07:02 a.m. – Penthouse de Hana Laurent
El espejo le devolvía la mirada con la perfección que ella exigía.
Cabello suelto, ondulado con un cuidado quirúrgico.
La falda plisada en tono gris oscuro caía con elegancia hasta mitad de muslo.
Camisa blanca abotonada hasta el cuello, con una corbata negra perfectamente alineada, y un saco a juego que realzaba sus hombros con autoridad.
Las calcetas altas cubrían hasta casi la rodilla, dejando un pequeño espacio de piel antes de las botas negras.
Impecable. Sexy sin querer. Intimidante sin esfuerzo.
Ella se miró de arriba abajo, tomó su bolso y murmuró frente al espejo:
—Solo es una reunión de trabajo… y él no va a ganar.
07:16 a.m. – Dormitorio 2B
—¿Así o más Romeo en concierto privado? —preguntó Diego desde su cama, con los ojos entrecerrados.
Travis Blake, con el cabello peinado hacia atrás, una camisa blanca ajustada, jeans negros que se aferraban a su cintura como pecadores arrepentidos, una chaqueta de mezclilla oscura y sus tenis blancos limpios como nuevos, se miraba en el espejo.
Se giró.
—¿Demasiado?
—Hermano… si yo fuera Hana, ya estaría embarazado.
Travis se echó perfume al cuello.
—Eso espero.
—¡¿Qué?!
—¿Qué?
—Nada.
Se miró una vez más y sonrió.
—Hoy no es un día normal. Hoy… me va a mirar diferente.
07:52 a.m. – Cafetería del Edificio E
El ambiente era tranquilo.
Estudiantes revisando apuntes, baristas sirviendo cafés, música instrumental de fondo.
Hasta que…
Ella entró.
Y la cafetería dejó de respirar.
Los que estaban sentados levantaron la vista.
Los que estaban en fila se giraron.
Una chica dejó caer su muffin.
Y un tipo se dio un golpe con la bandeja.
Hana Laurent.
Silueta perfecta, cabello brillante, pasos elegantes como una coreografía silenciosa.
La falda plisada oscilaba con un vaivén tentador y su mirada estaba enfocada, seria… pero sus labios tenían algo distinto.
Una curva.
Casi una sonrisa.
Porque ya lo había visto.
Él estaba ahí.
Travis, apoyado contra la pared junto a una mesa junto a la ventana, la vio llegar… y se quedó sin palabras.
La camisa blanca ya no parecía tan buena idea.
Porque ahora sudaba.
Y no era por el clima.
La vio acercarse.
Cada paso de ella era una maldita provocación visual.
Y lo peor era que ella lo sabía.
—Llegaste temprano —dijo Hana, deteniéndose frente a él.
Travis tragó saliva.
—Y tú llegaste con intención de matarme.
—¿Perdón?
—Con ese outfit. Es un crimen. Y yo soy la víctima.
Ella desvió la mirada hacia su ropa, luego lo miró a él.
De arriba abajo.
—No estás mal tú tampoco, Blake.
—¿Eso fue un cumplido? ¡Anótenlo en la historia, por favor!
—No abuses.
—Solo si me dejas mirarte cinco segundos más.
—Ya llevas veinte.
—¿Ves? Estoy perdido.
Ella sonrió. Pequeñito. Pero suficiente.
Y entonces… se sentaron.
Cada uno con sus papeles.
Pero ya no estaban pensando en la logística.
Estaban jugando un nuevo juego.
Uno donde la regla era clara:
El primero que se enamore… pierde.
El aroma a café flotaba entre ellos, como si intentara disimular el hecho de que nadie respiraba con normalidad.
Hana había colocado sus papeles perfectamente alineados. Su letra era precisa, elegante. El resaltador estaba categorizado por colores. Azul para tiempos. Verde para presupuesto. Amarillo para cosas que, según ella, Travis iba a ignorar.
Travis tenía un cuaderno doblado, su hoja impresa estaba arrugada por la mochila, pero su sonrisa era tan limpia como su camisa blanca.
—Entonces —dijo Hana, sin mirarlo—, en la inauguración tú controlas la música, luces, entrada de equipos y presentadores.
—Correcto. ¿Y tú...?
—Cronograma, seguridad, reservas de espacio, catering y cronómetro de tu torpeza.
