CAPITULO 21

1067 Words
La música seguía retumbando, las luces parpadeaban en tonos cálidos, y los estudiantes ya estaban con los cachetes rojos de tanto alcohol y risas. La botella, traicionera como siempre, había señalado a Diego y a Hana. Diego, travieso, con la seguridad del mejor amigo que sabe todos los secretos, se aclaró la garganta, sonrió con toda la intención del mundo y dijo: —¿Verdad o reto, diosa del hielo? Hana, sin parpadear, con su porte de reina inalcanzable, respondió firme: —Reto. —Perfecto. —Se acomodó dramáticamente—. Dale un beso a Travis. Todos soltaron un "¡NO MAMES!" colectivo. —¡Diego, estás loco! —soltó Emi desde la esquina, atragantada de risa. —¡Eso no es un reto, es una bomba nuclear! —gritó alguien más. Travis se incorporó de golpe, como si le acabaran de dar un balonazo emocional en el pecho. —¿Qué demonios haces? —le susurró a Diego, pero su sonrisa nerviosa lo traicionaba. Diego se encogió de hombros como si nada. —Las reglas son reglas, hermano. Además… la botella habló. Todos se giraron hacia Hana. Ella seguía allí. Erguida. Imperturbable. Como si acabaran de pedirle que resolviera una ecuación. Pero entonces, se puso de pie lentamente. Caminó hasta Travis, que también se levantó, y quedaron uno frente al otro. El mundo se detuvo. —¿Tú qué opinas? —le susurró Hana, apenas audible. Su aliento rozó sus labios. —Opino que… no deberías hacerlo si no quieres. —¿Y si sí quiero? —Entonces no te detengas. Y Hana lo besó. No un beso casto. No un roce de compromiso. Fue lento. Profundo. Con una mano en la nuca de Travis y la otra sobre su pecho. Fue un beso de “estoy confundida pero esto es real”. Un beso que gritaba “no sé qué está pasando, pero no quiero parar”. Travis, al principio inmóvil, terminó correspondiendo con una intensidad que encendió el ambiente como gasolina. Cuando se separaron, el cuarto estalló en gritos, silbidos y carcajadas. Diego levantó su cerveza como si hubiera ganado una medalla olímpica. —¡Damas y caballeros, yo solo les digo: lo que se prende con fuego, arde con pasión! Hana, sin decir nada, regresó a su sitio. Travis se quedó ahí, sin palabras, sin aire, y con el corazón bombeando como si acabara de correr diez partidos seguidos. Y desde ese momento… nada volvió a ser igual. La música fue apagándose poco a poco, los últimos estudiantes iban saliendo del dormitorio entre risas, bostezos y tropiezos elegantes por el alcohol. Los globos en el suelo, los vasos medio vacíos, y el eco de los gritos quedaban como testigos de una noche que nadie olvidaría. Hana se despidió de sus amigas con un gesto sutil y elegante, tan ella como siempre. Tomó su chaqueta ligera y se dirigió a la puerta, pero al girar, ahí estaba Travis. Apoyado en la pared como si fuera parte de la decoración, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que le salía natural cuando estaba nervioso. —¿Ya te vas sola a casa a estas horas? —preguntó con tono casual, aunque su mirada recorría cada gesto de ella como si buscara respuestas escondidas. —No sabía que eras mi guardaespaldas ahora —respondió Hana, alzando una ceja. —No lo soy —se encogió de hombros—, pero después de esa bomba de Diego… me pareció decente acompañarte. Ella lo observó unos segundos. No dijo que sí. Tampoco que no. Solo empezó a caminar, y Travis lo tomó como señal para seguirla. Salieron del edificio en silencio. La brisa nocturna jugaba con los mechones sueltos del cabello de Hana, y Travis metió las manos más hondo en sus bolsillos, como si eso pudiera calmar la tormenta interna. —¿Y entonces? —soltó él, rompiendo el silencio mientras caminaban bajo las farolas tenues del campus—. ¿Sigues convencida de que no te gusto? Hana lo miró de reojo, sin detenerse. —Convencida… no sé. Decidida, sí. —Touché. —Travis rió bajo, pero no presionó más. Pasaron un par de edificios, doblaron por la residencia de arte, y finalmente llegaron a un moderno edificio residencial que parecía fuera de lugar para cualquier estudiante normal. —¿Vives aquí? —preguntó Travis, sorprendido al ver el elegante portón. —Sí. —Sacó una llave magnética de su bolso—. ¿Esperabas que viviera en una cueva secreta? —No, pero... esto parece la guarida de una reina exiliada. Aunque supongo que te queda. Ella le lanzó una mirada extraña. Ni sonrisa, ni burla. Una mirada con peso, pero no dijo nada. —Gracias por acompañarme —dijo al llegar a la entrada. El sensor pitó. La puerta se abrió. Travis dio un paso atrás, pero antes de dejarla ir, murmuró: —Fue un buen beso, Laurent. Hana sostuvo su mirada unos segundos. Y entonces respondió, como una bomba envuelta en terciopelo: —Lo sé. Y sin más, entró. La puerta se cerró. Travis se quedó ahí, con el corazón galopando, sonriendo como idiota. —Estoy tan jodido —murmuró, y dio media vuelta para regresar a su dormitorio. Hana estaba recostada en su cama king size, aún con el maquillaje impecable y la chaqueta sobre el sillón. Tenía la playlist de madrugada sonando de fondo y una botella de agua a medio tomar. No podía dormir. No por el alcohol. No por el ruido. Por él. Entonces, su teléfono vibró. Pantalla iluminada. Mensaje de: Travis Blake Travis: ¿Sigues convencida de que no te gusto? Levantó una ceja. Tres puntitos aparecieron… Desaparecieron. Volvieron a aparecer. Desaparecieron otra vez. Y luego: Travis: Porque si lo estás, ese beso te traicionó horrible. Hana se quedó mirando la pantalla con los labios entreabiertos. Ni siquiera intentó esconder la sonrisa que le brotó de forma involuntaria. La diosa inalcanzable… bajando la guardia a la 1 de la mañana. Dejó el celular sobre su vientre. Se cubrió el rostro con un cojín mientras soltaba un suave y frustrado: —Estúpido Travis Blake… Volvió a mirar la pantalla. Escribió una respuesta… y la borró. Volvió a escribir… y la borró otra vez. Finalmente, dejó el teléfono a un lado sin responder. Pero ya estaba jodidamente sonriendo.
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