Aron y Hanna . Dios mío, Hanna .
Bajé el vaso con más fuerza de la necesaria. El camarero me miró desde el otro lado de la sala.
Se suponía que estaríamos aquí juntos. Se suponía que iríamos a la costa Amalfitana, a tomar cócteles al atardecer, masajes en pareja y albornoces para él y para ella en Positano, algo que jamás me habría podido permitir sin los contactos y la cartera de Hanna . Pero en cambio, estaba sentada sola en la terminal internacional Hartsfield-Jackson de Atlanta, fingiendo un estatus falso y fingiendo que no lo había encontrado metido hasta las pelotas en mi mejor amiga hacía cuatro semanas. Un mes. Un puñetero mes.
Pero las vacaciones ya estaban pagadas. Y si pensaba que me iba a quedar en casa llorando con un litro de helado de menta y chispas de chocolate mientras él se acostaba con alguien en un yate privado frente a la costa italiana, que se fuera a la mierda. Así que lo convencí de que me dejara quedarme con el viaje.
Al menos me llevé algo a cambio.
Tiré del dobladillo de mi vestido de verano: amarillo, bonito, demasiado corto para primera clase. Definitivamente no encajaba con el código de vestimenta que parecía seguir el resto de la sala, pero me había dicho que no me importaría. Aunque fuera mentira. Aunque la mujer con una cara tan afilada como para cortar cristal me mirara fijamente por encima del borde de su martini espresso como si hubiera dejado huellas de barro. Le dediqué una dulce sonrisa y volví a coger el champán, tragando el nudo que tenía en la garganta.
El mullido asiento pareció absorberme un poquito más a medida que me hundía más. Solo tenía que apartar mis pensamientos de él. Eso era todo.
Se escuchó una voz por el intercomunicador anunciando el embarque de un vuelo que no era el mío. Recliné la cabeza sobre el cojín, cerrando los ojos e intentando no imaginar la cara de Hanna al abrir la puerta. Estaba casi relajado, casi convencido de que podría aguantar los siguientes cinco días fingiendo que nada importaba, cuando una voz grave a mis espaldas rompió el silencio.
-¿Te importa si me siento aquí?
No me di cuenta de que había dejado caer la copa de champán hasta que oí el ruido al romperse.
Fragmentos de cristal brillaban como hielo en la mesita a mi lado. Los miré durante medio segundo de más, con el cuerpo inmóvil, el calor subiendo por mis mejillas y el corazón latiendo como un tambor en mis oídos.
-Mierda -murmuré, intentando instintivamente limpiarlo yo mismo, sin importar los pedazos, pero una mano grande y cálida me rodeó la muñeca antes de que pudiera hacer contacto.
-No creo que quieran limpiar champán y sangre -interrumpió la voz, riendo entre dientes mientras retiraba lentamente mi mano del desastre. La soltó en cuanto mi brazo volvió a estar en el espacio entre los reposabrazos a ambos lados-. Para que conste, no intentaba asustarte.
Giré la cabeza hacia el sonido, tragándome la creciente humillación, y pude ver por primera vez al hombre detrás de la voz.
Y de inmediato olvidé cómo respirar por medio segundo.
Alto. Joven , quizá de unos treinta y tantos. Su cabello, casi oscuro , parecía sacado de un anuncio de colonia, peinado hacia atrás, dejando una estructura ósea completamente injusta. Un poco de barba a lo largo de la mandíbula, con mechones negros que se arremolinaban con unos leves destellos de luz de alguna que otra cana que comenzaba a relucir , justo lo suficiente como para saber que la notarías al acariciarla. Y sus ojos, ¡Dios mío!, color avellana y penetrantes. Era impactante, casi imponente, como si esperara que el mundo se moviera al entrar en una habitación, porque así sería.
Pero, sobre todo, parecía divertido.
-¿Vas a hablar o supongo que puedo sentarme?, preguntó, arqueándome una ceja casi negra.
Parpadeé para disipar la niebla que me nublaba la cabeza y conseguir que mi boca cooperara. -Eh... sí, sí, lo siento , tragué saliva, agarrando el asa de mi equipaje de mano y apartándolo un poco para él. Puedo, digamos, moverme si quieres esta sección... .
-No te pido que te muevas -dijo riendo entre dientes, agarrándose a los lados de los reposabrazos mientras se acomodaba en el cómodo asiento a mi derecha, inclinado noventa grados-. Te vi cuando estaba en el bar. Te temblaba la mano. Pensé que podrías estar nerviosa por volar.
Solté una risa seca. -Sí. Eso es. Aviones.
-¿ Sabes que me ayuda cuando estoy nervioso en un vuelo? .
Se acerco lentamente ha mi rostro , tanto que pude oler su colonia y sentir el aliento fresco de su boca .
-Un suave masaje en la parte mas tensa de la nuca .
Sus manos se movieron alrededor de mi cuello , y un escalofrio recorrió todo mi cuerpo tenso . Tanto que comence a excitarme . Sus ojos se clavaron en los mios y podia sentir que mis venas comenzaban a hervir .