BLAKE ASHFORD El resto del fin de semana pasa como si el tiempo hubiera decidido aflojarme el cuello. Georgia se queda. Y no como invitada. Como presencia. Como cuerpo que existe en mi espacio sin pedir permiso, sin disculparse, sin miedo. Eso es lo primero que noto: no camina como quien teme romper algo. No pide perdón por ocupar lugar. No se mueve con la cautela de quien sabe que está de paso. Georgia se desplaza por el penthouse como si su cuerpo hubiera entendido, antes que su cabeza, que aquí no tiene que encogerse. Nadamos. Mucho. A veces solo por nadar. Otras porque el agua termina siendo una excusa más para tocarnos sin prisa. El sol entra por los ventanales y su piel brilla distinta, húmeda, viva. Me descubro mirándola más de lo que suelo mirar a nadie. No con hambre inmedi

