Salió del vestidor con el cabello aún húmedo, ajustando su mochila al hombro.
Y entonces lo sintió.
El aire.
No era el mismo.
Había un rastro sutil, pero inconfundible.
Un aroma a rosas suaves mezclado con el sudor dulce de una mujer que había nacido para conquistar imperios.
Un perfume caro, discreto, perfectamente elegido para una diosa.
Y lo dejó a él sin aire.
—Joder… —murmuró mientras miraba hacia ambos lados del pasillo.
Vacío.
Ella ya no estaba.
Solo quedaba su rastro.
Su ausencia.
Y esa maldita sensación de que se le había escapado algo importante… sin siquiera intentarlo.
Se pasó la mano por la nuca, aún húmeda, y sonrió con resignación.
—Corre, Blake… que esta vez vas perdiendo.
Esa noche, mientras subía los escalones hacia su dormitorio, aún podía olerla en su mente.
Y lo peor…
es que le gustaba.
Travis abrió la puerta del dormitorio 2B y entró en silencio.
Cosa.
Que.
Nunca.
Pasaba.
Diego, recostado en su cama comiendo papas y viendo TikToks, lo miró de reojo.
—¿Todo bien?
Travis dejó caer su mochila al suelo, se dejó caer en su cama y se quedó mirando el techo.
Diego frunció el ceño.
—¿Qué te pasa, cabrón? ¿Te hackearon el alma o qué?
—No sé.
—¿No sabes?
—No sé qué me pasa, güey.
—¿Te dolió algo? ¿Fallaste un tiro? ¿La profe volvió a decirte “tú otra vez”?
—No… —Travis suspiró, se tapó los ojos con el antebrazo—. Es Hana.
Diego dejó la bolsa de papas a un lado como si eso fuera más urgente que el calentamiento global.
—¿Qué hizo la Laurent?
—Nada. O sea… todo.
Diego se incorporó lentamente.
—Dios mío, ¿te enamoraste?
Travis se quedó en silencio.
Un segundo.
Dos.
Cinco.
—No. —respondió por fin, pero su voz sonó como un puchero contenido.
Diego se acercó como si tuviera que examinarlo clínicamente.
—A ver… síntomas:
Dejó de hablar.
No se burló de mí.
No ha posteado en sus historias desde hace dos horas.
Dijo “es Hana” como si fuera una canción de Camila.
Confirmado. Estás enamorado, güey.
Travis se sentó de golpe, con las manos en el cabello.
—¡¿Cómo chingados me pasó esto?!
—Hermano… viste a esa mujer en shorts y con olor a rosas. No es tu culpa.
—¡¡Y las trenzas!! —gritó Travis como si acabara de tener un flashback—. ¡Me miró como si me estuviera desarmando con los ojos! Y luego se fue… y dejó su aroma en el pasillo. ¡¿Quién deja su aroma en el maldito pasillo, Diego?! ¡¿Quién lo hace?!
—Diosas, bro. Las diosas lo hacen.
Travis se tiró de nuevo en la cama, derrotado.
—Estoy tan jodido.
Diego sonrió.
—Bienvenido al club, hermano. ¿Quieres un té o un whisky?
—Una foto de ella.
—¡Ya estás enfermo!
Ambos se rieron. Pero Travis…
Se quedó con una idea girando en la cabeza.
Una necesidad que crecía con cada minuto que pasaba sin verla.
Tenía que hablarle.
Tenía que verla de nuevo.
Y tenía que encontrar la forma de hacer que Hana Laurent lo mirara… no como rival, sino como posibilidad.
El vapor de su té subía lentamente en espirales mientras Hana revisaba su planificador digital en la sala.
Iba en leggings, una hoodie grande y el cabello suelto tras haberse bañado.
Tranquila. En paz.
Las luces del penthouse estaban tenues, la ciudad brillaba bajo la noche a través de las ventanas, y todo parecía estar bajo control.
Hasta que…
PING
Travis Blake
Hana entrecerró los ojos.
—¿Qué quiere ahora…?
Desbloqueó la pantalla.
Y ahí estaba.
Travis:
“Oye, sobre lo de la logística de la inauguración… ¿tienes 5 minutos para revisar una idea que se me ocurrió?”
