—Entonces, ¿queda así? —dijo Hana, guardando sus papeles con precisión militar.
—Sí, jefa. Haré mi parte… si sobrevivo a tus amenazas pasivo-agresivas —respondió Travis, echándose hacia atrás con una sonrisa torcida.
—No son amenazas. Son advertencias con estilo.
—Y con letra Arial 12, perfectamente alineada.
Ella lo miró por última vez, se levantó de su asiento y ajustó su bolso al hombro.
—Nos vemos mañana, Blake.
—No me extrañes esta noche, Laurent.
Ella solo lo ignoró. O al menos lo intentó.
Salió de la cafetería con paso elegante, el cabello balanceándose a la perfección, sin mirar atrás. Pero lo escuchó reír bajito. Y maldita sea, esa risa se le quedó pegada como canción pegajosa en lunes.
Travis la observó alejarse.
No podía evitarlo.
Era como ver alejarse a una tormenta en tacones: intensa, peligrosa… y absurdamente irresistible.
Tomó su mochila, caminó en dirección opuesta y se puso los audífonos.
Let’s just be honest, let’s just be real…
Mientras el beat suave de R&B volvía a llenarle los oídos, se pasó una mano por el cuello. Aún sentía el contacto de sus dedos.
Y aunque no lo admitiría ni bajo tortura, la quería ver de nuevo. Pronto.
Esa noche, en su penthouse del piso 34, Hana intentó concentrarse en su rutina.
Baño caliente, té de hierbas, agenda digital…
Todo normal.
Excepto que se quedó viendo su closet por cinco minutos.
Y pensó:
"Color. Dijo que usara color. Qué idiota."
Sonrió. Sin querer. Sin avisar.
Y luego se odió por ello.
A unas cuadras, en la residencia estudiantil, Travis se quedó viendo su camisa blanca colgada en la puerta del armario.
Y murmuró:
—Voy a tener que planchar esto, ¿verdad?
Diego, desde su cama, respondió sin mirar:
—¿Te estás enamorando o qué, cabrón?
—No sé. Pero estoy jodido, ¿no?
—Sí, pero sexy. Como siempre.
Ambos rieron.
Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Travis se fue a dormir pensando en una sola chica.
Una que no se derretía por él.
Una que no caía rendida.
Las puertas del edificio principal se abrieron con ese sonido suave y elegante del sistema automatizado.
Y entonces, como si el mundo hubiera entrado en cámara lenta…
entró ella.
Hana Laurent.
Jeans ajustados, rasgados con la precisión de quien no lo hace por moda, sino porque puede.
Una camiseta negra de tela suave que abrazaba sus curvas como si el algodón tuviera fe en Dios.
Converse blancos, desgastados. Porque ella no necesita lujos para brillar.
Y el cabello…
Oh, el cabello.
Sujeto en una coleta alta con dos trenzas que caían a los lados como una declaración de guerra y estilo.
El campus no estaba listo.
Los estudiantes que estaban en la entrada dejaron de caminar.
Un chico casi se choca con un basurero.
Otro dejó caer el café y ni cuenta se dio.
Una chica en su celular levantó la vista y simplemente dijo:
—¿Quién le dio permiso de lucir así?
Todo el mundo la miraba.
Algunos con admiración.
Otros con envidia.
Unos pocos con deseo descarado.
Pero nadie…
nadie se atrevía a acercarse.
Porque Hana no caminaba.
Desfilaba.
Paso firme. Mentón alto. Auriculares blancos.
Mirada enfocada.
Como si el mundo fuera suyo. Y hoy más que nunca… lo era.
En la terraza del segundo piso, Travis Blake salía del comedor con un pan en la boca, distraído, bromeando con Diego como siempre.
—Te juro que si ese profe me vuelve a decir "tú otra vez" me tatuó su cara en la espalda.
—Bro, tú te lo ganas, no mientas.
Travis se detuvo de golpe.
—... ¿Qué pasa? —preguntó Diego.
Travis no respondió.
Solo miró.
Desde la altura, la vio.
Ella.
La misma que en su mente siempre llevaba trajes oscuros, mirada fría y aire inalcanzable.
Pero hoy…
Hoy parecía una maldita portada de revista.
—Bro… —dijo Diego, siguiéndole la mirada—. ¿Esa es… Laurent?
Travis no contestó. Solo se pasó una mano por la boca y soltó un suave y honesto:
—Mierda.
Abajo, Hana llegó a su casillero, ignorando las miradas como quien ya está acostumbrada al caos que provoca.
Sacó su carpeta, su botella de agua, ajustó una de sus trenzas en el reflejo metálico de la puerta…
Y por un segundo —solo uno—, alzó la vista.
Lo vio.
Travis.
En el segundo piso.
Mirándola.
No hizo gesto alguno.
No sonrió.
No saludó.
Solo alzó una ceja.
Y Travis, desde arriba, sintió que el aire le faltaba.
Porque ese gesto, simple y directo, no era un saludo.
Era una declaración.
Hoy la reina tenía corona nueva.
Y venía a jugar.
El vestidor femenino del equipo de voleibol era amplio, pulcro, con bancos largos, casilleros metálicos brillando bajo la luz blanca, y un leve olor a desodorante en spray flotando en el ambiente.
Las chicas ya estaban ahí, cambiándose, bromeando, algunas ajustando sus rodilleras, otras revisando el celular antes de guardar todo. El ambiente era relajado.
Hasta que la puerta se abrió.
Silencio.
Solo se escuchó el chirrido suave de los Converse contra el piso.
Hana Laurent había llegado.
Caminó hasta su casillero sin decir una palabra.
Nadie se atrevió a hablarle todavía.
No porque fuera antipática.
Sino porque había algo en ella hoy… algo distinto.
Se quitó la camiseta negra con un movimiento fluido, sin apuro ni show. Solo naturalidad. Su figura quedó al descubierto por unos segundos: marcada, tonificada, femenina y fuerte. Un cuerpo de atleta.
Sin buscarlo, sin necesitar aprobación.
Puro poder.
Se puso el top ajustado del uniforme: n***o con detalles dorados, espalda cruzada, escote justo lo necesario como para enloquecer a cualquiera con imaginación activa.
Luego los shorts.
Ajustados.
Oficiales.
Y criminales.
Ajustó las rodilleras, se puso la sudadera del equipo abierta sobre los hombros y ató sus Converse de entrenamiento.
Finalmente, se miró en el espejo y recogió su cabello en la misma coleta alta, dejando las trenzas en su sitio.
Era como si se transformara.
De reina fría…
a guerrera sexy lista para incendiar la cancha.
Una compañera, desde la banca, la miró y susurró:
—Jesucristo bendito…
Otra le dio un codazo.
—Te dije que hoy venía en modo diosa griega.
Hana solo las escuchó de reojo. No reaccionó.
Pero sonrió… solo un poquito.