La biblioteca se mantenía en ese silencio sagrado que solo se rompía con el tecleo suave de laptops, el pasar de páginas, y las respiraciones contenidas de alumnos intentando no reprobar.
Hana seguía concentrada. O lo intentaba.
Frente a ella, Travis parecía escribir.
Pero más que apuntes, garabateaba ideas para provocar una sonrisa, una ceja alzada, o una patada… dependiendo de cómo reaccionara ella.
Y entonces lo hizo.
Arrancó una hoja del cuaderno, la dobló con cuidado, y estirando el brazo la deslizó lentamente hasta su lado de la mesa, justo junto a su mano.
Ella no lo miró al instante. Solo lo vio por el rabillo del ojo.
Travis seguía escribiendo, muy serio. Como si no hubiera hecho nada.
Hana soltó un suspiro silencioso, tomó el papel con dos dedos…
Lo abrió con precaución.
Letra clara, elegante. Muy de niño bien educado. Pero el contenido… otra cosa.
¿Ya te dijeron que la falda te queda peligrosa hoy?
Pido permiso para distraerme... y también para pecar un poquito.
Hana cerró los ojos un segundo.
Contó hasta tres.
Luego bajó la cabeza, tomó su pluma… y escribió una respuesta.
La dobló igual de discreta, la deslizó de regreso sin mirarlo.
Travis levantó una ceja.
Abrió la nota.
Y leyó:
Con esa cara que traes, ya estás pecando desde que entraste.
Una palabra más, y te rompo la nariz con el diccionario de anatomía.
Sonrió.
La diosa respondía. Y respondía con fuego.
Volvió a escribir.
Te ves sexy cuando amenazas. Si llegamos vivos a la presentación del evento, ¿me dejas invitarte un café?
Ella tomó la nota.
No escribió nada.
Solo le lanzó una mirada directa, intensa.
Y le hizo un gesto con los dedos:
"Veremos…"
Travis entró al dormitorio como si acabara de ganar el campeonato mundial de ligas mayores de coqueteo.
Tiró su mochila en el suelo, se dejó caer de espaldas en la cama, y lanzó un grito contenido al techo.
—¡Dios mío!
Diego, que estaba en su escritorio con los audífonos puestos, lo miró de reojo y se los quitó con una ceja alzada.
—¿Otra vez soñaste que Hana te acariciaba con una regla de cálculo?
Travis rodó en la cama, se cubrió la cara con una almohada y gritó otra vez.
—¡¡ME RESPONDIÓ LA NOTA, BRO!!
Diego giró completamente su silla.
—¿Qué nota? ¿Qué hiciste ahora, enfermo?
Travis se sentó, con los ojos encendidos como si hubiera visto a Dios en lencería.
—Estábamos en la biblioteca… y no podía concentrarme. ¡No podía! Tenía esa falda plisada, las botas, la corbata negra, el cabello suelto, ¡el aura de pecado académico!
—¿Y?
—Y entonces le pasé una nota.
Diego se llevó la mano a la cara.
—No puede ser…
—Decía algo suave. Tipo: “Tu falda me distrae, ¿puedo pecar un poquito?”
Diego se atragantó con su propia saliva.
—¡¿ESO TE PARECE SUAVE, ANIMAL?!
—Pero bro… ¡me contestó!
—¿Qué dijo?
Travis sacó el papel arrugado de su bolsillo como si fuera una reliquia sagrada.
Lo extendió como si Diego debiera leerlo con guantes.
—“Con esa cara que traes, ya estás pecando desde que entraste. Una palabra más y te rompo la nariz con el diccionario de anatomía.”
Diego lo leyó dos veces. Luego miró a Travis.
—Y tú… ¿estás excitado o asustado?
—¡Ambas! ¡Y enamorado, cabrón!
Diego se carcajeó como si no pudiera más.
—Te tiene tragado, bro. Como un cachorrito mojado siguiendo a una pantera.
—Es que no puedo. No puedo. Ella me habla y me late el alma. Me amenaza y me da vida. Me ignora y me arruina.
—Se dejó caer otra vez en la cama—. Estoy jodido.
Diego se levantó, le palmeó el pecho y dijo con toda la solemnidad del universo:
—Descansa, rey. Que tu caída ha comenzado.
Travis sonrió.
—Y no pienso frenar.
La clase terminó y Hana caminó entre los pasillos del campus con su porte habitual: recta, elegante, absolutamente inalcanzable.
Pero apenas doblaron la esquina, sus amigas la rodearon como hienas al acecho.
—Bueno, bueno, bueno… —canturreó Lara, su compañera de equipo—. ¿Vas a decirnos cómo te va con Dios o seguimos fingiendo que no lo has visto en slow motion cada vez que entra al salón?
—¿Quién? —dijo Hana, subiendo una ceja con absoluta frialdad.
—¡Ah no! No nos vengas con eso, diosa del hielo —añadió Paula—. El dios del básquet. El s*x symbol de la universidad. El pecador profesional. El que se lame los labios como si su lengua tuviera cláusula de exclusividad.
—Travis —dijeron las tres al unísono, como si fuera una invocación demoníaca.
Hana suspiró, pero su sonrisa se escapó sin permiso.
—¿Qué quieren saber?
—TODO —gritaron.
—No hay “todo”. Solo fue una nota.
—¡¿LE PASASTE UNA NOTA?! —chilló Lara como si hubieran anunciado la tercera guerra mundial.
—Él me la pasó primero —corrigió Hana con un leve sonrojo que intentó disimular mirando al cielo.
—¡AY NO! —gritó Paula—. ¡Esta mujer cayó!
—¿Y qué decía?
—Nada importante —dijo Hana, caminando más rápido.
Pero claro… sus amigas no se daban por vencidas.
—¿Nada importante es del tipo “¿quieres que te lleve los apuntes?” o del tipo “tu falda debería ser ilegal y quiero pecar contigo”? —dijo Lara sin piedad.
Hana se detuvo.
—Era más como lo segundo.
Las tres se desmayaron en silencio dramático por dos segundos.
—Y tú, ¿qué le pusiste? —insistió Paula, arrastrándola de nuevo al chisme.
—Le dije que si hablaba más, lo partía con el diccionario de anatomía.
—¡Eso es tan tú, hermana! —soltó Lara entre carcajadas—. Lo tienes de rodillas. Literalmente.
—No lo tengo de nada —dijo Hana, fingiendo indiferencia—. Es solo un imbécil musculoso con sonrisa de actor porno.
—Ajá… ¿Y por qué estás sonriendo como idiota desde que lo mencionamos?
Hana rodó los ojos.
—Vámonos a entrenar.
—Sí, sí, vamos… pero mientras tanto, nos mandas copia de la notita, ¿ok? Por estudio antropológico.
—Y una de ellas murmuró—: ¿Cómo se ve eso en PDF?