BLAKE ASHFORD Georgia no alcanza a responder. No porque no quiera. Porque la puerta del consultorio se abre justo en ese segundo y una enfermera pronuncia su nombre con una sonrisa profesional que no tiene idea del caos que acaba de interrumpir. —Adelante. Georgia me mira un instante. Hay algo en sus ojos. No miedo. No culpa. Algo más frágil. Algo que me aprieta el pecho y, al mismo tiempo, me irrita porque no sé qué hacer con eso. Entramos. El consultorio es pequeño, blanco, demasiado pulcro. Huele a desinfectante y a rutina. A cosas que se repiten todos los días sin drama. Me sorprende lo injusto que es eso. Para mí, este lugar podría marcar un antes y un después. Para ellos, es martes. Nos sentamos. Georgia en la camilla. Yo en una silla junto a ella. No la toco. No porque no

