención… quise conocer lo que había detrás de esa armadura.
Y cuanto más lo intento, más me gustas, maldita sea.
Silencio.
Y entonces, en la penumbra, la mano de Hana tocó la de él. Solo un roce.
Pero fue suficiente para incendiar el universo.
—No te confundas —dijo ella, con voz baja—. Yo no me rindo fácil.
—Yo tampoco —respondió él, con una sonrisa.
Se quedaron así. No se besaron. No se abrazaron. Pero se entendieron.
Y cuando las puertas del clóset se abrieron al grito de “¡TIEMPO!”, ninguno salió igual.