GEORGIA El lunes no llega. Cae. Como un balde de agua fría directo al pecho. Abro los ojos y durante unos segundos no entiendo dónde estoy. El techo no es el mío. La luz entra distinta. El silencio no suena como suena en mi departamento. Entonces lo siento: el peso tibio a mi espalda, un brazo firme rodeándome la cintura, una respiración profunda contra mi cuello. Blake. Y todo vuelve de golpe. El fin de semana. La calma extraña. La intensidad. El miedo que no dijo en voz alta. Me quedo quieta, respirando despacio, como si moverme pudiera romper algo frágil. No quiero despertarlo todavía. No porque tema su reacción, sino porque sé que en cuanto abramos los ojos, la realidad va a colarse sin pedir permiso. Trabajo. Horarios. Responsabilidades. La fiscalía. La defensa. El mu

