CAPITULO 32

1156 Words
INTERIOR – PENTHOUSE DE HANA – TARDE. Travis dejó la botella de agua vacía sobre la barra y se estiró, curioso. Caminó por el penthouse como un niño explorando un castillo encantado. Las estanterías minimalistas, las luces tenues, la alfombra mullida bajo sus tenis… todo olía a Hana: a rosas, a lujo, a caos perfectamente calculado. Pasó por un pasillo decorado con cuadros abstractos y una repisa con trofeos de voleibol. Una medalla colgaba torcida, así que se acercó para acomodarla… cuando lo notó. La puerta entreabierta de una habitación. La de Hana. Podía irse. Podía no mirar. Pero claro… era Travis Blake. Asomó la cabeza con cautela. Y ahí estaba. Oh. Dios. Hana estaba de espaldas, frente a un espejo de cuerpo completo. Su piel clara contrastaba con el conjunto de lencería negra que apenas cubría lo justo. El encaje dibujaba líneas provocativas en sus caderas y espalda, y su cabello húmedo caía como una cascada desordenada por sus hombros. Estaba poniéndose su blusa, pero se detuvo un segundo para aplicarse crema en los muslos. Travis tragó saliva. El demonio y los ángeles en su cabeza empezaron a pelearse a gritos. —Santa madre del karma... Se quedó ahí petrificado, sin moverse ni respirar, con las pupilas dilatadas y el corazón golpeando como si acabara de jugar tres partidos seguidos. De pronto, como si el universo conspirara en su contra, Hana giró hacia el espejo y sus ojos se cruzaron con los de él reflejados. Un segundo. Dos. —¡¿QUÉ DEMONIOS, TRAVIS?! —gritó ella, cubriéndose el pecho con la blusa mientras corría a cerrar la puerta de golpe. —¡NO VI NADA! —mintió descaradamente mientras retrocedía tambaleándose, llevándose una mano al corazón—. ¡O sea sí, pero no fue con intención, lo juro! ¡La puerta estaba abierta! ¡¡Te juro que fue el destino!! La puerta se cerró de golpe. Silencio. Y entonces… —¡VAS A NECESITAR UN HELADO EN LA ENTREPIERNA CUANDO SALGA, BLAKE! Travis se dejó caer en el sofá con los ojos como platos, jadeando. —Estoy jodido… jodido y bendecido. Dios bendiga los espejos de cuerpo completo. Se inclinó hacia la mesa y agarró el control remoto. —Creo que necesito ver dibujos animados o prender la ducha fría. Noche – Universidad Internacional, dormitorios varoniles La luna estaba alta, asomándose entre las cortinas semiabiertas del cuarto de Travis. Él estaba acostado boca arriba en su cama, una mano en la nuca, la otra sosteniendo el celular sobre el pecho, donde no dejaba de ver la última conversación con Hana. Sin respuesta. Sin reacciones. Sin nada. —¿Tanto te afectó verla en ropa interior o que te corriera de su casa? —preguntó Diego desde su cama del otro lado de la habitación, con la boca llena de papas y viendo algo en su laptop. —Ambas. Pero más lo primero… —Travis murmuró, todavía viendo al techo como si en cualquier momento fuera a escribirse ahí el futuro con ella. Diego se rió. —Estás enfermo, hermano. —¿La viste? —preguntó Travis como si estuviera hablando de una aparición celestial—. ¿Viste ese cuerpo? Es una maldita tortura vivir con esa imagen en la cabeza y no poder tocar. Diego se carcajeó. —¿Y tú que eres, un monje en entrenamiento? Si ya andabas con media universidad antes, ¿por qué justo con Hana te pones todo… sensible? Travis giró la cabeza, mirándolo con seriedad. —Porque con ella no es igual. Con Hana… siento que estoy a una sola palabra equivocada de perderla para siempre. Y aún así no puedo dejar de empujar mis límites. Diego chasqueó la lengua. —Dios mío, esto ya parece un drama turco. —Es que lo es, idiota —Travis resopló, luego se tapó la cara con la almohada—. Estoy jodido. Mientras tanto... en el penthouse de Hana Ella estaba en su cuarto, sentada en el borde de su cama con una taza de té ya frío entre las manos. Llevaba una camiseta enorme y nada más. El cabello suelto, aún un poco húmedo. Su celular vibraba sobre la mesita. Mensaje nuevo de Travis: "¿Sigues enojada o solo me odias un poco menos?" Ella lo vio… y no respondió. Sus dedos se quedaron a medio camino del teclado. En su pecho algo latía distinto. Travis Blake era el tipo de problema que no sabías si evitar… o abrazar hasta incendiarte. Apretó los labios, dejó el celular boca abajo… y se metió bajo las sábanas. Pero no pudo dormir. No esa noche. Y mucho menos, dejar de pensar en él. Día siguiente – Aula de Estrategias Deportivas y Gestión de Eventos Universitarios La clase había comenzado hacía diez minutos, pero todos los ojos no estaban en el pizarrón. Estaban en ella. Hana Laurent entró como si no se hubiera desmayado en los brazos de un dios griego hace apenas unas horas. Llevaba el uniforme escolar con su toque personal: falda plisada, camisa blanca impecable, saco entallado con la corbata floja, y unas botas negras que hacían que cada paso sonara como una declaración de guerra. Su nariz estaba protegida por una pequeña venda estética, pero aún así… se veía más letal que nunca. Se sentó en su lugar habitual, frente a Travis Blake, sin siquiera mirarlo. Él estaba ahí. Piernas abiertas, recargado hacia atrás en su silla como si nada le importara… salvo ella. Llevaba una camiseta negra que dejaba ver un poco de los vendajes aún visibles por la herida en su abdomen, jeans oscuros y su chaqueta deportiva colgando del respaldo. Se veía recuperado, pero tenía el ceño levemente fruncido. —Vaya, parece que el club del drama volvió a clases —susurró uno de los chicos detrás. Diego, que estaba a su lado, murmuró entre dientes: —Silencio, si miras fijo a Hana te lanza una zapatilla mental. Y Travis... Travis ya anda en modo "mátame pero no me ignores". Travis hojeaba su cuaderno, claramente sin leer. Después de unos segundos, sacó un papelito y escribió algo. Lo dobló, lo deslizó con disimulo hacia adelante y lo dejó en la esquina del escritorio de Hana con el movimiento casual de un codo. Ella ni se inmutó. Pasaron tres minutos. Cinco. Siete. Y cuando nadie lo esperaba, Hana estiró la mano, tomó el papel y lo abrió. Nadie lo notó, salvo Travis, quien no despegó los ojos de la esquina de su campo de visión. "¿Estás bien? (Sé que suena estúpido, pero... me importa)" Ella sacó su pluma y escribió debajo con letra precisa: "Estoy bien. Y no eres estúpido, solo un idiota." Le regresó el papel. Él lo leyó. Sonrió. —Avanzamos, Diego... de "odio eterno" a "idiota con potencial" —susurró, claramente satisfecho. La clase continuó, pero la tensión en ese pupitre compartido... era otra historia.
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