Las luces iluminaban la duela con intensidad. Los reflectores giraban y la música de fondo le daba al ambiente una vibra casi de batalla épica. Las gradas estaban repletas. Carteles, porras, gritos y celulares grabando cada instante.
—¡Damas y caballeros, prepárense para este encuentro de alto voltaje! —rugía el presentador por el micrófono—.
Las puertas laterales se abrieron y el equipo visitante hizo su entrada triunfal.
Las jugadoras de Vértika comenzaron a caminar una por una al centro de la cancha.
Y entonces…
—¿Qué…? —murmuró Marcus desde las gradas—. ¿Nos inscribimos sin querer a los Juegos Olímpicos?
—No… —susurró Diego con ojos como platos—. Entramos al live-action de Las Amazonas Atacan.
Altas. Musculosas. Feroces. Cada jugadora parecía esculpida en piedra. Piernas de acero, brazos que harían temblar a cualquier barra de gimnasio y miradas de "te voy a aplastar". Al frente, Astrid Novak, la capitana, caminaba como si la cancha fuera su reino. Su cabello rubio trenzado, espalda ancha, brazos marcados… intimidante desde cualquier ángulo.
—¿Estás seguro de que esto no es lucha libre? —bromeó Evan tragando saliva.
Apenas terminó de entrar el equipo rival, las luces se atenuaron otra vez y se encendieron en el túnel opuesto.
—¡Y ahora… con ustedes… el equipo de la Universidad de casa!
Una ola de gritos estalló. Las porristas brincaban, los clubes de fans levantaban pancartas, y Travis, desde las gradas, se levantó sin darse cuenta.
Entonces apareció ella.
Hana Laurent. La capitana.
Delgada, elegante, con un cuerpo tonificado y perfecto, como una estatua griega con alma de fuego. Su uniforme blanco y azul le quedaba impecable. Cabello recogido en una coleta alta, expresión decidida, mirada fija.
A su alrededor, su equipo. Todas con un aire confiado, aunque más pequeñas en tamaño comparadas con las amazonas del otro lado de la cancha.
La diferencia era brutal. Donde una era músculo, la otra era agilidad. Donde una era fuerza bruta, la otra era gracia y precisión.
—Son más pequeñas… —dijo uno de los chicos de la grada.
—Pero tienen a Hana —respondió Travis sin pensarlo—. Y ella es suficiente para que tiemble cualquiera.
En el centro de la cancha, Astrid y Hana se enfrentaron con la mirada. Una guerra sin palabras. Dos mundos distintos. Dos reinas que no pensaban ceder.
Y el partido aún no comenzaba.
—¡Servicio para Vértika! —anunció el árbitro, y el silbato sonó con fuerza.
Del otro lado de la red, una de las amazonas tomó el balón como si fuera una pelota de goma. Su brazo musculoso se tensó, su mirada se volvió asesina… y entonces ¡boom! lanzó un saque tan potente que el balón silbó en el aire.
—¡Madre santa! —soltó Diego desde las gradas.
El balón pasó rozando la red y aterrizó justo en la esquina de la cancha local con una fuerza capaz de romper muñecas. Las chicas apenas lograron moverse.
Punto para Vértika.
—Eso fue un misil, no un saque —murmuró Travis con el ceño fruncido.
Siguió el segundo saque. Otro cañonazo. Esta vez, una de las jugadoras locales logró tocarlo con las yemas de los dedos, desviando apenas su trayectoria, pero el punto cayó de nuevo para las rivales.
Y otro.
Y otro.
El marcador se puso 5 - 0 en cuestión de segundos.
Las gradas estaban en shock. Algunas porristas dejaron de moverse por un instante. Era como ver una avalancha venir directo a ti.
La entrenadora pidió tiempo muerto.
Las chicas se reunieron. Sudaban, jadeaban, y varias tenían los brazos enrojecidos de los impactos.
—Chicas, concéntrense —dijo la entrenadora con firmeza—. No podemos detener esos saques, pero sí podemos responder con estrategia. Ellas son fuerza bruta. Ustedes son inteligencia y corazón. Y tú, Hana… —la miró con seriedad—. Tú eres nuestra lanza.
