CAPITULO 29

965 Words
Intermedio del primer set. El equipo local se dirigió al banquillo. Algunas chicas se colocaban hielo en las muñecas. Otras, simplemente cerraban los ojos, intentando no quebrarse. Hana se quitó la banda elástica del cabello y lo agitó para tomar aire. Tenía el brazo rojo del último bloqueo. Julia masajeaba su hombro. —No están jugando limpio —murmuró una compañera. —No es ilegal ser una mole con brazos de acero, Lili —bromeó Julia con una sonrisa forzada. En ese momento, un grupo de voces masculinas se escuchó acercándose. —¿Y nuestras guerreras cómo van? Hana giró el rostro. Travis Blake estaba ahí, con una botella de agua en una mano y una mirada tan intensa que quemaba. Llevaba su sudadera con el logo de la universidad y el cabello revuelto como si acabara de bajar corriendo de las gradas. —¿Vienes a burlarte? —soltó Hana, levantando una ceja mientras tomaba el agua. —No. Vengo a recordarte que eres una diosa del Olimpo… Y que esas amazonas feas no tienen tu clase, ni tu cara, ni tu trasero. Digo, técnica. Tu técnica. —Bravo, poeta —dijo Julia, tomando la botella que le ofrecía Diego—. ¿Dónde estudiaste seducción, en YouTube? —Se veían fuertes —comentó otro del grupo de chicos—, pero ustedes estaban jugando con el corazón. Y eso nadie lo entrena. Travis se agachó junto a Hana, sin invadir su espacio. Le extendió un pequeño paquete de gel frío. —Póntelo. No seas terca. Te conozco y sé que ya estás planeando jugar el siguiente set aunque te duela hasta el alma. Hana dudó un segundo, pero luego aceptó, colocándose el gel sobre la muñeca con una mueca. Travis la observaba como si fuera la única persona en el mundo. —¿Y tú qué? —preguntó ella sin mirarlo— ¿Vas a seguir mirándome así o vas a animar desde las gradas como un buen fan? —Voy a gritar tan fuerte que se te va a olvidar el dolor —respondió él con una sonrisa ladeada—. No me voy de este lugar sin ver cómo le rompes la cara a esa… Astrid. —Tú sí que sabes motivar —murmuró Hana, pero sus labios ya mostraban una pequeña sonrisa de lado. Los chicos se despidieron dándoles ánimos a todas. Cuando Travis se alejó, Julia murmuró: —Ese hombre está perdido por ti. —Shhh —fue todo lo que dijo Hana, pero sus mejillas se habían teñido levemente de rojo. Inicio del segundo set. Las chicas del equipo local regresaron a la cancha con vendas improvisadas en las muñecas, las caras sudadas y el fuego encendido en los ojos. Hana fue la última en entrar, caminando como una maldita emperatriz griega lista para conquistar. Y entonces… comenzaron los gritos. —¡VAMOS, DIOSAS! ¡USTEDES PUEDEN! —¡QUE SE CAIGA LA TORRE ASTRID! —¡HANA, REINA DE LA RED! —¡ESA CAPITANA ME PATEÓ EL CORAZÓN! Travis y sus amigos estaban de pie en las gradas, agitando pancartas improvisadas, golpeando botes de plástico y haciendo sonar una bocina que alguien, ilegalmente, había metido al recinto. La energía se contagió. Los estudiantes que antes solo aplaudían ahora gritaban con fuerza. Se unieron todos, incluso algunos profesores que sonreían desde la parte alta del gimnasio. Astrid y su equipo fruncieron el ceño, claramente molestas por la repentina explosión de apoyo. Pero Hana... Hana sonrió. Pequeña, apenas curvando los labios. Esa sonrisa que Travis ya empezaba a reconocer como “prepárense”. El partido comenzó. El saque fue rápido, pero esta vez Hana estaba lista. Se lanzó, recibió la pelota con elegancia, y la jugada continuó con precisión quirúrgica. Julia saltó y bloqueó el remate. ¡Punto para el equipo local! El gimnasio explotó. —¡ESO, JODERRRR! —gritó Diego, casi rompiéndose la garganta. —¡ESA ES MI CAPITANA! —chilló otro mientras agitaba su suéter en el aire. Travis se llevó las manos a la boca y gritó como si su vida dependiera de ello: —¡DALE DURO, HANA! ¡DEMUESTRA QUIÉN ES LA REINA! Ella lo escuchó. Por supuesto que lo escuchó. Y sin mirar directamente, alzó un pulgar con confianza. Las amazonas intentaron retomar el ritmo, pero algo había cambiado. La presión, el ruido, la intensidad. El equipo local se creció como un incendio. Cada punto era una guerra. Cada jugada, un rugido desde las gradas. Y Travis, parado sobre el respaldo de una banca, gritaba como si estuviera animando a los mismísimos Juegos Olímpicos: —¡ESAS SON MIS CHICAS! ¡ESO, EQUIPO! Set decisivo, marcador apretado. El sudor ya empapaba las frentes, los gritos del público eran ensordecedores, las amazonas estaban perdiendo el control... y Astrid más. —¡Ya basta de tonterías! —bufó Astrid entre dientes, rechinando los dientes como fiera enjaulada. La tensión era tan densa que se podía cortar con cuchillo. Las jugadas seguían con furia, el balón iba y venía como un rayo, hasta que ocurrió. Una bola perfecta se alzó para Astrid. —¡Esta es mía! —rugió, dando un salto impresionante, con los músculos de sus brazos marcándose como cables de acero. Y entonces... ¡BAM! El remate salió como un misil directo, no hacia el área vacía… sino directo al rostro de Hana. La bola impactó con un sonido seco, el gimnasio enmudeció. —¡HANA! —gritaron varias voces al mismo tiempo. Ella cayó al suelo como una muñeca de trapo, llevándose las manos a la cara. La sangre comenzó a brotar por su nariz, manchando su uniforme y la duela mientras su cuerpo permanecía inmóvil. El silbato sonó con fuerza: —¡FALTA INTENCIONAL! ¡JUGADA PELIGROSA!
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