—Oye, eso no es justo. Ya hasta planché la camisa. ¿Quieres que llore?
—Depende, ¿lloras bonito?
Travis la miró de lado, con media sonrisa.
—Solo cuando me enamoro.
Hana giró los ojos, pero mordió el lápiz sin darse cuenta.
—¿Qué tipo de música propones para el desfile de equipos?
—Una mezcla moderna. Nada de himnos aburridos. Quiero energía, beats, algo que haga gritar a la gente.
—Y yo quiero puntualidad y que no te presentes en shorts ese día.
—¿Y si me presento en camisa blanca y te guiño desde el escenario?
—Te lanzo una pelota de voleibol. Profesional. De las pesadas.
—Eso también me excita.
—Travis...
—Ya paro, ya paro. Trabajo serio. ¿Ves? Este soy yo tomando notas. —Abrió su libreta y empezó a escribir con letra grande: “Hana sexy + música con beats = evento legendario”
Ella lo fulminó con la mirada.
—¡Eso no es lo que dije!
—Pero es lo que sentiste. Tu aura lo gritó.
Ella le arrancó la hoja. La hizo bolita. Y se la lanzó al pecho.
Le dio. Perfectamente.
Claro que sí.
Travis se inclinó hacia ella con lentitud.
—Confiesa que me extrañaste anoche. Un poquito. Uno por ciento. Mínimo un "qué idiota, pero me hace reír".
Hana mantuvo la mirada firme. Sus rostros a escasos centímetros.
—Confiesa que si no fuera por esta junta, ya estarías inventando alguna excusa para volver a escribirme.
Él sonrió.
—No necesito excusas, Laurent. Ya estás pensando en mí más de lo que deberías.
Ella se echó hacia atrás, cruzó las piernas con elegancia, y bebió de su café.
—Sigamos. El comité quiere los borradores antes del viernes.
—¿Y si los terminamos hoy? Así me invitas algo.
—¿A dónde? ¿A una mejor educación emocional?
—Estaba pensando en helado. Pero también sirve.
Ella sonrió, finalmente, sin resistirse.
—Travis Blake... eres una distracción profesional.
—Y tú, Hana Laurent… eres mi concentración definitiva.
Ambos bajaron la mirada a los papeles.
Pero ni uno solo volvió a ver la hoja.
Porque ya estaban pensando en el siguiente round.
Uno donde el trabajo… era la mejor excusa para seguir viéndose.
La reunión terminó con un apretón de manos corto.
Formal. Correcto.
Pero entre sus dedos todavía quedaba la electricidad del "por poco y te beso sobre esta mesa de trabajo".
Hana guardó sus papeles sin mirar a Travis.
Travis metió su hoja arrugada en la mochila sin dejar de mirarla.
—¿Entonces… nos vemos mañana para revisar lo de los uniformes? —preguntó él, apoyado casualmente en la silla.
—Sí —respondió ella mientras se colgaba el bolso al hombro—. Pero esta vez tú traes las ideas. Yo solo observaré… y juzgaré.
—Como en mis pesadillas. O mis fantasías. No lo tengo claro.
Ella soltó una risa tan suave que parecía un accidente.
Pero él lo escuchó.
Y se le quedó grabado.
Ambos salieron de la cafetería caminando juntos, aunque ninguno lo mencionó.
Al llegar al cruce del pasillo principal del campus, se miraron.
—¿Clase? —preguntó Travis.
—Literatura del siglo XX. ¿Tú?
—Psicología del deporte.
—Tiene sentido.
—¿Por?
—Para intentar entender por qué te comportas como un idiota encantador.
—Y tú… —Travis se inclinó un poco hacia ella—, ¿por qué estudias literatura si tú sola ya eres una novela?
De esas que uno se obsesiona por leer… aunque te rompa el corazón.
Ella lo miró.
—A tu clase, Blake.
—Sí, señora.
Se separaron.
Ella giró hacia la izquierda.
Él, hacia la derecha.
Pero mientras caminaban…
Hana, con sus libros contra el pecho, mordió el interior de su labio y pensó:
"¿Cómo se atreve a decir esas cosas tan fácil…?"
Y Travis, con las manos en los bolsillos, mirando el piso, pensó:
"Estoy tan jodidamente metido en esto…"