BLAKE ASHFORD Aceptó a su manera: una sonrisa torcida, un parpadeo calculado y ese silencio que siempre precede a las peores confesiones. Lo vi todo desde mi silla, cada microgesto suyo amplificado por la pantalla. Su respuesta fue un juego de reglas envenenadas; fue rápido, preciso y sin piedad. —Vale —dijo—. Lo haré. Pero no como lo imaginas. Se incorporó, se apoyó en los codos, y habló despacio, como quien marca las condiciones de una guerra. —Primero: nunca se muestran rostros. Ni tuyos, ni de ella. Cara cubierta, ángulos ambiguos. Anonimato total. —Su tono no admitía discusión—. Segundo: yo doy las órdenes. Tú las cumples. No negocias velocidades, no improvisas. Si quiero que pares, paras. Si quiero que cambies el tono, cambias. ¿Está claro? Asentí antes de pensar. Cada regla que

