El salón de Literatura del siglo XX estaba lleno, como siempre.
Ventanas abiertas, olor a café con pan de la tiendita de la esquina, y ese murmullo previo a que llegue el profesor, cuando los estudiantes creen que son invisibles.
Hana ya estaba en su asiento de siempre, en la tercera fila, junto a su grupo de confianza: Renata, Julieta y Vale, todas del equipo de voleibol, todas inteligentes, y todas… con una debilidad muy específica:
Travis maldito Blake.
—¿Lo vieron esta mañana? —dijo Julieta, abanicándose con una carpeta—. Camisa blanca. Chaqueta. El cabello peinado como si viniera de un comercial de shampoo para pecadores.
—Se veía brutal —agregó Vale—. Yo no creía en Dios, pero hoy reconsideré.
—Y caminando con esa sonrisa como si supiera que destruye matrimonios… —Renata suspiró dramáticamente—. Quiero ser el aire que respira.
Hana levantó una ceja sin despegar la vista de su cuaderno.
—¿Ya acabaron el club de la histeria?
—Ay, por favor, Hana —dijo Julieta—. No puedes negar que el tipo está delicioso. Tú que lo ves seguido por lo del evento, dime la verdad…
—¿A qué huele? —interrumpió Vale.
—¿A pecado? ¿A éxito? —añadió Renata.
Hana levantó la mirada lentamente.
Las tres la observaban con atención.
Peligroso.
—A loción cara… y estupidez masculina.
Todas gritaron.
—¡AYYYY, ESA ES LA COMBINACIÓN PERFECTA! —exclamó Julieta.
—Hanaaaa… —dijo Renata con tono acusador—. ¿Estás segura de que no te gusta un poquito?
—Segura.
—Un poquitito.
—No.
—Ni tantito.
—No.
—Entonces, ¿por qué lo miraste raro ayer después de entrenar?
—Porque estaba sin camisa. Como siempre. —Hana bebió de su botella de agua con calma—. Si quisiera ver abdominales gratis, abriría t****k.
Julieta se inclinó con una sonrisa maliciosa.
—¿Y si él te dijera que le gustas?
Hana la miró fija.
—Le pego.
—¿Y si te besa?
—Le devuelvo el beso… y luego le pego más fuerte.
Risas generalizadas.
—¡Lo sabíiiia! —cantó Vale—. Estás tragada, Laurent. Solo que tú lo vives en secreto, estilo novela de enemistad apasionada con tensión s****l peligrosa.
—Están viendo mucho anime ustedes, ¿eh?
—¿Y tú estás negando mucho, no crees? —dijo Renata, dándole un empujón amistoso—. Se te nota la sonrisita.
Hana se mordió el interior del labio.
Sonrisa controlada. Cero emoción.
Nivel profesional.
Maldito Travis Blake.
*******
—Travis Blake —dijo el profesor desde el frente del aula—, ¿puedes explicarnos cuál es el enfoque conductual en el rendimiento deportivo?
Travis pestañeó.
Su pluma estaba en el aire, apuntando a la nada.
La hoja de su cuaderno tenía garabatos que decían “Hana”, “reunión café”, y un “¿le gusta el helado?” encerrado en corazones diminutos.
—¿Perdón, profe? Me distraje un segundo… pensando en el enfoque mental del rival.
El profesor lo miró por encima de las gafas.
—Sí. Se nota.
Diego, su roomie y cómplice de desmadres, soltó una risita baja.
—Bro… ¿estás bien? Tienes la mirada perdida desde que regresaste de la junta con Hana. ¿Te tocó sin querer? ¿Te rozó la mano? ¿Te lanzó su aura?
Travis giró la cabeza lentamente hacia él.
—Diego… ¿alguna vez te ha mirado alguien como si fueras nada… y tú te sintieras todo?
—¿Qué?
—Hana Laurent. Es como si la hubieran esculpido para provocarme depresión emocional y erecciones intelectuales. Todo al mismo tiempo.
—¡Bro! ¡Estamos en clase!
—No puedo más. Ella es como... como una maldita tormenta de hielo vestida de colegiala de lujo. Huele a rosas, camina como si reinara la universidad, y cuando te habla… sientes que deberías pagarle por cada palabra.
