Travis se levantó de inmediato, sin pensar ni un segundo. Bajó de la grada de un salto, corriendo entre la multitud.
—¡Quítate, quítate! —empujó a uno de los árbitros.
Se arrodilló junto a Hana, quien seguía con los ojos cerrados y las manos cubriendo su rostro.
—Hana... ¡Hey! Mírame, por favor... —dijo con voz temblorosa, tomándole la mano—. Estoy aquí, oye… todo va a estar bien, ¿sí?
Ella gimió un poco, moviendo la cabeza. Al abrir los ojos, los suyos se encontraron con los de Travis.
—Te tengo... —susurró él, acariciando su cabello mientras la ambulancia universitaria llegaba corriendo—. Te prometo que todo estará bien, princesa.
Las chicas del equipo rodeaban la escena, algunas llorando, otras llenas de rabia. Julia gritó:
—¡¡ESTO ES UNA MALDITA GUERRA!!
Astrid, del otro lado de la cancha, no decía nada. Solo bajó la mirada, sabiendo que la había cagado feo.
El entrenador rival bajó la cabeza. El silbato volvió a sonar:
—¡Expulsada! —dijo el árbitro señalando a Astrid.
El público comenzó a abuchearla mientras ella salía escoltada, sin dignidad ni gloria. El gimnasio hervía.
Y Travis, sin moverse del lado de Hana, dejó escapar un susurro:
—Nadie… nadie le pone una mano encima a la chica que me importa.
Ella gruñó algo, aún con las manos sobre el rostro. La sangre se deslizaba por su labio y su mentón. Travis le apartó con cuidado un mechón de cabello húmedo por el sudor.
—Dios… —murmuró, viéndola herida y tan valiente al mismo tiempo—. Estás sangrando, pero sigues hermosa, maldita sea.
Ella rió por lo bajo, aunque le dolía hacerlo.
—No seas imbécil… me duele hasta el alma.
Uno de los paramédicos intentó intervenir de nuevo.
—Debemos sacarla de la cancha, puede que tenga una fractura nasal…
Pero entonces, ella se incorporó.
—No me voy —dijo, con la nariz chueca, los labios partidos y los ojos encendidos de rabia.
Travis la tomó de los hombros.
—Hana, escucha, ya diste todo. No tienes que…
—Sí tengo —lo interrumpió con la voz ronca—. Tengo que terminar esto. Por mí. Por las chicas.
Volteó a ver a su equipo—. ¡A formar!
Las gradas estallaron en aplausos.
Travis no dijo más. Solo la miró, con una mezcla de orgullo, terror y una chispa de enamoramiento imposible de disimular. Cuando ella dio un paso adelante, él le sujetó la muñeca vendada, le dio un beso rápido en la frente y le susurró:
—Termina lo que empezaste, diosa.
Ella asintió. Caminó sola hasta la duela, sangre aún en el rostro, el corazón latiendo como un tambor de guerra. El equipo contrario la miraba con desconcierto, y Astrid con una mezcla de frustración y sorpresa.
Comenzó el último set.
Las chicas, inspiradas por el acto de su capitana, jugaron como nunca. El público, liderado por Travis y sus amigos, rugía a cada punto.
Y en el momento final, con el marcador empatado, el balón volando y todas las miradas en ella… Hana saltó.
A pesar de las heridas. A pesar del dolor.
Remató.
Y el balón cayó. Dentro.
Punto.
Victoria.
Travis corrió a abrazarla sin dudarlo.
—¡Eso fue lo más épico que he visto en mi puta vida! —gritó mientras la levantaba del suelo.
Hana, jadeando, ensangrentada y sonriente, solo dijo:
—Te lo dije, Blake. Esta era mi cancha.
Hana, aún con sangre en el rostro y la respiración entrecortada, se giró hacia su equipo que la abrazaba entre lágrimas, sudor y risas. La ovación era ensordecedora, y Travis corrió a su encuentro, cruzando la duela como si el mundo entero dependiera de ello.
