Clase de Psicología – Lunes, 11:45 a.m.
La profesora Amélie entró al aula con una sonrisa misteriosa. Se acomodó sus lentes, cruzó los brazos y dijo con voz animada:
—Bien, chicos… ¡este fin de semana haremos nuestro viaje anual de integración!
Un murmullo de emoción se expandió por el salón. Algunos ya sabían de qué hablaba. Otros se miraban como: ¿viaje? ¿dónde? ¿cuándo? ¿con quién?
—Nos vamos a las aguas termales de Xochitlán —continuó ella—. Habrá dinámicas grupales, charlas de confianza, relajación guiada, caminatas… y por supuesto, albercas naturales, baños minerales y hospedaje en cabañas compartidas. ¡Será inolvidable!
El aula explotó en emoción.
—¿¡Con jacuzzi privadooo!?
—¿Y hay alcohol permitido?
—¿Compartimos habitación por parejas o aleatorio?
Hana levantó una ceja.
Travis, desde dos asientos atrás, murmuró:
—Nos van a poner juntos, lo siento por ti, Laurent.
Ella ni volteó.
—Sueña, Blake. Si me ponen contigo, duermo afuera con los mapaches.
Diego desde el fondo:
—¡Oye, esos mapaches cobran renta ya!
Julia, su compañera de equipo, le dio un codazo a Hana.
—¿Estás nerviosa por estar cerca de tu "accidente lluvioso"?
—Cállate, Julia —respondió sin poder evitar sonrojarse.
Mientras tanto, los rumores del "Closet de la lujuria universitaria" seguían volando por todos los chats. Este viaje... solo iba a echarle gasolina al incendio.
Y entonces, la bomba cayó:
—Las cabañas serán de cuatro personas mixtas —dijo la profesora—. Las habitaciones las armaré yo, y se quedarán igual las tres noches.
Travis alzó las cejas como si acabara de ganar la lotería.
Hana tragó saliva.
Y medio salón murmuró: “YA FUE.”
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Un par de autobuses estacionados soltaron a decenas de universitarios con maletas, mochilas y cara de “esto va a ser épico”. La vegetación alrededor era densa, el aire olía a azufre cálido y vapor húmedo, y al fondo, entre las montañas, se asomaban las pozas termales que todos ansiaban probar.
Frente a una gran cartelera, la profesora de psicología —una mujer bajita, con voz de mando y cero paciencia— se paró con una lista en la mano.
—¡Atención! —gritó— Este es el reparto oficial de cabañas, y no hay cambios. Ni lloren ni hagan drama.
Spoiler alert: sí iba a haber drama.
—Primera cabaña: Mario, Alejandro, Kevin y Beto.
Risas, chiflidos.
—Segunda cabaña: Valeria, Sofía, Mónica y Paola.
—Tercera cabaña… —la profesora bajó un poco la voz, como sabiendo que lo que venía iba a causar un micro terremoto social—: Travis Blake, Hana Laurent, Diego Torres y Lucía Vargas.
Hubo un silencio. Luego, un murmullo. Luego, el caos.
—¡¿Qué?! —exclamó Hana con los ojos como platos.
—Ay, esto ya parece novela —susurró Lucía a Diego, conteniendo la risa.
Travis, con una maleta al hombro, silbó bajito y soltó su clásica sonrisa de chico malo.
—El destino, preciosa. No lo puedes pelear.
Hana le lanzó una mirada fulminante.
—Voy a pelearte a ti si me llamas así otra vez.
—Me gusta cuando te pones violenta —respondió Travis, divertido.
—¡Silencio! —interrumpió la profesora—. Esa cabaña tiene dos habitaciones separadas. Ni se emocionen ni se asusten. Y recuerden: comportamiento ejemplar, porque hay supervisores cerca.
—¿Supervisores? —preguntó Diego.
—Yo, y mis cámaras imaginarias. ¿Dudas? No. ¿Siguiente grupo?
Mientras los demás seguían escuchando sus asignaciones, el cuarteto caminó hacia su cabaña. Travis iba sonriendo como si le hubieran dado el premio mayor. Hana, por su parte, fingía estar completamente indiferente… aunque por dentro quería gritarle al cielo.
Lucía le dio un codazo a Hana y le susurró:
—¿Estás segura que no es tu tipo? Porque ese tipo no deja de mirarte el trasero.
Hana apretó los labios, como quien quiere negar algo muy obvio.
Diego, por su parte, le decía a Travis:
—A mí no me veas, si haces ruido en la noche, dormirás con las termitas.
Travis se encogió de hombros y murmuró:
—No prometo nada.
El grupo empujó la puerta de madera maciza, y lo primero que percibieron fue el cálido olor a pino recién cortado mezclado con el suave aroma a incienso de lavanda. Las luces tenues colgaban en guirnaldas por el techo abovedado, y una chimenea de piedra falsa —sí, eléctrica, pero con estilo— daba un aire acogedor al lugar.
Lucía se quedó con la boca abierta.
—Esto no es una cabaña… ¡es un Airbnb de influencers!
Travis silbó con admiración, dejando caer su mochila sobre el sofá grande de tela gris.
—Wow… aquí sí da gusto portarse mal.
—No empieces —le dijo Hana cruzada de brazos, aunque también estaba admirando el lugar.
Diego abrió una puerta del fondo.
—Aquí hay una habitación con dos camas individuales. Perfecto para Lucía y Hana.
Lucía se asomó y gritó:
—¡Ah no! ¡Esto está hermoso! Hay una mini terraza con vista al bosque y ¡una hamaca! ¡Me quedo aquí!
—La otra habitación es la típica de película de terror —anunció Travis, abriendo la puerta opuesta— cama matrimonial, lámpara rústica y... ¿una alfombra de oso falso?
—Qué romántico —dijo Diego, lanzándole una mirada burlona a Travis—. Que la disfrutes con tu novio imaginario.
Travis le guiñó un ojo.
—O con una diosa del hielo si me porto bien.
Hana resopló desde el comedor.
—Te puedes portar como quieras, pero yo ya puse mi cepillo de dientes en el otro cuarto.
—A mí no me molesten, ya me estoy viendo ahí en la hamaca con mi chocolate caliente —canturreó Lucía.
—¿Hay cocina? —preguntó Diego—. ¿Y refri? Porque yo sí traje cervezas escondidas en el maletín.
—Esto suena a problemas —dijo Hana en voz baja, aunque no podía negar que la vibra del lugar era increíble.
—Y a una buena noche —añadió Travis con una sonrisita provocadora, apoyado en el marco de la puerta.