BLAKE ASHFORD El aire en mi oficina estaba cargado, espeso. La piel aún me ardía de la corrida anterior, pero mi v***a ya volvía a endurecerse bajo el peso de esa mujer. Gigi, con los pezones aún erguidos, la tanga brillando por su humedad, me miraba como si hubiera conseguido arrancarme un pedazo. Se inclinó hacia la cámara, los labios curvados en esa sonrisa venenosa. —Ya que estás desnudo, BlackAsh… —su voz era un filo lento, calculado—. Te voy a dar una orden: quiero que te sientes en esa silla como si fueras un rey, las piernas abiertas, bien abiertas. Que no escondas nada. Quiero verte vulnerable y orgulloso al mismo tiempo. Me recosté despacio, las manos en los brazos del sillón, abriendo las piernas sin pudor. El antifaz cubría mi rostro, pero no mi cuerpo. Sabía exactamente l