—¡Diosa! ¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste! —la abrazó con fuerza, sin importarle el sudor o la sangre. La levantó ligeramente del suelo y la giró un poco, embriagado por la adrenalina.
Pero entonces…
El cuerpo de Hana se relajó de golpe en sus brazos.
—¿Hana? —la bajó despacio, notando cómo sus rodillas flaqueaban—. Hana, ¿qué pasa?
Sus ojos parpadearon un par de veces. Una lágrima resbaló por su mejilla. Y luego, sin más… se desmayó.
—¡HANA! —gritó Travis, sosteniéndola firme, abrazándola con fuerza mientras su cuerpo caía como una muñeca rota entre sus brazos—. ¡Hana, no! ¡HEY!
El entrenador, los paramédicos, sus amigas, todos corrieron al centro de la cancha. El murmullo del público se transformó en silencio, preocupación, tensión.
—¡Ella se desmayó! ¡Está muy caliente! ¡Revisen su pulso, carajo! —gritaba Travis con desesperación mientras le apartaba el cabello de la cara y la sostenía como si fuera de cristal.
Uno de los médicos puso sus dedos en el cuello de Hana.
—Pulso débil. Está deshidratada, posiblemente en shock por el golpe… hay que llevarla al hospital ahora.
—¡No se la llevan sin mí! —dijo Travis con los ojos enrojecidos, negándose a soltarla.
—Súbete a la ambulancia entonces, rápido.
Travis asintió y la cargó en brazos, con un cuidado que desarmó a todos los presentes. La escena era potente: Hana, aún con su uniforme de jugadora, luciendo como una guerrera caída, desmayada con el rostro manchado de sangre y la cabeza contra el pecho de Travis, quien caminaba decidido, con la mandíbula apretada y el corazón latiendo como loco.
La reina había caído… pero su rey estaba ahí para sostenerla.
SIRENAS. LUCES ROJAS Y AZULES. UNA CARRERA CONTRA EL TIEMPO.
Dentro de la ambulancia, el ambiente era mucho más frío que afuera. El paramédico iba ajustando el suero mientras tomaba constantes signos. Hana seguía inconsciente, tendida en la camilla, con una mascarilla de oxígeno en el rostro y vendas improvisadas en la nariz para frenar la hemorragia.
Travis Blake iba sentado junto a ella, sujetándole la mano.
Sus dedos largos y callosos rodeaban los de Hana como si al soltarla fuera a desvanecerse. Tenía la mirada fija en ella, los labios apretados, los ojos vidriosos. No era el mismo chico que jugaba de estrella, ni el mujeriego, ni el bromista del dormitorio.
Era solo un chico aterrado por perder a una chica que no debería importarle tanto… pero que lo era todo.
—Vamos, Hana… —susurró, rozando el dorso de su mano con los labios—. Eres una fiera, una maldita diosa de hielo, no puedes irte así, ¿me oyes?
Ella no respondió. Solo el pitido del monitor cardíaco contestaba, marcando su pulso débil pero constante.
—No me hiciste caso cuando te dije que descansaras, ¿verdad? Terca hasta el final… —Travis soltó una risa amarga, tragando saliva con dificultad—. Esto no era una cita, ¿recuerdas? Pero tú fuiste la que me hizo sentir que sí… Y ahora mírate.
El paramédico volteó un segundo.
—¿Es tu novia?
Travis lo pensó un instante. Miró a Hana, tan indefensa y fuerte al mismo tiempo.
—No lo sé… —dijo bajito— pero quiero que lo sea.
Volvió a tomarle la mano con fuerza.
—Solo despierta, ¿sí? Aunque sea para decirme que te caigo mal. Para empujarme otra vez. Solo… despierta.
La ambulancia dio una curva y las luces del hospital comenzaron a vislumbrarse por la ventanilla.
—Vamos, Hana —murmuró Travis con la voz quebrada—. Por favor… no me rompas, princesa.
Y sin soltarla, sin dejar de hablarle bajito, esperó. Porque a veces, eso es lo que hacen los que sienten de verdad: esperan aunque no haya garantías.