Diego lo observó, casi impresionado.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Estás enfermo?
—Sí.
—¿Y el diagnóstico?
—Diosa del Hielo y la Sensualidad, etapa terminal.
Diego se carcajeó y bajó la voz:
—¿Te gusta?
Travis se reclinó en su silla con una sonrisa torcida.
—¿Gustar? Man, me tiene recitando mentalmente poesía cursi y escuchando R&B como si estuviera en una película de romance del 2003.
Anoche soñé que le ofrecía mi chamarra y me dijo "no necesito tu protección, necesito tus horarios del evento". Me desperté… feliz.
—Estás frito.
—Lo sé.
—Y aún así sigues coqueteando con ella.
—Es mi deber como hombre con abdominales. Ser una molestia irresistible.
—¿Y si te manda al demonio?
—Ya estoy ahí. Pero si voy con ella, le sonrío al infierno.
Diego lo observó un segundo.
—¿Estás... enamorándote?
Travis se quedó en silencio.
Silencio real.
El tipo que siempre tenía una broma, ahora tenía una pausa.
—No lo sé, bro. Pero cuando se va… me queda oliendo el aire como imbécil.
Diego:
—Estás perdido. Y me encanta.
Yo llevo la cuenta regresiva para el primer beso.
Travis:
—Ya no es si, Diego. Es cuándo.
Y te juro que... ese día… el mundo se va a detener.
La biblioteca olía a papel viejo, café de máquina y gente fingiendo que no está estresada.
Travis estaba en una de las mesas del fondo, con los codos apoyados y una montaña de libros abiertos que ni estaba leyendo. Su mirada estaba clavada en el techo, como si esperara que el conocimiento cayera por gravedad.
Hasta que la vio entrar.
Y el aire se volvió más espeso.
Hana Laurent.
Con su falda plisada gris, camisa blanca bien fajada, corbata negra aflojada con estilo, calcetas negras hasta arriba de las rodillas y botas negras que hacían eco con cada paso elegante.
El cabello suelto, ligeramente ondulado, con una actitud que decía "no me hables"… y al mismo tiempo: "ojalá te atrevas".
Cargaba libros, su laptop, y una botella de agua como quien porta una espada en la guerra.
Caminó entre mesas sin mirar a nadie, pero todos la miraban a ella.
Incluido Travis.
—Dios… —susurró.
Diego no estaba con él esta vez, así que no había quien lo salvara de sus pensamientos cochinos.
Observó cómo Hana se sentaba a dos mesas de distancia.
Cruzó la pierna con precisión quirúrgica y abrió la laptop.
Luego, sin más, comenzó a escribir como si estuviera hackeando el pentágono.
Travis se humedeció los labios.
Su cuerpo decía “siéntate y estudia”.
Su alma decía “haz una estupidez, ya”.
Y su estupidez fue caminar hacia ella con su cuaderno en la mano.
Se detuvo frente a la mesa y, cuando ella levantó la vista con esa expresión de “¿qué haces aquí, parásito del Olimpo?”, Travis sonrió.
—Hola, señorita Laurent. ¿Ya repartieron las bendiciones del día o aún hay tiempo para apuntarse?
Ella entrecerró los ojos.
—¿Estás acosándome?
—¿Yo? No. Vengo en búsqueda de iluminación académica.
Me dijeron que tú eras la fuente.
Ella suspiró, miró a su alrededor, y luego a él.
—Siéntate. Pero si me distraes, te pateo por debajo de la mesa.
—Con esas botas, lo acepto con gusto.
Se sentó frente a ella, dejó su cuaderno… y por unos segundos solo hubo silencio.
Ella escribía. Él la miraba.
Cada que Hana levantaba la vista, Travis fingía mirar el libro.
Cada que Travis anotaba algo, Hana lo miraba sin que él lo notara.
Ambos estaban leyendo.
Pero no libros.
Se estaban leyendo el uno al otro.
Y la tensión ya no era estudiantil.
Era otro tipo de examen. Uno que no se pasaba con lápiz y papel.