BLAKE ASHFORD El salón estaba convertido en un vórtice. El aire era tan espeso que cada respiro sabía a sudor, saliva y whisky derramado. Las luces rojas parpadeaban como si fueran testigos indecentes de todo lo que se retorcía entre sofás y alfombras. Me quedé de pie un instante, copa en mano, viendo cómo se desarrollaba el cuadro frente a mí. Moisés, todavía con ese antifaz torcido que apenas ocultaba su identidad, se movía con una brutalidad contenida sobre la mujer que había traído al juego. Ella lo recibía con un gemido seco, más animal que humano, y yo podía leer en su cuerpo el mismo patrón que había visto antes: poder, rabia, deseo convertido en golpes medidos. Peter estaba al costado, disfrutando a su manera, alternando entre observar y sumarse al ritmo colectivo. Yo conocía es

