El aula de Comunicación y Proyectos estaba medio llena cuando Travis entró. Su andar era un poco más lento, pero aún así no perdió ese aire de tipo peligroso y encantador. Tenía un par de vendas visibles debajo del cuello de su camiseta y una mochila colgada de un solo hombro. Apenas cruzó la puerta, varias chicas suspiraron al unísono.
—¡Míralo! ¡Cómo sufre… y aun así viene a clase! —murmuró una de las fans desde el fondo.
—Es tan valiente… —dijo otra, con una lágrima dramática que claramente no era por Travis, sino por el examen sorpresa del día anterior.
Pero Travis no buscaba miradas. Sus ojos iban directos a Hana Laurent.
Ella ya estaba en su lugar, en la segunda fila junto a la ventana. Tenía su portátil abierto, una libreta con apuntes perfectamente ordenados y un frappuccino a medio terminar. Ni siquiera levantó la vista cuando él se acercó. Como si no acabara de cuidarlo en un hospital por días.
—¿Está ocupado este asiento? —preguntó Travis con voz ronca.
—Depende. ¿Vienes a estudiar o a armar espectáculo?
—Hoy… me porté bien. —Se sentó sin esperar respuesta.
El profesor entró y comenzó a dar indicaciones, pero el verdadero show estaba en esas dos sillas. La tensión era palpable. De reojo, Travis miraba cómo Hana subrayaba sus notas. Ella, por su parte, fingía no notar cuando él se acercaba más de lo necesario para ver la pantalla o cuando dejaba su rodilla rozando apenas la suya.
—¿Ese color para resaltar? —susurró él de pronto, con una sonrisa—. Muy de diosa helada.
—¿Y tú sabes de colores ahora? Pensé que lo tuyo era sangrar en callejones.
Travis soltó una risa. El profesor los miró de reojo, y ambos se enderezaron como si nada pasara.
Durante el descanso, Travis fue por café y volvió con uno extra, dejándolo discretamente sobre la mesa de Hana.
—Sin azúcar. Como a ti te gusta. —dijo sin mirarla.
Ella bajó la mirada al vaso, luego a él… y sin decir palabra, le dio un sorbo.
Eso fue todo. Pero para ellos, fue suficiente.
Travis Blake estaba sentado en las gradas del gimnasio, una botella de agua medio vacía colgando de su mano, mientras observaba al equipo de voleibol entrenar al otro lado del recinto. Sus ojos no dejaban de seguir a Hana Laurent.
Desde hacía unos días, ella se comportaba diferente. Más callada. Más fría. Como si hubiera vuelto a ponerse esa coraza que apenas comenzaba a quitarse. Durante los entrenamientos ni siquiera lo miraba. Y cuando se cruzaban, apenas le dirigía un seco “hola”.
Travis frunció el ceño y se acercó a una de las jugadoras que descansaba junto a la red.
—Ey, Julia, ¿tienes un segundo?
Julia, con la cara sudada y una cinta atada al cabello, le sonrió entre resoplidos.
—¿Qué pasa, Blake? ¿Vienes a espiar la estrategia?
—Nada de eso. —Se cruzó de brazos y miró hacia Hana, que en ese momento remataba con fuerza—. Solo… Hana ha estado algo rara últimamente. Digo, más borde que de costumbre. ¿Le pasa algo?
Julia lo miró un segundo, luego suspiró y tomó un poco de agua antes de responder.
—¿Tú no sabes quién viene, verdad?
—¿Quién viene?
Julia se inclinó hacia él con una sonrisa ladina, como si le estuviera contando un chisme caliente.
—Astrid Novak. Rival máxima de Hana desde la prepa. Altísima, poderosa, una máquina. Odia a Hana con el alma. Y lo peor… jugarán contra ella la próxima semana.
Travis alzó las cejas.
—¿Y por eso está entrenando como si fuera la final olímpica?
—No es por el partido, es por lo que significa. Las dos se odian. Hana no lo dice, pero se está preparando para una guerra.
Travis tragó saliva, observando de nuevo a Hana, que justo en ese momento se quitaba la sudadera dejando ver su top deportivo, con las gotas de sudor bajándole por el cuello. Su expresión era la de una guerrera lista para matar.
—Interesante… —murmuró, y se quedó ahí, sin decir más, con una media sonrisa en el rostro.
El bullicio habitual llenaba el aire, charlas, risas y el tintinear de charolas al chocar. Hana Laurent estaba sentada sola en una mesa al fondo, con su ensalada casi intacta. Tenía la mirada fija en su celular, pero no escribía. Solo pensaba. Calculaba. Visualizaba cómo destruir a su enemiga ancestral con un remate fulminante.
Entonces apareció Travis Blake con su sonrisa de “me lo merezco todo”, cargando su charola con una hamburguesa doble y papas fritas, como si el colesterol le hiciera los mandados.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, sin esperar respuesta mientras ya colocaba su charola frente a ella.
Hana levantó la mirada apenas y volvió a mirar su celular.
—Haz lo que quieras, Blake.
—Eso suena peligrosamente parecido a una invitación.
Ella no contestó. Travis mordió su hamburguesa con estilo, masticó un poco y luego, sin dejar de mirarla, soltó:
—Julia me dijo que estás en “modo super saiyajin nivel Dios”.
—¿Ah sí? ¿Y también te dijo que no quiero hablar?
—No. Pero adiviné por tu cara de ‘te parto la cabeza con una volea’. —Hizo una pausa y apoyó los codos en la mesa—. Solo quiero saber si estás bien. Porque, no sé, extraño a la chica que me dejó encerrado en un armario y casi me mata de un infarto... romántico.
Hana alzó una ceja.
—No estoy para juegos ahora, Travis. Es importante.
—Lo sé. Pero eso no significa que tengas que hacerlo sola. Podría… ayudarte a entrenar. No soy malo atrapando pelotas.
Ella lo miró por primera vez. De verdad lo miró. Y por un segundo, una sonrisa amenazó con aparecer. Pero la enterró rápido.
—Gracias por el ofrecimiento, capitán Blake, pero tus encantos no me sirven para ganar.
—¿Estás segura? Porque tengo estadísticas comprobables de hacer perder el control a rivales peligrosas.
—Tú solo quieres estar cerca cuando mi archienemiga me asesine en la cancha.
—¿Y perderme el drama entre dos reinas guerreras? Ni loco.
Ella negó con la cabeza, divertida en secreto. Travis sonrió satisfecho. Había logrado algo. Poco, pero algo. Le acababa de sacar una micro sonrisa. Y para él, eso ya era un pase a cuartos de final.