CAPITULO 6

1107 Words
Cuando salió del vestidor rumbo al gimnasio, el sonido de su entrada fue como una explosión invisible. Los balones se detuvieron. Las jugadoras voltearon. Los entrenadores bajaron la voz. Entró con paso firme, espalda recta, mirada decidida. Cada paso parecía marcar el ritmo del lugar. Nadie la anunció. Nadie gritó su nombre. No hacía falta. Ella era Hana Laurent. Capitana. Imparable. Intocable. Y esa cancha… hoy iba a arder. Apenas Hana pisó la cancha, el sonido del silbato quedó en segundo plano. —¡Capitana en la cancha! —gritó una de sus compañeras entre risas. —Ya era hora, creí que nos habías dejado por una sesión de fotos para Vogue —añadió otra. Hana sonrió. No de esas sonrisas de “educación”… no. De esas reales. Las chicas de su equipo eran su círculo. Su gente. Su manada. Y con ellas, podía relajarse… un poco. —Relájense, aún no firmo con Vogue. Estoy esperando a que terminen de inventar shorts decentes —respondió con un guiño, mientras comenzaba a calentar. Desde las gradas, un grupo de chicos —y algunas chicas— se agitaban como si estuvieran en un partido profesional. —¡HANA! ¡MI DIOSA GUERRERA! —¡TE AMO DESDE PRIMERO SEMESTRE! —¡DALE DURO AL BALÓN, PERO NO A MI CORAZÓN, POR FAVOR! —¡CRUCIFIQUENLAAAAA! Carteles, luces de celular, un peluche con su nombre… Todo era un caos controlado. Y ella… simplemente sonrió con leve burla mientras ajustaba su rodillera. —¿No te distrae ese show allá arriba? —le preguntó Renata, su amiga y central del equipo. —¿Distraerme? —Hana golpeó el balón contra el piso y lo atrapó con elegancia—. Nena… me energiza. Y no muy lejos de ahí, apoyado casualmente en la entrada del gimnasio, con los brazos cruzados y una mirada fija, estaba Travis Blake. Decía que iba a su entrenamiento. Decía que pasaba “de paso”. Mentira. Estaba ahí por ella. Y cuando la vio moverse… saltar… reír con sus amigas… Sudó. Pero no por calor. —Ella no es de este mundo —murmuró Diego, que apareció a su lado comiéndose una galleta—. ¿Qué vas a hacer, bro? Travis se pasó la lengua por el labio inferior. Observó cómo Hana clavaba una pelota con fuerza, giraba como reina y sonreía al escuchar los gritos de su club de fans. —Voy a conseguir su atención. —¿Ya la tienes? —No. Aún no la tengo como quiero. Diego levantó una ceja. —¿Y cómo la quieres? Travis sonrió. —Mirándome como mira esa cancha. Con respeto… y ganas de destruirme. La práctica estaba por comenzar oficialmente. Y Hana, en el centro, alzó la mano, hizo la señal de inicio y gritó: —¡Vamos, chicas! ¡Hoy se entrena para matar! El gimnasio estalló en gritos. Y entre los vítores y el sudor, entre las jugadas perfectas y los pasos firmes… Había una guerra silenciosa en curso. Y Hana, aunque aún no lo supiera del todo… ya había elegido a su contrincante. La cancha de básquetbol rugía. El sonido de zapatillas corriendo, el golpe del balón contra el suelo, y la red moviéndose con cada enceste. En el centro del caos: Travis Blake. Sudado, brillante, en camiseta sin mangas y shorts bajos que parecían una amenaza pública, jugaba con la gracia de un dios olímpico y la arrogancia de un tipo que sabía perfectamente lo que provocaba. —¡Uno más, Blake! —gritó el entrenador. Travis giró, esquivó a dos defensores, y encestó con una volcada tan perfecta que el gimnasio estalló. Desde las gradas, sus fans gritaban como si estuvieran en un concierto. —¡TRAVIS MI AMOOOOR! —¡CÁMBIATE LA CAMISA, TE LA SOSTENGO! —¡ASÍ NO SE JUEGA CON MIS EMOCIONES! Travis se limpió el sudor con el borde de la camiseta, dejando a la vista ese abdomen que parecía esculpido con rayos de sol y pecado. Mientras tanto, al otro lado del complejo deportivo… Hana Laurent reinaba. Su práctica fue brutal. Balones cayendo como misiles, gritos de guerra entre las jugadoras, sudor resbalando por su cuello y su top ajustado. —¡Bien jugado, chicas! —gritó ella al final, palmando a sus compañeras. Las dos canchas vibraban. Dos capitanes. Dos universos paralelos. Hasta que, sin saberlo, ambos se dirigieron al mismo lugar al mismo tiempo. La puerta de los vestidores estaba justo en el punto medio. Hana venía ajustando su toalla al cuello, el rostro aún ligeramente sonrojado por el esfuerzo. Travis venía con la camiseta en la mano, dejando sus abdominales al aire como si fueran parte del uniforme oficial. Y entonces… Se encontraron. Silencio. O al menos, así lo sintieron ellos. Todo se detuvo. La música del gimnasio, los gritos de fondo, incluso el aire acondicionado… pausado. Ella lo miró. De arriba a abajo. Una ceja apenas alzada. —¿Tu camiseta está rota o solo eres alérgico a usarla? Él sonrió, pasándose una mano por el pecho sin vergüenza alguna. —¿Te molesta? —No. Solo me parece interesante que tus abdominales se sepan el camino al vestidor mejor que tu cerebro. —Auch. ¿Fue eso sarcasmo o preocupación disfrazada? —Fue yo tratando de no perder el apetito. Pero mentía. Porque sí lo estaba mirando. Y él también. Los shorts de Hana estaban ajustados de forma criminal. Su top mojado de sudor brillaba bajo la luz del pasillo. Las trenzas aún colgaban, desordenadas por el movimiento. Travis tragó saliva. —¿Quieres ir tú primero o… hacemos un duelo y el que gane entra? —¿Un duelo? —Sí. A ver quién puede dejar de mirar al otro primero. Silencio. Se miraron. Fijo. Con fuego. Ni un parpadeo. Hasta que Hana ladeó la cabeza, le dio una palmadita en el hombro y pasó junto a él con una sonrisita apenas visible. —Suerte con eso, Blake. Y Travis… Se quedó ahí. Mirando. Sonriendo. —Dios mío… estoy tan jodido. El agua caliente caía sobre sus hombros como una cascada sagrada. Sus músculos aún vibraban del entrenamiento, pero su mente… seguía atrapada en el pasillo. En esas trenzas. En ese sarcasmo envuelto en sudor. En esa forma en la que Hana Laurent lo miró como si supiera exactamente el caos que dejaba atrás. Y luego se fue. Literalmente. Terminó de enjuagarse, se secó el cabello con la toalla y se puso su sudadera sin pensar. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ganas de bromear ni de posar. Solo quería alcanzarla.
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