BLAKE ASHFORD Salí de Rikers con esa sensación jodida en la boca: el chico me había sonado demasiado pulcro, demasiado ensayado. Sus nervios eran de manual, no de tripa. Y yo huelo la mentira antes de que los demás aprendan a deletrear “culpa”. Subí al coche y marqué a Peter. —Necesito todo de este cabrón —le dije sin presentaciones—. Se llama Leonardo Méndez, veintiún años. Búscame su mierda. Todo. Peter rió, esa risa seca que siempre suena como si estuviera encendiendo un cigarro. —Ya estaba en eso, tiburón. El angelito tiene fachada limpia, pero me huele a closet. —¿Closet de qué? —arqueé una ceja, mirando por la ventana. —Ya me entiendes. Bares discretos en el Village. Tengo dos contactos que lo vieron entrar y salir de uno, el tipo de sitio donde las luces son azules y nadie pr

