CAPITULO 25

1248 Words
Los días pasaban, y en el hospital ya no sorprendía ver a Hana Laurent entrando por la puerta principal todos los días a la misma hora. Con su mochila colgada de un solo hombro, una bebida en la mano y ese aire de chica imposible de alcanzar, caminaba directamente a la habitación de Travis Blake sin detenerse, como si fuera parte del personal. —Toc, toc —decía cada vez, empujando la puerta. Travis, recostado con el brazo detrás de la cabeza y el otro aún vendado, siempre fingía sorpresa. —¿Tú otra vez? ¿No te cansas de verme tan sexy en bata hospitalaria? —El día que llegues sin ego, te traigo pastel. Ella se sentaba a su lado, sacaba un libro o un poco de tarea, y ahí se quedaba por horas. A veces hablaban, otras solo compartían el silencio. Él fingía leer mientras la espiaba de reojo, fascinado por cada gesto, cada movimiento de sus manos, incluso cuando se quejaba por la tarea de estadística. Una tarde, mientras ella le ayudaba a peinarse porque no podía alzar bien el brazo, Travis murmuró: —Podría acostumbrarme a esto… —¿A qué? —preguntó ella, sin mirarlo. —A ti cuidándome. Hana se detuvo por un segundo, luego le tiró suavemente del cabello. —No te emociones. Solo vine por los puntos extra en psicología. —Mentira —dijo él con una sonrisa torcida—. Viniste por mí. Ella lo ignoró… pero sus mejillas se habían puesto color rosa. Después de varios días en cama, analgésicos, visitas incómodas y otras que le hacían sonreír (cof, Hana, cof), por fin llegó el día. El doctor entró con una carpeta en mano, sonriendo con ese tono de “tengo buenas noticias”. —Bueno, campeón… estás listo para irte. Nada de esfuerzos, ejercicios pesados ni partidos de básquet por unas semanas. ¿Entendido? Travis asintió, aunque por dentro ya se imaginaba haciendo triples desde media cancha. —¿Y puedo… salir caminando por mi cuenta o van a sacarme en silla de ruedas como abuelita? —Silla de ruedas —intervino Hana desde la silla—. Lo siento, reglas del hospital. Además, te queda bien el look de viejito sexy. —¿Sexy? —repitió Travis, alzando una ceja. —Dije “viejito”. Ambos rieron. En cuanto lo sentaron en la silla de ruedas y le pasaron una bolsa con sus cosas, Travis miró a Hana. —¿Vas a empujarme tú o te vas a hacer la importante? —Te empujo, pero si te portas mal te dejo en medio de la avenida —respondió ella, divertida. —Qué miedo, señora Laurent. ¿Siempre amenaza a los inválidos? —Solo a los que me coquetean mientras están dopados. Salieron del hospital entre bromas, empujando lentamente la silla. Travis saludó a las enfermeras con su sonrisa de modelo de catálogo y hasta recibió una notita con número de teléfono… que Hana le quitó con cara de “ni lo intentes”. Ya en la salida, se detuvieron un momento. Travis respiró profundo el aire libre y luego miró a Hana. —Gracias… por venir todos los días. Por… preocuparte. Hana no respondió enseguida. Solo lo miró con esos ojos que siempre parecían leerlo todo. Luego, como quien no quiere la cosa, murmuró: —No lo hice por ti. Lo hice por la silla de ruedas. Me gusta empujar cosas. Y sin darle más tiempo para contestar, siguió empujándolo camino al taxi que los llevaría de vuelta al campus. El taxi se detuvo frente a los dormitorios masculinos del campus. Apenas el vehículo frenó, una horda de alborotadores uniformados con camisetas de básquet se lanzó hacia la puerta, gritando como si estuvieran recibiendo a un héroe nacional. —¡Capitán Blake ha regresado! —¡Sobreviviste, cabrón! —¡¿Dónde están los pandilleros?! ¡Vamos a vengarte! Travis salió despacio, aún algo adolorido, con Hana empujando la silla como si fuera su guardaespaldas personal. —¿No pueden hacer menos escándalo? —gruñó él. —Claro que no, hermano. Estuviste al borde de la muerte. Mínimo una pancarta deberíamos traer —dijo Diego con una sonrisa enorme. Hana le entregó a Diego una bolsa con ropa y medicinas. —Aquí están sus cosas. Cuídenlo, no lo dejen portarse como idiota —dijo con tono seco, aunque su mirada se suavizó al posarse un segundo sobre Travis. —¿Y tú ya te vas? —preguntó él, frunciendo el ceño, decepcionado. —Tengo entrenamiento… y vida, ¿sabes? —respondió ella con una media sonrisa. Él bajó la cabeza por un segundo, pero antes de que pudiera decir algo más, Hana se inclinó hacia él y susurró: —Descansa, Blake. No me hagas arrepentirme de haberme preocupado por ti. Y sin más, se incorporó, se despidió con un movimiento elegante de la mano y dio media vuelta, caminando con esa seguridad que la hacía ver inalcanzable incluso en jeans y sudadera. Los chicos se quedaron en silencio por unos segundos mientras Travis la seguía con la mirada. —Bro… —dijo uno de ellos— ¿me puedo enamorar también o ya estás comprometido? —Cierra la boca —masculló Travis, sin dejar de mirar cómo Hana desaparecía por el camino. —Sí, definitivamente estás jodidamente enamorado —sentenció Diego, ayudándolo a levantarse de la silla. Y así, con una herida en el abdomen pero otra más peligrosa en el corazón, Travis volvió al campus. El rumor corrió por los pasillos como fuego: "¡Travis Blake vuelve hoy a clases!" Para cuando el ascensor del edificio de ciencias se abrió, al menos diez chicas ya estaban estratégicamente ubicadas en los pasillos con sus cuadernos en mano, listas para fingir sorpresa cuando lo vieran pasar. —¡Ahí viene! ¡Ahí viene! —susurró una. Y entonces apareció. Travis Blake, en jeans, camiseta blanca ajustada (porque por supuesto que sí), chaqueta universitaria y una sonrisa de medio lado. Caminaba más lento de lo normal, aún recuperándose del cuchillazo, pero eso no impidió que pareciera estar desfilando por una pasarela de Calvin Klein versión universitaria. —¡TRAVIS! —gritó una fan, lanzándose hacia él. —¡Oh por Dios, creímos que morirías! —¡¿Te duele?! ¡¿Puedes sentarte?! ¿Quieres que te lleve la mochila?! —¿Quién te hirió? ¡Dame su dirección! Él solo se rió y alzó las manos como una estrella de rock saludando a sus groupies. —Tranquilas, chicas. Sigo vivo… por ahora. Entonces apareció Hana, subiendo las escaleras con un café en mano, impecable como siempre, ignorando olímpicamente el alboroto. Llevaba el cabello suelto y ondulado, gafas de sol y una expresión de completa indiferencia. Como si Travis fuera solo un chico más en el campus. Pero Travis sí la vio. Y se giró hacia ella mientras aún lo acosaban sus fans. —¡Hey, Hana! —gritó desde el pasillo, llamando su atención. Ella ni se inmutó. Solo levantó su café y, sin voltear, dijo en voz clara: —Me alegra que no estés muerto, Blake. Y siguió caminando. El silencio fue inmediato. Las chicas se miraron entre sí como si acabaran de presenciar una escena de telenovela. —Dios… esa mujer lo tiene dominado —susurró una. Travis, sin borrar la sonrisa, murmuró para sí mismo: —Y no saben cuánto me gusta eso.
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