CAPITULO 27

988 Words
CAPITULO 27 Día 1 – El “regalo motivacional” Travis apareció fuera de la cancha de entrenamiento de voleibol con una bebida energética en la mano. Llevaba puesta una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos perfectamente tonificados. A propósito, obvio. —Para la jugadora más letal del campus —dijo con su sonrisa matadora mientras le extendía la bebida. Hana ni lo miró. Solo le arrebató la bebida y murmuró: —Gracias. Ahora vete antes de que te use como práctica. Travis levantó las manos como si se rindiera y retrocedió con una sonrisa satisfecha. Éxito parcial. Día 2 – El espionaje “inocente” Travis se infiltró discretamente en la galería del gimnasio durante el entrenamiento de voleibol. Tenía puestas unas gafas oscuras y una gorra que decía “soy invisible”. (Obvio no pasaba desapercibido, tenía encima a medio club de fans). —¿Qué haces aquí? —Julia lo pilló al segundo. —Estudio tácticas. Nunca sabes cuándo el baloncesto y el voleibol podrían fusionarse en un deporte de élite. Julia lo miró como si fuera idiota. Y tal vez lo era… pero un idiota enamorado. Fracaso con risas incluidas. Día 3 – El gesto dulce Le dejó una nota anónima en su casillero. Bueno, anónima entre comillas, porque usó una servilleta del comedor con manchas de kétchup y firmó como “Tu fan #1 del equipo contrario ”. La nota decía: “Si le rompes la nariz a Astrid de un remate, te invito un helado. Si ganas sin violencia… te invito dos.” Ella la encontró, la leyó… y la dobló para guardarla en su mochila. Pequeña victoria. Día 4 – El mensaje de apoyo en el grupo de w******p del evento Travis: “Recuerden todos apoyar al equipo de voleibol este sábado. Y especialmente a su capitana, Hana Laurent, que además de destruir redes también destruye corazones.” Hana dejó el grupo por diez minutos. Éxito con consecuencias. Día 5 – El desayuno "casual" Se apareció en la cafetería a la hora exacta en que Hana siempre desayunaba. Fingió sorpresa. —¡Hana! No sabía que también desayunabas a las 7:38 con avena sin azúcar, café cargado y silencio absoluto. ¡Qué coincidencia! Ella lo fulminó con la mirada y siguió comiendo. Pero no se fue. —¿Sabías que reír antes de un gran partido mejora el rendimiento atlético? —¿Y tú crees que vas a hacerme reír? —No. Solo dije el dato por si alguna de tus amigas sabe chistes. Ella se atragantó un poquito. Tal vez, solo tal vez… había sonreído. La atmósfera en el vestidor estaba impregnada de una mezcla eléctrica entre nervios y determinación. Las chicas del equipo de voleibol universitario estaban sentadas en círculo, todas con el uniforme ajustado, los cabellos trenzados o recogidos, vendajes en las rodillas, y ojos bien abiertos. Hana, en el centro, tenía las manos apoyadas sobre sus muslos y la mirada clavada en el pizarrón donde su entrenadora explicaba la táctica. —Chicas, ya conocen su fortaleza. Su bloqueo es agresivo, su capitana es una muralla. Pero tenemos velocidad, tenemos sincronía, y tenemos a la jodida Hana Laurent. —La entrenadora golpeó el pizarrón con el marcador y todas asintieron al unísono. Julia, la líbero, tragó saliva. —¿Y si Astrid vuelve a usar esa jugada doble salto que vimos en el torneo regional? —Entonces le rompo la nariz —soltó Camila, haciendo reír a todas, incluso a Hana, que se cubrió la boca con una mano. —Concéntrense —dijo Hana, levantándose. Se puso de pie con esa elegancia letal que hacía que cualquiera se callara. Miró a cada una de sus compañeras. —Este partido no es solo sobre nosotras contra ellas. Es sobre no dejarnos aplastar por alguien que lleva años creyéndose mejor. Es sobre cada entrenamiento bajo la lluvia, cada ampolla, cada rodillera rota. Hoy no vamos a jugar bonito. Vamos a jugar para ganar. ¿Entendido? —¡ENTENDIDO! —respondieron todas, alzando las manos. Justo entonces, una asistente entró con la lista de jugadoras titulares. Hana respiró hondo, ajustó las mangas de su uniforme, y se acercó al espejo. Se miró fijamente, alisó su cabello sujeto en una coleta alta y se susurró: —Vamos a aplastar a esa amazona con estilo. ******** El silencio en el vestidor era total… hasta que se escucharon los pasos firmes de Astrid Novak entrando con su uniforme rojo y n***o, el cabello recogido en una trenza alta que caía como látigo por su espalda, y ese cuerpo que parecía esculpido por los dioses del gimnasio. Tenía los brazos cruzados, los músculos marcados, los muslos tan firmes que se notaban incluso bajo las licras. Su presencia imponía. Una a una, sus compañeras se enderezaron al verla. —¿Ya están listas para dejar huella en esta cancha o quieren seguir tomándose selfies? —lanzó con una sonrisa ladeada y arrogante. —Vamos con todo, capitana —dijo una de sus compañeras, mientras ajustaba su rodillera. Astrid se sentó en el banco frente al espejo, se puso su cinta roja en la frente y se miró con esa seguridad casi insoportable. —Hoy le voy a demostrar a esa princesita de Laurent quién manda aquí. —Flexionó su cuello, hizo tronar los nudillos y sonrió como una depredadora—. Que sepa que por más faldas caras que use, no podrá con mi juego. —¿Todavía te molesta lo que pasó en prepa? —preguntó su asistente, curiosa. —No me molesta. Me da gusto. Me da gusto que esté aquí... así puede volver a perder contra mí con público nuevo. Todas rieron. Una de ellas puso música electrónica a volumen bajo. Astrid se levantó, estiró los brazos marcando todos sus músculos y golpeó su propio pecho como si estuviera calentando para un combate. —Vamos, chicas. Vamos a arrasar.
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