BLAKE ASHFORD Nueva York siempre huele igual de noche: a gasolina, lluvia sucia y cigarrillos baratos. El ruido de los taxis me devuelve al presente. Camino rápido, el aire frío corta el rostro, pero me ayuda a pensar. A enfriar lo que Gigi encendió. Peter me espera en su oficina del Soho, el único lugar donde se siente cómodo mezclando negocios sucios con confidencias. Es casi medianoche y la calle está vacía, salvo por un mendigo y un par de luces parpadeando al final de la cuadra. El guardia del edificio me abre sin preguntar. Ya sabe quién soy. Subo los tres pisos a pie. Prefiero no usar el ascensor cuando tengo la cabeza tan jodida. Me mantiene alerta. Peter está sentado en el sillón de cuero, con una copa en la mano y ojeras que parecen tatuadas. Siempre se ve como si hubiera

