CAPITULO 33

1153 Words
Clase de Estrategias Deportivas – 40 minutos después El profesor, un tipo energético con alma de entrenador frustrado y look de influencer deportivo, se paró frente al salón con una sonrisa peligrosa. —Bien, estudiantes. Hoy vamos a aplicar una dinámica de planeación de eventos bajo presión. ¿Por qué? Porque la vida es cruel y los eventos deportivos universitarios lo son aún más. Los alumnos se rieron, algunos por nervios, otros porque sabían que eso significaba: trabajo en equipo obligatorio. —Ya tienen su evento asignado —continuó, sacando una hoja de su portapapeles—. Ustedes dos —señaló sin piedad a Hana y Travis— serán los encargados de diseñar el plan de logística y promoción de la final de fútbol americano de este semestre. Quiero todo: cartel, horario, voluntarios, dinámica para el medio tiempo, y merchandising. Tienen una semana. Se hizo el silencio. —¿Alguna objeción? —preguntó, mirando al dúo dinámico. Hana entrecerró los ojos. Travis alzó una ceja y se cruzó de brazos con media sonrisa. —¿Nos da también terapia incluida? —preguntó él. El salón rió. El profesor chasqueó la lengua, divertido. —La tensión se resuelve con trabajo, no con sarcasmo, Blake. Ahora, a ver quién sobrevive sin arrancarse los ojos. Manos a la obra. El profesor siguió asignando parejas, pero en la mesa de Hana y Travis ya se podía sentir cómo subía la temperatura. —No pienses que te salvas de hacer tu parte solo por tener una sonrisa bonita —dijo ella, sin mirarlo. —No pienso salvarme. Pero si tú haces la mitad con esa voz mandona, el evento será un éxito y yo probablemente termine enamorado. Otra vez. —Cállate y abre tu laptop —respondió Hana, con el rostro enrojecido, aunque no sabías si por molestia o por otra cosa. Y así, como enemigos públicos número uno del campus... comenzó la Fase Tres. Sala común del edificio administrativo, 8:00 p.m. (Reservada para estudiantes que estén "trabajando en proyectos"... o fingiendo que lo hacen). Hana llegó puntual, con su laptop, carpetas y cara de pocos amigos. Llevaba un suéter corto de cuello alto ajustado y una falda negra que, aunque formal, dejaba mucho a la imaginación cuando se sentaba. Cruzó las piernas con elegancia, y sacó su agenda como si fuera un arma. Travis llegó diez minutos tarde, con su mochila al hombro, el cabello despeinado como si viniera de entrenar (porque sí, venía de entrenar), y con una camiseta negra que marcaba cada maldito músculo. La chaqueta la traía abierta, como quien no sabe lo que provoca, pero sí lo sabe muy bien. —¿Llegaste tarde solo para hacer una entrada dramática o tu ego necesitaba aplausos? —preguntó ella sin mirarlo. —No sabía que ya habías empezado sin mí. ¿No te enseñaron a esperar al protagonista? —replicó con una sonrisa torcida, dejando caer la mochila al suelo y sentándose justo a su lado, demasiado cerca para que fuera necesario. El espacio era grande, pero por alguna razón muy cuestionable, Travis decidió abrir su laptop junto a la de ella, no frente, ni al lado opuesto… junto. —¿No puedes sentarte en otra silla? —preguntó, notando cómo su rodilla rozaba la de ella con cada movimiento. —¿Y perderme el aroma a vainilla y peligro que traes encima? Ni loco. Hana rodó los ojos, pero el leve rubor la delató. Intentaron enfocarse. Intentaron. Hana apuntaba en su libreta los horarios de logística mientras Travis leía los lineamientos en voz baja, pero claro… su voz grave, ronca y suave le estaba haciendo cosas al ambiente. —Tenemos que revisar lo del medio tiempo… —murmuró Hana, sin levantar la vista. —¿Y tú qué propones? ¿Algo tradicional? ¿O algo más… salvaje? Ella alzó la mirada con una ceja arqueada. —¿Quieres que te expulse por acoso? —Solo si me acompañas al castigo —respondió él, y luego se estiró para alcanzar un folleto… lo que implicó que su brazo rozara la cintura de ella. Un pequeño escalofrío. —Haz eso otra vez y juro que te rompo la laptop en la cara —dijo Hana sin moverse. Travis sonrió, ladeando la cabeza. —No me provoques si no estás dispuesta a jugar, princesa. Ella lo miró fijo. Él también. Un silencio eléctrico. —Travis… —murmuró. —¿Sí? —Deja de mirarme así y termina el maldito esquema del evento. —Lo haré. Pero solo si me pasas ese marcador… por favor. Hana le lanzó el marcador. Literalmente. Travis lo atrapó en el aire y rió. —Te encanta este juego, admitilo. —No es un juego, es trabajo. —Entonces trabajemos, pero no me culpes si me concentro mejor cuando estás tan cerca. Edificio de administración, 11:23 p.m. La lluvia azotaba los cristales con furia. Afuera, el campus parecía devorado por la tormenta. El viento golpeaba con fuerza las ventanas y el cielo rugía con cada relámpago. La luz parpadeó… y se fue. Toda la sala quedó sumida en una penumbra silenciosa interrumpida solo por los truenos. —Genial —murmuró Hana, parándose de golpe—. ¿Dónde están los de seguridad? ¿Por qué no hay un maldito generador? Travis se levantó también, usando la linterna del celular. —¿Asustada? —Solo molesta. No quiero quedarme encerrada contigo toda la noche. —Mentira. Ella se giró bruscamente para encararlo. —¿Qué? —Dije que es mentira. No quieres irte. Me odias… pero te encanta estar cerca de mí. Él dio un paso. Ella no se movió. —No seas estúpido, Blake. —¿Entonces por qué no te alejas? Otro paso. —¿Por qué no apartas la vista? Otro más. —¿Por qué no dejas de provocarme cada vez que cruzas esas malditas piernas frente a mí? Ya estaban a centímetros. El único sonido era la lluvia y los latidos acelerados. —Porque tú tampoco puedes evitarlo —susurró ella. Y entonces… se besaron. Fue lento al principio, como si exploraran terreno prohibido, como si por fin soltaran la cuerda que habían estado tensando desde hacía semanas. Pero pronto el beso se volvió fuego: hambriento, rabioso, desesperado. Travis la alzó y la sentó sobre la mesa, empujando las carpetas a un lado sin importarle nada. Ella le arrancó la chaqueta y sus dedos se enredaron en su camiseta mientras él le quitaba el suéter con movimientos torpes por la urgencia. Los relámpagos iluminaban la escena en ráfagas. Dos cuerpos que ya no podían fingir, dos bocas que se devoraban como si el mundo fuera a acabarse —y, con esa tormenta, no era tan improbable. Él besó su cuello, sus clavículas, y ella se arqueó, dejándose llevar. Sus manos bajaron, se deslizaron… la falda ya no existía en su cabeza, solo ella. Solo Hana.
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