BLAKE ASHFORD (19 AÑOS) Entro al hotel como si me persiguiera el mismo demonio. El aire acondicionado huele a alfombra vieja, a perfume caro malgastado. El recepcionista apenas me mira, y si lo hace, lo olvida al instante: llevo el rostro marcado con calma y un paso que parece saber exactamente adónde va. Nadie detiene a alguien que parece estar en control. Esa es una lección que aprendí hace mucho. El ascensor tarda demasiado. Cada segundo se me clava en el pecho. Saco el celular, veo el mensaje cifrado que Liam me mandó con el número de habitación. “112. Ven solo. Rápido”. El texto ya no está; se borró a los tres segundos. Otro truco suyo. Pienso en lo que eso significa: si tuvo la cabeza para mandarlo así, no está totalmente fuera de sí. Y eso me da un respiro. Cuando la puerta del