Ella suspiró.
A las 10:38 p.m.
En serio, Blake…
Apoyó el té en la mesa, se acomodó en el sillón y tecleó con frialdad controlada:
Hana:
¿No sabes lo que significa ‘horario laboral’?
La respuesta llegó en segundos.
Travis:
¿Y perder la oportunidad de hablar contigo justo cuando ya me habías sacado de tu mente? Jamás.
Hana soltó una risa suave. Pequeña.
Maldito.
Hana:
Tienes 5 minutos. Sorpréndeme. Si me aburro, te dejo en visto para siempre.
Travis:
Riesgo aceptado, Laurent. Me gustan los retos peligrosos… sobre todo si usan shorts ajustados y huelen a rosas.
Ella se quedó con el celular en la mano.
Por un segundo —solo uno—, sus mejillas se calentaron.
Hana:
Tienes 4 minutos. Corre.
Travis:
Ok, ok: propongo hacer la entrada de los equipos con luces bajadas, tipo show, cada capitán con su bandera, y música distinta para cada uno. ¿Demasiado? ¿O suficiente para que lo aplaudan de pie?
Hana:
No está mal. Me sorprende. ¿Tú lo pensaste o te ayudó alguien con más neuronas?
Travis:
¿Ves? Eres la única que logra insultarme y excitarme al mismo tiempo.
Ella casi escupe el té.
Hana:
Cállate.
Travis:
¿Y si no quiero? ¿Y si quiero seguir hablándote? Aunque sea por trabajo… o por lo que no es trabajo.
Silencio.
Ella dejó el celular sobre su regazo.
Miró por la ventana.
Luego volvió a escribir.
Hana:
Mañana, 8:00 a.m., cafetería del Edificio E. Llévalo en papel. No quiero que improvises con tus “brillantes ideas”.
Travis:
¿Eso es un “quiero verte”?
Hana:
Eso es un “no llegues tarde”.
Travis:
Nos vemos, Laurent. Dulces sueños… si es que los tienes.
Ella bloqueó el celular.
—¿Y bien? —preguntó Diego, masticando cereal directo de la caja como si no fueran casi las once de la noche.
Travis soltó el celular sobre su cama y se tiró de espaldas, con los brazos extendidos como si acabara de anotar el gol de su vida.
—Me respondió.
—¿Ella? ¿Laurent? ¿A esta hora?
—Mmmhmm —murmuró Travis, con una sonrisita de imbécil perfectamente instalada en la cara.
Diego se incorporó en su cama, lo miró fijamente y soltó el cereal de golpe.
—Cabrón… estás en llamas.
—Solo le escribí por el trabajo, ¿ok?
—¿Y qué te dijo?
—Que mañana a las 8, cafetería del Edificio E. Y que lleve todo impreso.
Diego entrecerró los ojos.
—¿Eso fue todo?
Travis lo pensó.
—También me amenazó. Me insultó un poco. Me dio una cita. Dijo que no improvisara. Me dijo “nos vemos”. Me bloqueó con elegancia.
Diego lo miró en silencio.
Luego se levantó, caminó hacia Travis… y le puso una mano en el hombro.
—Hermano… te enamoraste de tu enemiga.
Travis lo miró con falsa indignación.
—¡No!
Diego lo miró como quien ve un caso perdido.
—¿Ya imprimiste lo que le vas a llevar?
—Sí, lo acabo de terminar.
—¿Ya elegiste la ropa que te vas a poner mañana?
—...Sí, pero no lo hice por ella.
—¿Te vas a levantar antes para peinarte?
—¡NO!
Diego alzó ambas cejas.
—Te vas a levantar antes.
Travis se tapó la cara con la almohada y gritó.
—¡Maldita sea!
Diego rió como maniaco.
—Te enamoraste de una mujer que te odia, te ignora, te humilla con estilo y te hace reír… bienvenido al infierno, bro.
Travis sacó la cabeza de la almohada con expresión resignada.
—¿Crees que le guste mi camisa negra?
—No.
—¿La blanca?
—Sí.
—¿Con la chaqueta de mezclilla?
—Perfecta.
—¿Y si la beso?
—Te mata.
Travis suspiró… y sonrió.
—Vale la pena morir.