Hana asintió. Respiró hondo. Se ajustó la rodillera y su coleta. La diosa estaba por despertar.
—Vamos a darles batalla —dijo con voz baja, pero firme.
Cuando volvieron a la cancha, la vibra había cambiado. Las amazonas aún reían con superioridad, pero algo en la mirada de Hana había mutado.
Y en el siguiente saque… algo cambió.
El árbitro silbó de nuevo. El siguiente saque vino con la misma potencia de antes, pero esta vez Hana dio un paso al frente, agachó el cuerpo con una gracia felina y recibió el balón con una técnica impecable.
—¡Sí, maldita sea! —gritó Julia, emocionada.
El balón voló con precisión hacia la colocadora, quien lo elevó con maestría al centro.
—¡Ahora, Hana!
Hana corrió, se impulsó con fuerza, y en el aire, el tiempo pareció detenerse. Su silueta se alzó con elegancia y precisión, el cuerpo perfectamente alineado, la mirada enfocada… y entonces ¡smash!
El balón se estrelló contra la cancha rival con un golpe seco y directo.
—¡Punto! —gritó el juez de línea, mientras el público estallaba.
Los gritos del club de fans y los amigos de Travis retumbaron en las gradas. Travis se levantó con los ojos abiertos como platos.
—¡Lo hizo! Esa mujer… no es humana, es un milagro.
Aquel fue el punto de inflexión.
Aunque las amazonas seguían dominando con fuerza bruta, el equipo local comenzó a jugar con estrategia. Recepciones limpias, ataques bien colocados, fintas, rotaciones que confundían al rival… y cada vez más puntos caían del lado del equipo local.
El marcador empezó a cambiar lentamente.
14 – 6
16 – 9
18 – 12
20 – 17
El equipo rival comenzó a mostrar frustración. Astrid bufó tras perder un punto por una finta de Julia. Se giró molesta y lanzó una mirada asesina a su equipo.
—¡Concéntrense! ¡No podemos perder contra un grupo de muñequitas! —gritó, dejando salir la soberbia.
El marcador seguía corriendo, la tensión podía cortarse con un cuchillo.
23 – 23.
Todo el público contenía la respiración. Las jugadoras de casa estaban sudando, jadeando, pero con el fuego encendido en la mirada. Hana se arrodilló un momento, ajustando sus rodilleras, mientras Astrid, al otro lado de la red, la observaba con una sonrisa de superioridad.
—Vas bien, Laurent… pero no lo suficiente —murmuró la amazona, dándose una palmada en los muslos y girándose hacia su equipo.
La pelota se lanzó al aire. La número 10 del equipo rival sirvió con potencia, y aunque la recepción fue buena, el remate de Julia fue bloqueado por una de las torres del equipo contrario.
24 – 23.
—¡Punto de set! —gritó el juez.
Travis apretó los puños en las gradas.
—Vamos… vamos…
Hana respiró hondo, alineó a su equipo con una seña, y el siguiente saque vino aún más veloz. Esta vez, la recepción fue perfecta, y en una jugada milimétrica, Hana saltó por el costado izquierdo, ejecutando un remate cruzado.
¡BOOM! Punto.
24 – 24.
Las gradas temblaron. Incluso los fans rivales comenzaron a aplaudir.
Pero el siguiente saque… fue un error. La más joven del equipo de Hana, nerviosa, lo mandó fuera por un par de centímetros.
25 – 24.
—¡Concentradas! —gritó Hana con firmeza, pero Astrid ya estaba sonriendo del otro lado de la red.
El último punto fue una jugada intensa. Tres defensas seguidas, una bola salvada en el fondo por Julia, y finalmente un remate… bloqueado por Astrid, quien rugió como una bestia al caer al piso.
26 – 24. Primer set para las Amazonas.
El equipo local se reunió en círculo, sudadas, cansadas, pero con la cabeza en alto. Hana levantó el puño, miró a sus compañeras y declaró con voz firme:
—No hemos perdido nada todavía. Acabamos de calentar.