CAPITULO 22

1178 Words
La brisa había cambiado. Ya no era fresca ni ligera. Era espesa, como si el aire cargara con un presagio oscuro. Travis caminaba con las manos en los bolsillos, el paso relajado, una sonrisa todavía medio dibujada por lo que acababa de vivir con Hana. Estaba tan metido en su burbuja que no notó las sombras que lo rodearon a la altura del viejo gimnasio. —¿Qué tenemos aquí? —dijo una voz áspera. —Míralo, el niñito estrella de la universidad. Travis alzó la mirada justo cuando uno de ellos dio un paso al frente. Cinco tipos. Todos con capuchas. Uno de ellos con un bate, otro con una cadena, y el más pequeño... con una navaja. —¿En serio, güey? —Travis alzó las manos, sin perder el sarcasmo—. ¿Van a saltar a alguien en pantalones deportivos? La respuesta fue una embestida. Travis alcanzó a golpear a uno en la mandíbula, esquivó al del bate, pero no vio venir el filo. El dolor le atravesó el abdomen como fuego. Cayó de rodillas. Gritó. Los tipos huyeron entre risas y pasos rápidos. El mundo comenzó a nublarse mientras el calor de la sangre empapaba su camiseta blanca. Minutos después —Bro, ¿ya llegó Travis? —preguntó Diego, viendo su celular. —Nada —respondió otro—. Le mandé dos mensajes y no los ha leído. Una alarma silenciosa se instaló en el pecho de todos. —No es normal. Él siempre responde. —Diego ya estaba poniéndose la chaqueta—. Hay que buscarlo. Fue en ese momento cuando pensó en ella. Diego: "Hana, no quiero alarmarte, pero Travis no ha llegado al dormitorio. No contesta el teléfono. ¿Tú sabes algo?" El mensaje tardó diez segundos en llegar. Hana ya se había cambiado, pero al leerlo, el pánico le congeló la sangre. No lo pensó. Tomó sus llaves. Salió corriendo. El celular aún temblaba en su mano cuando Hana cruzó las puertas del edificio, sin pensar, sin pestañear. Vestía solo un camisón de seda rosa pálido y una bata corta, abierta por el viento, revelando el contraste perfecto entre su piel y la urgencia. Las chanclas golpeaban el pavimento con un ritmo frenético mientras corría bajo la tenue luz de los faroles del campus. Los ojos le escocían. No por el viento. No por el frío. Por el miedo. —¡Travis! —gritó desesperada al doblar una esquina, y ahí lo vio. Un cuerpo tendido. Un charco de sangre. Su Travis. El mundo pareció detenerse. Su pecho ardía mientras corría hacia él. Cayó de rodillas junto a su cuerpo, ignorando el concreto que raspaba sus piernas desnudas. —¡TRAVIS! ¡Dios, no! ¡No me hagas esto! —gritó, tomándolo entre sus brazos, presionando la herida con manos temblorosas mientras su bata se manchaba de rojo—. ¡Alguien ayúdeme! ¡Por favor! Travis entreabrió los ojos, con la mirada turbia, pero al ver su rostro... sonrió débilmente. —¿Qué… haces con ese… trajecito, princesa…? —¡CÁLLATE, IDIOTA! —le gritó, con lágrimas brotando de sus ojos—. ¡Estás sangrando! ¡Te estás muriendo y tú haciendo bromas! Marcó el número de emergencias con una mano, sosteniéndolo con la otra, y recitó la dirección con una voz quebrada por la angustia. Cuando colgó, volvió a mirar sus ojos. —Ya vienen, ¿me oyes? Solo aguanta... —le susurró con desesperación—. No te mueras, Travis… por favor, no ahora. Los minutos se estiraron como siglos. Hana lo abrazó contra su pecho, acunándolo con fuerza, ignorando el frío, la sangre, el terror. Entonces se escuchó la sirena. Y ella no lo soltó ni cuando llegaron los paramédicos. Los pasillos del hospital eran un laberinto blanco, lleno de luces frías, silencio incómodo y relojes que parecían no moverse. Travis había sido llevado de urgencia a cirugía. —“Por suerte no comprometieron ningún órgano vital, pero la herida es profunda. Necesitamos intervenir ya.” Eso fue lo último que escuchó Hana antes de quedarse sola, con las manos aún manchadas de sangre. Se sentó en la sala de espera. Y esperó. El camisón de seda seguía pegado a su cuerpo, cubierto por una manta que una enfermera, conmovida, le había puesto sin decir nada. La bata apenas cubría sus piernas, y el frío no venía del aire acondicionado… venía del miedo. Su celular estaba lleno de mensajes de sus amigas. De Diego. De los demás chicos. Pero no podía responder. No hasta saber que él estaba bien. Lloró en silencio. No era una de esas escenas dramáticas de telenovela. Era peor. Era real. Un nudo en la garganta que no bajaba, los ojos ardiendo, las manos aún temblorosas. Las horas pasaron. Las luces seguían igual de frías. Finalmente, una enfermera apareció. —¿Familia de Travis Blake? Hana se levantó de golpe. —Soy su… —iba a decir “amiga”, pero no le salió. Solo dijo—: Estoy aquí por él. —La cirugía fue exitosa. Está en recuperación. En unas horas podrá verlo. —¿Puedo… quedarme cerca? La enfermera la miró y asintió con una leve sonrisa. —Hay una sala privada para casos como este. Sígueme. La habitación era pequeña, blanca y silenciosa. Un pitido rítmico marcaba el pulso de Travis. Tenía el torso vendado, conectado a suero y monitorizado. Hana estaba sentada junto a la cama. Se había lavado la cara, pero el rímel corrido aún era visible. No se había cambiado. No quería moverse. Solo lo miraba dormir. —Eres un idiota, Blake… —susurró—. Un idiota increíblemente sexy, popular y testarudo que casi se muere por caminar solo como si fueras invencible. Se inclinó con suavidad, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos. —No te me vayas a morir… ¿ok? Y se quedó ahí. Dormida, en la silla, con la cabeza apoyada en su brazo, agarrándole la mano. Un suave haz de luz se filtraba por la persiana de la habitación del hospital, anunciando la llegada del amanecer. Todo estaba en calma, salvo por el suave pitido del monitor cardíaco. Travis abrió lentamente los ojos. Parpadeó un par de veces, tratando de ubicarse. El olor a desinfectante, el vendaje apretando su abdomen, el brazo entumido por una presencia cálida y ligera… Bajó la mirada y la vio. Hana. Dormida junto a él, en una silla incómoda, con su mano envuelta en la suya. Su rostro descansaba sobre el colchón, el cabello algo revuelto, la respiración pausada. Aún llevaba el camisón de seda bajo la manta del hospital, y las ojeras marcaban las horas que llevaba despierta antes de caer rendida. Travis la observó como si fuera la primera vez. Tan cerca, tan real. Quiso acariciarle el rostro, decirle algo, agradecerle por estar ahí... pero no quiso despertarla. Solo apretó su mano con suavidad y cerró los ojos de nuevo, con una sonrisa pequeña, adolorida pero genuina. Se durmió otra vez, tranquilo.
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