—. Te pagaré. Te verás increíble. Disfrutaremos viéndolo quedar boquiabierto y desinflarse su ego.
-¿Y eso es todo?
-Eso es todo.
Hice una pausa, dejando que mis pulmones se llenaran y aguantando hasta que ardieran. -Lo odias, ¿verdad?
Charles ni siquiera lo dudó. «Odio lo que le hace a la gente. Lo que te hizo a ti. Lo que me ha hecho a mí».
No dije nada. No tenía por qué. Ambos sabíamos que estábamos haciendo lo incorrecto por las razones correctas, o quizás lo correcto por todas las razones incorrectas. Pero no importaba.
-Está bien, susurré.
-¿Bueno?
—Sí. Lo haremos. Que le den.
Se rió entre dientes, solo levemente, lo suficiente para que pudiera oírlo.
-Bien hecho, chica.
Entrecerré los ojos, perdidos en la nada de mi edredón. -Pero para que quede claro , comencé, odiando lo temblorosa que estaba mi voz, no volveré a acostarme contigo.
—Entendido. —Noté la sonrisa en su voz—. No te diré la ironía de que me llamaras desde la cama.
-Literalmente… espera, ¿cómo supiste que estaba en la cama? Bajé las sábanas inmediatamente y me incorporé enfadada.
-Parecías recién despertada, y podía oír tus mantas moviéndose, dijo como si fuera lo más obvio del mundo. Otra conclusión lógica.
—Te odio —refunfuñé, subiendo el edredón hasta mi pecho.
-¿Estás tratando de herir mis sentimientos?
—Estoy intentando... j***r, no sé, tengo resaca —admití, frotándome el ojo con la palma de la mano—. No es culpa mía que intentes frustrarme.
-No es mi culpa que seas lindo cuando estás frustrado.
—No me coquetees a las ocho de la mañana después de tantos martinis, Charles —refunfuñé—. Te acabo de decir que no me acuesto contigo. ¿No quedó claro?
Su risa de respuesta fue suave, pero se interrumpió cuando una voz aguda, demasiado baja para que pudiera oír bien lo que decían, se coló por el teléfono. Por un instante, una sensación familiar que no me atreví a nombrar me recorrió el estómago, pero entonces Charles habló y desapareció al instante.
—Lo sé, amigo, dame un minuto —dijo, con toda la paciencia del mundo en la voz. Se oyó un ruido al otro lado, el sonido de un teléfono que se movía ligeramente—. Sí, ya lo veo. Llevas un montón de jarabe. ¿Sobrevivió el gofre o deberíamos decir que es hora de morir?
—Está bien. Solo se me cayó la mitad. La mitad buena está bien, creo.
Parpadeé, incorporándome un poco más en la cama. Definitivamente era la voz de un niño: joven, infantil, completamente natural, como solo los niños pueden ser. Charles dijo que tenía un hijo. ¿Cómo se llamaba?
Charles rió entre dientes al oír un leve golpe sordo en el teléfono, como metal contra baldosas. -Buen triaje, dijo, con una diversión tan evidente que pude oírlo sin ver su sonrisa burlona. -¿Quieres que vaya a ayudarte o estás planeando una recuperación completa y en solitario?
Daniel . Eso fue lo que dijo.
-Creo que ya lo entendí, solo necesito un tenedor nuevo, dijo Daniel , acompañado del tintineo de un trozo de metal contra un plato. -¿Tiro la parte mala del waffle a la basura?
No sabía qué me esperaba cuando Charles dijo que tenía un hijo, pero no era… esto. No una guerra de desayunos azucarados librada a las ocho de la mañana con la energía tranquila y serena de un padre y una vocecita que respondía con buena gramática y total confianza.
—Sí, tigre, solo que... en realidad, mierda, tienes jarabe por todo el cuerpo —se rió Charles , alegre y lleno de energía, y eso fue probablemente lo más sorprendente de todo.
-¿Usted dijo?-
—Sí, sí, lo sé —gruñó Charles , pero no tenía ni pizca de mordacidad—. No lo repitas.
El teléfono se movió otra vez, crujiendo como si lo hubiera tenido encajado entre su hombro y su oreja, y cuando volvió a hablar, estaba claro que ya no estaba hablando con Daniel , sino conmigo.
-Tengo que irme, dijo. -Estoy casi seguro de que hay jarabe de arce por toda la casa.
Resoplé en la palma de mi mano, intentando reprimir una sonrisa, pero me di cuenta de que no tenía ningún sentido hacerlo cuando no podía verme.
-Buena suerte con eso.
—Sí, sí, gracias. Te escribiré.
-Bueno.
-¿Y Selena ?
-¿Sí?
Se oyó un bufido en la línea mientras me lo imaginaba poniéndose de pie, ajustando la mano para sujetar el teléfono. -Te verás mejor que ella.
Arqueé las cejas. -¿La conoces?
—No. Pero no lo necesito.
Hacer clic.
Respiré hondo la mañana sentada frente a Julieta en nuestra cafetería favorita. Era más un cobertizo móvil con luces de colores y sillas eclécticas y desiguales en la entrada, y una barista que deletreaba mi nombre "Selena " cada vez, pero era constante.
Julieta removió su café con leche de avena distraídamente. -Bueno, a ver si lo entiendo, dijo, parpadeando como si fuera una tarea. -Lo conociste en el vuelo a Italia que Aron había reservado. Aron , que tiene un hermano rico llamado Charles dueño de una aerolínea. ¿Conociste a un hombre millonario llamado Char , que era atendido excesivamente por el personal y que sabía para qué servían ciertos botones, y por alguna razón no acertó a entender nada antes de convencerte de acostarte con él?...
—En mi defensa, ¿no fue lo primero que se me pasó por la cabeza?
-Y luego apareció en mi cumpleaños, te ofreció cien mil dólares para que fueras su acompañante a la boda de Aron , ¿y ahora lo haces?
—No lo digas así —murmuré, tomando un sorbo de mi café frío como si fuera un vaso de plástico conmovedor—. Suena peor cuando lo resumes como un giro argumental de una película de Hallmark.