CAPITULO 34

1175 Words
La mesa crujía bajo el peso del deseo contenido. Travis tenía la respiración agitada, la mirada clavada en ella como si Hana fuera el centro del universo. Sus dedos bajaron con lentitud por sus muslos mientras ella, sentada sobre el escritorio, lo miraba con los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando al ritmo del fuego que se encendía entre ellos. Con delicadeza, pero con una intención feroz, Travis tomó el borde de su ropa interior. —No tienes idea de cuánto he querido hacer esto —susurró contra su piel. Sus palabras vibraron sobre la parte interna de su muslo, provocándole un escalofrío que le recorrió la espalda. Sus dedos tiraron lentamente de la tela, bajándola con una devoción casi religiosa, como si estuviera desvistiendo a una diosa y no a una chica que lo había odiado semanas atrás. Él se detuvo para mirarla, como si memorizara cada centímetro, cada reacción, cada suspiro. La lluvia seguía golpeando las ventanas, pero ahí, en esa oficina, solo existía el calor entre ambos. Hana tragó saliva, sus piernas temblaban ligeramente. —T-Travis… —Shh… —respondió con una media sonrisa traviesa—. Esta noche no quiero que digas nada… solo que sientas todo. La besó nuevamente, lento, profundo, mientras sus manos se deslizaban por su cintura, sujetándola con firmeza y deseo. La recostó con suavidad sobre el escritorio, sus cuerpos alineados, piel contra piel. —Eres hermosa, Hana… jodidamente perfecta —susurró al oído mientras sus labios comenzaban a trazar un camino descendente. Su boca exploraba, su lengua trazaba senderos secretos, y sus manos la mantenían en vilo, sujetándola con una mezcla de pasión y ternura. Hana se retorció bajo él, sus uñas se clavaron en sus hombros mientras él descendía más… más… Y cuando finalmente la tomó con la boca, cuando la adoró como si fuera un altar, Hana se arqueó y soltó un gemido que quedó ahogado por el rugido de un trueno. Sus manos enredadas en su cabello, su cuerpo vibrando, su alma fundiéndose en ese momento. Travis subió lentamente, mirándola con esos ojos oscuros llenos de hambre. —Y eso solo fue el comienzo —susurró con una sonrisa peligrosa, bajándose la camiseta con una sola mano mientras la otra se deslizaba nuevamente entre sus muslos. Esa noche no hubo más relojes, no hubo más límites. Solo cuerpos entregados y una tormenta que no paraba de rugir… igual que ellos. La lluvia no cesaba, y el eco de los truenos seguía golpeando las ventanas como tambores de guerra. El cuerpo de Hana temblaba, aún sensible por el clímax anterior. Estaba tendida sobre el escritorio, jadeando, con la piel perlada de sudor y el cabello alborotado enmarcando su rostro enrojecido. Pero Travis no había terminado con ella. Ni por asomo. —¿Aún puedes más? —murmuró junto a su oído, su voz ronca, casi peligrosa. Hana no respondió con palabras. Lo atrajo hacia ella con un tirón de su camiseta, clavando las uñas en su espalda. Travis gruñó. Esa fue su respuesta. La levantó del escritorio con una facilidad brutal, como si no pesara nada, y la llevó cargando por el estudio, su boca devorando su cuello. Abrió la puerta de la sala de estar con una patada y la dejó caer suavemente sobre el mullido sillón de cuero. —Ahora… me toca a mí mirarte rendida —dijo mientras se desabrochaba el pantalón. Sus músculos marcados se tensaban bajo la luz tenue del lugar, su mirada fija en ella, tan intensa que la hizo estremecer. Se colocó sobre ella, las manos apoyadas a cada lado de su cabeza, sus caderas pegadas contra las de Hana, que lo recibía con las piernas abiertas y el deseo al límite. Y sin más advertencia… la embistió. El grito que escapó de sus labios fue de puro placer. —¡Mierda…! —murmuró Travis entre dientes—. Eres perfecta… maldita sea… Cada movimiento era más profundo, más rítmico, más violento y exquisito. Sus cuerpos se chocaban con un ritmo frenético, piel contra piel, humedad contra humedad. El sonido del placer llenaba la habitación, entre jadeos, gemidos, y los susurros descarados de Travis al oído de Hana. —¿Te gusta esto, princesa? —le preguntaba con arrogancia salvaje—. Porque no voy a parar hasta que me pidas misericordia… Y no lo hacía. La cambiaba de posición con fuerza y seguridad: sobre él, sobre el respaldo del sillón, de espaldas, de frente… cada ángulo, cada rincón, cada parte de ella era explorada, adorada, dominada. El sillón crujía bajo el ritmo frenético, mientras sus manos le sujetaban las caderas y su boca no dejaba de besar, lamer, morder. Hana lo arañaba, lo golpeaba, lo besaba, lo maldecía… y se venía una vez más temblando entre sus brazos, su cuerpo entregado, su voluntad hecha pedazos. Travis la abrazó, cubriéndola con su cuerpo, aún dentro de ella. —Nunca volverás a escapar de mí —susurró contra su cuello. Y luego, con un último movimiento devastador, llegó él también. Con un rugido ahogado, se hundió en su cuello, apretándola contra su pecho mientras ambos temblaban. Quedaron tendidos en el sillón, envueltos por el calor del uno y del otro, mientras afuera la tormenta comenzaba por fin a calmarse. Esa noche no solo se rompieron límites. Se encendió una llama que ya no se apagaría. Cuando Travis abrió los ojos, lo primero que sintió fue calor. No solo por la manta gruesa que los cubría, sino por el cuerpo suave y cálido de Hana acurrucado contra él, la pierna de ella sobre su cintura, su mejilla descansando en su pecho desnudo, sus dedos aún enredados en su piel como si no quisiera soltarlo jamás. La lluvia había cesado. Apenas se escuchaba el murmullo lejano del agua escurriendo por las calles, mientras la luz de la madrugada entraba tímidamente por la ventana, acariciando con tonos azulados sus cuerpos entrelazados en el sillón del estudio. Travis bajó la mirada. El cabello revuelto de Hana estaba sobre su pecho, sus pestañas largas rozando su piel. Respiraba profundamente, completamente dormida. Vulnerable. Hermosa. Una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios. No podía creer que esa era la misma chica que lo traía loco, la misma que lo había hecho sudar, gritar, perder el control… y luego acurrucarse como un gatito. Con cuidado, le acarició la espalda desnuda con la yema de los dedos. Hana murmuró algo en sueños y se acomodó aún más cerca de él, soltando un suspiro suave. —Dios… estás tan jodidamente bonita cuando no estás gritándome —susurró, divertido, besándole la frente. No sabía qué pasaría después. Si volvería a ponerle la muralla encima o si esta vez había bajado la guardia para siempre. Pero en ese momento, ahí, en el silencio de la madrugada y con el corazón aún latiendo al compás del suyo, Travis solo quería detener el tiempo. La abrazó más fuerte, cerró los ojos… y volvió a quedarse dormido con ella en brazos. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió… en paz.
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